Descubrir mi mundo interior

Estuvimos hablando en el capítulo anterior de la función general de la autoexpresión y de los requisitos que exige. Así, decíamos que, en primer lugar, se ha de tener como consigna una actitud de investigación constante, tratando de descubrir, a través de la autoexpresión, quién es el que se está expresando; tratar de sentirse y de verse más a sí mismo. Otro de los requisitos era que, al expresarnos, no hemos de forzar, sino que la expresión ha de ser cada vez más espontánea, más completa, más total, más auténtica. Esto es general para todo tipo de expresión. Pasamos a continuación a estudiar la música como técnica de autoexpresión, así como también las diversas funciones que la autoexpresión realiza: función de limpieza, función de desarrollo superior y función de autorrealización a nivel espiritual.

  De hecho, todo lo que se refiere a autoexpresión puede ser considerado o bien como técnica, o bien como modo de vida diaria. Son dos facetas distintas que tendremos que ir observando y ejecutando en todo. Y, por último, conviene recordar que la autoexpresión, como hacíamos, ha de hacerse a todos los niveles: a nivel físico-motor, afectivo, mental y, después, a nivel espiritual.

II. REVISIÓN DE LOS MODOS DE AUTOEXPRESIÓN EN LOS DISTINTOS NIVELES

1. A nivel físico

Como técnica – El Hatha Yoga

  Yo, como ser humano, me expreso a través de un organismo físico, a través de una acción, de un movimiento. Este movimiento surge, como todo lo que es viviente en mí, de un centro, de este YO espiritual. Puedo aprovechar este movimiento, no sólo para desarrollar mi calidad y mi capacidad de moverme, sino también como un medio de concienciación de este YO. Para ello he de utilizar el movimiento físico como medio de conciencia. Encontramos entonces, entre las técnicas del YOGA, una que nos sirve de maravilla para ver este funcionamiento: el Hatha Yoga.

  En el Hatha Yoga yo estoy ejercitando todos mis músculos, órganos, funciones, etc. Aprendo a sentir la sensación del organismo y a ser consciente del movimiento que con él estoy haciendo. Tenemos, pues, una técnica excelente para esta toma de conciencia, a condición de que yo trate, a través de la misma, de darme cuenta de quién soy YO, de que hay un YO detrás del movimiento, un YO detrás de la sensación. Por lo tanto, mi atención ha de abarcar no sólo los movimientos y las sensaciones, sino, sobre todo, el YO. Sentirme YO; YO en la acción, YO en la sensación.

Otras técnicas de autoexpresión física: los deportes

  Los deportes son otras formas de autoexpresión física. El Judo es una de las técnicas más excelentes por lo que tiene de aprendizaje progresivo y sistemático, y porque requiere una conciencia muy clara de todo lo que se está ejecutando; tiene, además, la ventaja de que requiere una especial atención al no-yo (aspecto que trataremos al hablar de la realización con respecto al mundo exterior). Pero, incluso desde este ángulo, desde el cual lo estamos mirando ahora, como realización directa, inmediata, del YO dentro de mí, el Judo es una técnica excelente.

  Todos los deportes se convierten en técnica de autoexpresión, cuando aprendo a ser consciente del hecho de hacer, a darme cuenta de que soy YO quien estoy actuando, a sentir más y más mi presencia auténtica detrás del hecho de hacer, de tal forma que no sea un mero automatismo. Un deporte se aprende, se consigue dominar, cuando uno no tiene que pensar en él, cuando los automatismos están ya educados para responder con rapidez y precisión a las incidencias del juego, pero, precisamente, porque hay una parte que ya está educada, que no requiere la presencia activa de mi mente consciente, es por lo que puedo estar, deliberadamente, atento al hecho de ser YO quien estoy jugando. Esto requiere una disciplina, ya que la mente está habituada a estar pendiente del exterior, o pensando en otras cosas. Pero, cuando se disciplina en este sentido, de tomar clara conciencia de sí, con mayor conciencia de que soy YO quien me estoy lanzando a jugar, de que el juego es una expresión del YO, de mí que me expreso, que me proyecto, a través del juego, a través de la acción, entonces, no sólo este juego se vuelve más eficaz, sino que el YO y el juego, o deporte, se viven con una plenitud nueva. El deporte se vive como algo que da plenitud, no sólo en el aspecto físico de euforia vital de la personalidad, sino que se convierte en una práctica total.

  Es una pena que hoy en día, mientras se está haciendo tanta propagando de cara al deporte –tantos slogans publicitarios, además del “contamos contigo”-, en ningún sitio la práctica del deporte se enseña desde esta dimensión profunda, ya que, entonces, sí sería, realmente, un elemento de educación, de desarrollo integral de la persona.

En la vida diaria

  También en la vida diaria la expresión física es un medio de trabajo. Nosotros solemos estar pensando en las cosas que nos preocupan, que nos ocupan; esto es correcto, normal. Pero también hemos de prestar atención al cuerpo. Es estupendo, excelente, que tome conciencia de que soy YO quien está andando por la calle. Que yo me sienta andar, pasear, moverme, que sienta el aire, o el calor, y que me dé cuenta que YO soy quien lo siente. Es decir, es provechoso centrarnos en nuestra vida, de vez en cuando, no siempre, sobre nuestro cuerpo y sentimientos, y vivir todo ello de una forma consciente.

  Movimientos espontáneos. Constituyen otro aspecto de expresión a través de lo físico. Se trata de dar al cuerpo, de vez en cuando, la libertad de moverse según desee. Estamos acostumbrados normalmente a hacer siempre los mismos movimientos; continuamente hacemos lo mismo con unas variantes muy pequeñas.

  El cuerpo necesita movilizarlo todo. Lo que no funciona, lo que no se mueve, necesita funcionar. A veces, uno está horas seguidas sentado, de pie o andando. El cuerpo tiene unas demandas, que al no ser atendidas, al no prestarles atención, quedan pendientes, frustradas, sin respuesta. Aprendamos a sentir el cuerpo. Así como es normal que uno por la mañana, al despertarse, sienta la tendencia a lo que se llama desperezarse, que es considerado de mala educación si se hace en público, pero que es excelente para el organismo, porque estimula la circulación rápidamente, y por esto existe la tendencia instintiva a hacerlo. De un modo semejante hay muchos movimientos que nuestro cuerpo se ve impulsado a hacer y que no sólo serían beneficiosos para el cuerpo, sino que, además, serían provechosos para el desarrollo de la conciencia, puesto que a través de esta espontaneidad del cuerpo, soy más consciente de mi YO que se está expresando de este modo tan natural.

2. A nivel vital

  Lo vital está constituido, fundamentalmente, de impulsos de conservación: comer, moverse, descansar, impulsos sexuales y agresivos.

Como técnica

  Ya vimos que la música es un medio para ejercitar la autoexpresión; es, además, un camino vital y afectivo, entre otros muchos.

En la vida diaria

  La vida diaria la hemos de convertir en un medio de expresión, y, por lo tanto, de ejercitación interna de la conciencia, siempre que utilicemos el nivel vital o afectivo. En un grado u otro esta atención debería estar presente en todo lo que hacemos.

  ¿Cómo se consigue esto? Cuando yo esté viviendo algo que sea vital o afectivo, cuando esté haciendo una funciones de tipo vegetativo, sexual, motriz o del tipo que sean, he de aprender a ser plenamente consciente de aquello y he de dejar que se exprese de un modo pleno; que yo enriquezca mi vida con toda la fuerza, con toda la salud, con todo lo dinámico que hay detrás de estos movimientos, y que me dé cuenta que soy YO quien se expresa a través de aquello. No tengamos miedo de recuperar esa atención necesaria, aunque sea en las funciones vitales, cualquiera que sea la que estemos realizando, tanto en las funciones de alimentación como en las de eliminación, lo mismo en las funciones de descanso que en las de movimiento, o en las euforias sexuales, en las descargas del nivel vital, al cantar, al gritar, o moverme, por ganas, simplemente, de descargar energía. Aprendamos a dar esta plena expresión consciente, siempre que exteriormente sea posible y sea adecuado a la situación. Vivamos aquello como realmente positivo. No pensemos que, por el hecho de ser puramente expresión del cuerpo, es algo bajo y que nuestros niveles superiores están muy por encima. La espiritualidad no está en los niveles superiores; la espiritualidad no está en ningún sitio. La espiritualidad está sólo en el espíritu central del sujeto, y si aprendo a ser consciente de este centro que YO SOY, todo cuanto haga será espiritual. Si estoy hablando de niveles muy superiores o estoy tratando de hacer una meditación profunda, pero lo estoy haciendo con mi mente, de hecho la verdad es que un simple bostezo, bien despierto, es más espiritual que esta meditación o esta discusión sobre temas muy elevados. Aprendamos a tener esta visión más directa, más inmediata de nosotros. La espiritualidad no está en hacer una cosa, lo espiritual es ser consciente de que soy YO, como espíritu, quien está haciendo aquello.

3. A nivel afectivo

En la vida diaria

  Cuando yo exprese afectividad, sea a través del contacto humano, con los amigos, familiares, con la persona que más ligado afectivamente me encuentro, es exactamente lo mismo. He de hacer que yo viva consciente esta expresión afectiva, que la utilice, que la aproveche para vivir aquello plenamente, que no deje que la rutina sustituya lo que es algo único, viviente, total en el instante. Yo no puedo estar expresando todo el día una intensidad afectiva, pero sí puedo, en algunos momentos del día, realizar una expresión intensa y plena afectivamente, con toda mi presencia, dedicación y entrega. Esto es de lo que se trata: que aprendamos a utilizar incluso estas facetas de la vida diaria de un modo más pleno. Cuando estoy con aquellas personas con las que me encuentro bien, y debería encontrarme bien con todo el mundo, he de obligarme a dinamizar mi afectividad, mi cordialidad, el gusto de estar allí. Que aprenda a darme cuenta de que aquello es estupendo. Que yo le dé vida, no que espere a ver si sale algo o no sale nada, si siento o no siento. Soy yo quien he de movilizarme, soy yo quien he de mover mis herramientas, mis instrumentos; no he de estar viviendo a remolque de lo que se produzca en mí. La afectividad es algo que depende directamente del YO. Cuanto más consciente sea yo de mí, la afectividad que yo viva será más voluntaria y potente; la afectividad, no la emotividad, sino la afectividad, sentimiento de amor, de amistad profunda. Este es un medio de desarrollo no sólo a nivel más o menos superior, sino que es un medio para aproximarse más a este YO central.

  Hay otras facetas involucradas en la expresión afectiva, de las cuales hablaremos más adelante. Estas se refieren, principalmente, a la relación directa con alguien: bien a través de la oración con Dios, o de la relación humana con lo otro, como elemento fundamental, etc. Por ahora nos hemos centrado en el sujeto y en la expresión como medio de autodescubrimiento del YO, que es el sujeto central de toda nuestra existencia.

4. A nivel mental

Como técnica

  Requiere un trabajo que puede llevarse a cabo cuando uno se reúne con varios amigos con los que tiene cierta semejanza u homogeneidad mental. Consiste, como en todo lo que es autoexpresión, en que me obligue a expresar lo que yo vea como auténtico, como verdadero, sin dejarme llevar por los automatismos mentales, las ideas convencionales, por los clichés que están registrados dentro y que constituyen el 80 o el 100% de nuestras conversaciones. Que me obligue a estar despierto cuando hablo, a que no salga de mí una sola palabra sin que sea de mi YO auténtico. La inercia se neutraliza automáticamente, si me encuentro muy despierto. Entonces seré YO en un acto libre quien, en cada momento, elija el contestar con una frase convencional, o de otra manera distinta. Este es el primer requisito. Porque, si me dejo llevar porque me dicen tal cosa y, al mismo tiempo, se exige de mí otra clase de respuesta, mientras esté preocupado en dar una respuesta que le corresponda, me muevo dentro de un circuito cerrado, donde no hay vida, no hay expresión auténtica, no hay nada.

  Acostumbrémonos a utilizar esta concienciación plena, de modo que, en cada momento, sea YO quien hable. Obligarme a buscar qué es lo más real en mí, no lo que acostumbro a decir o a pensar, sino mirar en cada instante cuál es para mí la verdad de aquella cosa que se plantea, cuál es mi verdadera idea, mi verdadera opinión. Uno de los objetivos de la expresión mental es romper moldes, pues mientras me esté moviendo dentro de los moldes habituales no avanzo. Romper moldes, sí, pero no romperlos arbitrariamente, sino cuando las circunstancias exigen que yo tenga una respuesta nueva, creadora.

  La técnica de la conversación puede convertirse en un medio fabuloso, cuando la persona es inteligente. Todos somos inteligentes, pero aquí me refiero, al decir inteligente, a que no haya factores que estén neutralizando la inteligencia. Porque si yo tengo unos miedos, éstos me crean unos prejuicios que me impiden responder o atender con verdadera inteligencia, haciendo que reacciones irracionalmente. De este modo, la autoexpresión de la mente no es afectiva. Por esto se requiere que la persona haya limpiado, ordenado por lo menos todo lo que está a nivel vital y afectivo, para que la conversación a nivel mental pueda tener una operatividad, pueda producir una revolución y transformación interior. Ahora, cuando oímos una palabra que nos cae mal, que contrasta demasiado con nuestros sentimientos, con nuestros estados o costumbres, la escuchamos simplemente, pero no la asimilamos, no le damos paso libre, convirtiéndose en algo estéril.

  Por eso digo que, cuando la persona es inteligente, la conversación es fabulosa, ya que a través de ella podemos manejar todo lo que son clichés mentales, por medio de las ideas, así como todo lo que son identificaciones o estructuras del Yo-idea y del Yo-idealizado. Así, se puede intentar deshacer estas estructuras para que la persona pueda ver de un modo directo, intuitivo, lo que hay detrás. Esta búsqueda de autenticidad, de ver lo que es realmente verdad para mí, en cada momento, es un trabajo que me obliga a estar muy despierto detrás de cada cosa.

En la vida diaria

  Se trata de hacer lo mismo, aunque en un campo mucho más reducido, ya que, en ella, nos movemos dentro de unas convenciones aceptadas de las que no nos podemos salir alegremente, sino que, por el contrario, hemos de respetar lo que son valores para los demás, dentro de lo posible. Ciertamente algo podemos hacer, pero este algo quedará siempre mitigado por la rigidez del ambiente, por el modo de ser de los demás. Yo puedo vivir aquello que contesto de un modo realmente despierto, y, aunque sea contestando una cosa habitual, estar todo YO despierto, consciente de que estoy contestando aquella cosa banal, porque estoy siguiendo el juego de la sociedad, pero no porque el juego me arrastre, no porque esté metido o confundido en el juego, es decir, sin darme cuenta de lo que ocurre en él, sino porque creo que he de seguir, ahora, este juego, al mismos tiempo que sé que encontraré otras oportunidades para expresar nuevos puntos de vista, nuevas ideas, nuevas formas. Pero estando siempre atento a que esta expresión no sea inadecuada, para que no me encuentre inadaptado a las exigencias del exterior.

  En resumen, vemos cómo en la vida diaria, cada instante nos ofrece la oportunidad de poder expresarnos, de poder utilizar esta expresión como un medio de estar todo YO presente. Por lo tanto, me descubre, al mismo tiempo, la posibilidad de desarrollar algo más positivo –a condición de que yo no viva dormido, sino despierto y consciente.

5. La vida, activa como servicio

  Hay otro aspecto que entra, también, en la autoexpresión: la vida considerada como un todo.

  En la vida podemos tener una actitud egocentrada, como suele ocurrir. La vida, generalmente, es para conseguir unos medios que me den seguridad, tranquilidad para mí y los míos; yo me esfuerzo, pero luego descanso; me divierto, obtengo una cierta satisfacción y así voy tirando. Esto es natural, inevitable; podríamos decir que es la primera fase de la motivación humana y nadie puede pasar más allá hasta que no ha superado esta primera etapa. Pero llega un momento en que uno descubre que no vive sólo para sí, sino que vive con los demás, y que quizá, también, debiera vivir por y para los demás. Es el momento en que la vida se convierte en expresión: la vida vivida como servicio, la vida vivida como función hacia los demás; no ya la vida enfocada de cara a mi seguridad, a mi estabilidad, a mi satisfacción, sino que, cuando estas actitudes han sido superadas, se puede pasar a la fase en la cual la vida tiene sentido, no sólo vivida para mí, sino, también, cuando la vivo para los demás, en una función constante de servicio.

  ¿Qué es servicio? La actitud de servicio consiste en que, en el modo que yo pueda, ponga toda mi capacidad, mi experiencia, mi energía, mi inteligencia, para el bien de los demás, para ayudarles un poco más; esto no ha de neutralizarme, no ha de hacer que olvide mis obligaciones, mis necesidades, etc. No es tanto un problema de tiempo, de si me dedico a esto y no me dedico a lo otro, sino un problema de actitud. Uno ha de tener una actitud que incluya, al mismo tiempo, lo suyo y lo de los demás. Cuando yo intuyo ser útil a alguien, a los demás, de un modo sencillo, se siente una satisfacción extraordinaria, un sentido de ensanchamiento profundo, de algo que tiene realidad. En el fondo, YO soy lo que soy gracias a los demás, ya que en conjunto, cada elemento se puede ver, únicamente, en función de los demás elementos. Si yo miro retrospectivamente mi historia, veré que soy el producto de una serie de hechos, circunstancias y factores agradables y desagradables, positivos o negativos. Todo lo que yo soy y pueda tener de valor ahora lo debo a un conjunto de posibilidades, de disponibilidades y de medios con los que me he encontrado. Esos medios me han permitido adquirir una cultura, una experiencia, etc., y, siempre, ha sido en una interrelación estrechísima con los demás. Soy como soy en todos los aspectos gracias a los demás, aunque a veces pensemos que es “a pesar de los demás”. En el fondo es como si mi personalidad la debiera a los demás.

  Cuando yo presto este servicio no hago nada más que restituir, devolver a los demás lo que ellos me han dado, aunque ellos no tengan, ni yo tenga tampoco, conciencia de esta donación. Cuando yo lo doy todo (suponiendo que yo lo diera todo) no hago ningún favor; simplemente, estoy devolviendo las cosas al lugar de donde proceden. Ya hablaremos ampliamente de ello más adelante. Por el momento, podemos decir que aquí hay una nueva modalidad de expresión. Ya no es una expresión del sentimiento, de la mente o del cuerpo, sino que se trata de una expresión del alma, de lo espiritual. Lo espiritual se expresa en forma de servicio a través de nuestra personalidad.

  Lo que hemos ido observando a nivel físico, afectivo e intelectual existe, de un modo similar, a nivel superior, en ese nivel espiritual en el que se vive más y más la unidad de todo. Esa unidad superior que hay arriba se expresa, a través de lo de abajo, en un sentido de responsabilidad, de colaboración, de servicio. Por lo tanto, cuando yo desarrollo mi verdadero sentido de servicio, no estoy nada más que expresando, a través de toda mi personalidad, lo que es la cualidad fundamental de mi Yo espiritual. Es una forma distinta de verlo, y, por el hecho de ser distinta, cuesta percibirla, cuesta entenderla bien. Aunque todos acepten que el servicio es bueno, el verdadero sentido de la existencia y de la fuerza de este servicio permanece oculto para muchas personas.

6. La reactividad profunda y espontánea

  Dentro del campo de la autoexpresión hay, por último, otra modalidad importante. Hace relación no ya a la acción que mi YO decide realizar e inicia, sino a la acción que surge de mí como respuesta. Hasta ahora he partido siempre de ser yo quien actúa, quien hace; pero, en la vida, en la mayoría de los casos, contemplo que no soy yo quien tiene la iniciativa, sino que me encuentro enlazado en un conjunto dinámico en el que son los demás quienes la tienen. Alguien me dice o me hace y entonces yo he de responder, he de reaccionar. Una cosa es que yo actúe por mí mismo y otra que yo deba reaccionar a un estímulo, a algo exterior. El arte de reaccionar, de responder, no sólo verbalmente, sino de la forma que sea, es una de las cosas más bellas que tenemos a nuestro alcance para conseguir una realización profunda, porque precisamente en el momento en que alguien me motiva y yo respondo, se produce en mí un circuito completo; se produce, de entrada, un circuito que llega hasta el fondo y que produce una reacción de respuesta de dentro hacia el exterior. Por lo tanto, se forma en mí un circuito o recorrido completo, que resulta ser una oportunidad excelente para que no solamente me sienta vivir a mí mismo, sino que además me dé cuenta de que YO estoy ahí.

  Para esto es necesario que esté realmente receptivo (más adelante veremos el aspecto de la recepción), que no ponga barreras a lo que me viene del exterior, que no esté escondido detrás de mi mente tratando de registrar, de asegurar, todo lo que llega para que no me haga daño. Es preciso que adopte una actitud totalmente receptiva, mediante la cual admita hasta el fondo todo lo que procede del exterior, sin enjuiciarlo ni valorarlo. Generalmente no actuamos así, puesto que nuestra mente tiene constantemente una actitud defensiva. No dejo que las cosas pasen de mi mente exterior, donde las analizo, las contrasto, las comparo con mis ideas y deseos. Esa frontera que establezco es lo que impide que yo entienda de un modo instantáneo, de un modo profundo; es lo que impide que se realice nada en mí auténtico. A veces quisiéramos entender algo un poco más y hacerlo más nuestro, pero nos damos cuenta de que aquello no deja de ser una idea, ya que hemos cerrado la puerta para que no entre tal conocimiento. De este modo, sólo penetra la parte extrema, la parte que resalta, produciendo un condicionamiento de nuestra mente que, a su vez, y con retraso, produce la respuesta, la parte final de mi respuesta. Por lo tanto, sólo percibo del estímulo la parte superficial, y, en la respuesta, sólo manifiesto esta parte superficial; mientras que, de todo lo que es trayecto de entrada y de salida, yo no percibo nada. Si fuera consciente del hecho de percibir algo y del hecho de responder, si fuera consciente de ese instante en que no estoy recibiendo, y en el que todavía no se ha efectuado la respuesta, ese mismo instante sería la realización del YO. Como dicen algunos maestros Zen, nuestro perfil de estímulo-respuesta tiene semejanza a la imagen del gong. Cuando yo golpeo el gong, suena, y el golpear y el sonar son instantáneos. En esta intersección se produce la realización. Si yo me abriera al impacto de cualquier cosa –ver un objeto, oír un sonido, oler una flor, etc.- permitiendo que penetrara hasta el fondo de mí mismo, desde donde se producirá mi respuesta, esto llevaría consigo la realización, la toma de conciencia del centro. Por eso decimos que todo lo que YO haga es camino de realización. Hay que expresar más y más profundamente para recibir desde un nivel más interior, para acercarnos a ese punto donde lo que viene de dentro y lo que viene de fuera coinciden. Por lo tanto, es bueno que en las situaciones que no comporten una responsabilidad externa uno aprenda a ser más espontáneo en sus respuestas, en su reacción, que no tenga que estar asegurándose, a través de la mente, que aquello merece el visto bueno de nuestros clichés mentales, que aprenda esta espontaneidad. Si lo intentan hacer, experimentarán que aparece un miedo desde dentro. Esto se debe a que, por un momento, hemos lesionado los mecanismos por los cuales yo quiero reflexionar primero para asegurarme. Esto es muy natural y muy correcto en nuestra vida de obligaciones. Pero, ¿por qué, cuando estoy en un plan puramente recreativo, con amistades o simplemente solo, necesito también pensar? Porque me he acostumbrado a responder de segunda mano, a no ser yo de un modo directo, fresco, espontáneo el que responda. Aprendamos a responder con espontaneidad y a descubrir de dónde sale esa respuesta; a ser capaces de vivir en cada uno de estos instantes donde se produce la respuesta; lo importante es la espontaneidad con la que se produzca y la toma de conciencia que esto proporciona.  Tenemos, por lo tanto, la técnica de la reacción espontánea, inmediata, como un medio maravilloso de realización. Al no existir en nosotros una reacción espontánea, una apertura auténtica, esto es lo que hemos de tratar de conseguir. Aprender a percibir y a responder sin pensar, sin pararnos en ver si es correcto, sin asegurarnos de lo que vamos a hacer. Esta reactividad profunda y espontánea actualiza el verdadero sentido de libertad. Nunca somos libres, porque siempre somos unos prisioneros de la mente. Todo ha de pasar por el beneplácito de la mente, y en ningún momento somos nosotros de veras. Así que, cuando es posible llegar a una expresión interna, aparte de la mente, entonces uno descubre una verdadera autenticidad, una liberación que siempre se traduce al exterior como una creación, ya que esta expresión desarrolla, en nuestro interior, el verdadero sentido de creatividad.