Nunca oréis por obligación

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Dando las gracias

Nunca oréis por obligación

Y si os hablo de la oración, no puedo omitir lo que él también nos enseñó y que, no obstante, sus íntimos olvidamos con frecuencia, más pendientes de nuestra voluntad que de la voluntad del Padre.

Jesús de Nazaret nunca oró por obligación. Para él, la oración era una expresión sincera de su comportamiento espiritual; una consecuencia de su amor hacia el Padre. El Maestro le dio a la oración un profundo sentido de acción de gracias. Jamás le oímos pedir para él.

La oración fue una exaltación del intelecto, en íntima asociación con Dios; un reforzamiento de las tendencias humanas superiores; una consagración del impulso; una rendición incondicional a la voluntad de Dios; una sublime afirmación en la confianza humana en la Divinidad; una revelación del valor y la proclamación de su descubrimiento; una confesión de devoción suprema y una técnica, en suma, para contrarrestar las dificultades,movilizando a los poderes del alma para resistir el egoísmo y el pecado. Su ininterrumpida comunión con Dios fue consecuencia de este nuevo estilo de oración al que todos estamos llamados.

No os limitéis a orar en los templos, tal y como algunos pretenden. La oración en las iglesias de piedra es tan válida como la que nace en el campo, al amor de la lumbre o en el fragor de la tormenta, pero nunca superior.

¿O es que la sonrisa de un hijo a su padre es más virtuosa y de agradecer porque haya sido dibujada bajo el terrado de la casa que en la fuente o a orilla del camino? Los templos, si olvidáis el auténtico mensaje sobre la paternidad de Dios, terminarán por transformarse en cárceles del alma, donde sólo los tibios y mediocres encontrarán consuelo a sus eternas dudas.

No busquéis a Dios en la penumbra de esas casas donde habitan epíscopos, diáconos o presbíteros.Ellos parecen ignorar que la chispa divina, directamente desgajada del Padre, está dentro de cada uno de nosotros. Saulo vuelve a errar cuando escribe: «Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad.» La oración no es un trueque.

Dios no concede mayor bienestar porque nuestras oraciones sean más numerosas, intensas o clamorosas. Quien así piensa y escribe no ha comprendido el mensaje de Jesús. El amor del Padre hacia sus hijos es tal que no necesitamos de la súplica. Él otorga la vida, y cuanto conlleva, mucho antes de que nosotros percibamos esa necesidad. Es posible que a vuestros padres terrenales tengáis que recordarles sus obligaciones y rogarles este o aquel favor. Esto no ocurre con el Padre de los cielos. Os lo repito: buscad primero su reino.

El resto vendrá por añadidura, como una lógica consecuencia de ese infinito amor.

Fuente: Renacer del nuevo hombre

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