Descubrir mi mundo interior

NUESTRA INTEGRACION DEL MUNDO EXTERIOR

 Ventajas

Este aspecto del trabajo ofrece para nosotros muchas ventajas porque, de hecho, utilizamos este contacto con la vida exterior y la integración del mundo, que ya nos es necesario para vivir. Estamos acostumbrados a esta dinámica, a este funcionamiento en relación con lo exterior. Este trabajo también es importante porque abarca una zona muy amplia del campo de conciencia que nosotros vivimos como realidad, porque nos estimula y nos enriquece personalmente en una gama muy amplia, gama que no puede ser sustituida por ninguno de los otros dos caminos, hacia arriba y hacia dentro, porque nos capacita directamente para ser más útiles a los demás y porque, simultáneamente, nos prepara para hacer mejor lo que tenemos que, hacer en cada momento.

Inconvenientes

Sin embargo, también tiene sus inconvenientes. Principalmente tiene el inconveniente de que todos estamos ya acostumbrados a esta relación con el exterior, y, por tanto, hemos adquirido unos hábitos de acción, unos hábitos de conducta y de reacción. Y trabajar quiere decir reemprender toda una nueva educación en este contacto con el exterior, venciendo la inercia que ya está en marcha en nosotros. Este es el esfuerzo que hay que hacer, esta es la parte difícil de esta línea de trabajo. Es absolutamente necesario que, para hacer este trabajo en relación con el exterior, uno haya trabajado en serio la primera parte, haya llegado a un determinado grado de autoconciencia. De este modo, uno aprende a mantenerse en todo momento firmemente consciente de sí mismo mientras está en contacto con el exterior, y, así, el exterior no le aparta de su propia conciencia, y uno no queda absorbido por el objeto o en la situación. Sólo manteniendo esta clara autoconciencia, que debe haberse trabajado anteriormente, es posible utilizar nuestra relación con el exterior como medio de Realización. Por tanto, que nadie crea que puede empezar el trabajo de su mejoramiento por esta fase superior, porque es una de las más difíciles, porque es ahí donde estamos más viciados; por esto requiere un trabajo previo.

Naturaleza de lo exterior

En el transcurso de los capítulos anteriores hemos analizado muchos aspectos que no es ahora posible repasar en su totalidad. Pero lo primero que hemos de recordar es que cuando hablamos de exterior hemos de estarnos refiriendo a la misma cosa, porque este concepto de exterior no queda con frecuencia muy claro. Decíamos que no existe un campo tan nítido que separe lo que es exterior y lo que llamamos interior. De hecho, lo que llamamos exterior o interior son zonas de conciencia, existen para nosotros en tanto que zonas de conciencia diferenciadas según la vía a través de la cual las recibimos. No se trata de que respondan a una naturaleza objetiva limitada; es nuestra vía de registro, nuestra vía de percepción, lo que varía; y esto es lo que nos da a nosotros la impresión de distinción entre lo que llamamos exterior y lo que llamamos interior, distinción que parece ser real, parece corresponder al objeto, pero que en realidad sólo corresponden a la conciencia.

Nosotros tomamos como punto de referencia nuestro propio cuerpo, y, dado que tenemos un grado muy elevado de identificación con él, todo lo que son percepciones a través de los sentidos lo referimos a esta noción de imagen que tenemos del cuerpo. Así, situamos una cosa al exterior del cuerpo y otra cosa en el interior. Pero si tenemos en cuenta que nuestro cuerpo es una corriente de materia y de energía que está en constante intercambio con el resto de la materia y la energía, entonces esta distinción que parece tan clara y tan rotunda ya no lo es tanto. Todo mi cuerpo se está renovando constantemente, reestructurando, gracias al proceso vital de nutrición y renovación biológica. Por lo tanto, la materia que entra del exterior es absorbida por mí, es asimilada en parte, y eliminada en otra parte. Este remanente que queda de este proceso se va incorporando a mi cuerpo, pero sigue siendo algo transitorio, porque, a su vez, esto también se renueva. Así, nuestro cuerpo es un flujo de energía y materia que está en constante proceso de intercambio con el exterior.

Decíamos que lo mismo ocurre con nuestra respiración. Nuestra respiración está constantemente tomando aire del exterior y reteniéndolo en el interior. ¿Hasta qué punto el aire que hay en mí forma parte de mí o no forma parte de mí? En realidad es una corriente del exterior que está penetrando en nuestro interior, a la cual podemos atribuirle naturaleza propia o naturaleza extraña. Así, pues, de la misma manera que resulta evidente que no es fácil distinguir en este caso, porque no hay fronteras, exactamente ocurre también con el cuerpo; tan sólo que el cuerpo tiene un ciclo de circulación, de transformación, más lento, y eso es lo que nos proporciona la ilusión de permanencia, lo que nos da la ilusión de que nuestro cuerpo es algo estable y que sirve para medir lo demás.

Lo mismo que afirmamos en relación con la respiración y en relación con el cuerpo podemos decirlo de todo aquello que llamamos nuestro: nuestra inteligencia, nuestras ideas, nuestros conocimientos, nuestros valores afectivos, todo absolutamente está en un proceso constante de intercambio con el exterior, y no hay una frontera definida que permita separar lo de dentro y lo de fuera de un modo claro.

Cuando uno va trabajando en esta identificación de sí mismo, uno va percibiendo cada vez más los propios procesos mentales, afectivos y fisiológicos, en tanto que algo externo al yo, algo exterior al yo. Llega un momento en que tanto lo que ocurre dentro del cuerpo y dentro de la mente y de la afectividad como lo que ocurre más allá de este cuerpo y de esta afectividad, todo, absolutamente todo, es externo; lo que antes decíamos interno pasa ahora a ser externo, porque es externo al yo. Entonces lo interno y lo externo forma un sólo campo.

Y cuando esta realización avanza más y más llega un momento en que nuestra conciencia se abre a la Realidad, es decir, que nosotros nos abrimos a la conciencia de Realidad. Entonces descubrimos que este yo, este centro, este ser esencial, es algo que existe de una manera tan total, tan absoluta, que todas las cosas que están existiendo son dentro de este yo, dentro de esta realidad, dentro de este ser absoluto manifestado. Es decir, igual que puede verse lo de dentro y lo de fuera como totalmente extraño y aparte del yo, asimismo puede verse todo lo interno y externo formando un solo campo dentro de la conciencia de la realidad.

Si esto es así, lo que me falta para acabar de abrirme al campo de la realidad, además de vivir mi interior físico afectivo y mental como algo muy real, es vivir también lo otro físico, afectivo y mental, es decir, lo exterior, los otros, la naturaleza, todo; todo esto es lo que me falta para adquirir una conciencia plena de realidad en lo físico, en lo afectivo y en lo mental. Por lo tanto, este contacto con el exterior se convierte en un medio para completarme, para completar mi conciencia de existencia.

Problemas básicos

Los problemas que hay en el contacto con el exterior son muy claros. De ellos el fundamental es que yo vivo inicialmente identificado con mi cuerpo y con la idea que tengo de mí, el cuerpo como imagen, como sensación, y la idea que tengo de mí como idea que tengo dentro de la mente. Mente, sensación, imagen, son los tres grados de nuestra identificación. Yo, en muchos momentos, puedo darme cuenta de que el cuerpo no soy yo, y por eso digo «mi cuerpo», y por eso yo puedo aceptar, en circunstancias graves, perder un miembro, una pierna, un brazo, porque no hay más remedio, y puedo aceptarlo sabiendo que yo seguiré siendo yo, que yo no perderé nada de mi identidad, que tal vez perderé un instrumento de expresión, que perderé mi apariencia completa, pero no mi identidad. Esto quiere decir que la idea que tengo de mí es más profunda que la idea que tengo de mi cuerpo.

Pero el hecho es que, como yo vivo identificado con mi idea, con mi cuerpo, esto hace que yo mida todo lo demás en función de esta idea y de esta imagen que tengo de mí: si yo creo ser esta idea, yo mediré a los otros de acuerdo con esta idea, esta idea será el punto de referencia, el patrón. La idea que yo tengo de mí es que yo soy unas cosas determinadas. Esta es la identificación, porque yo me confundo con unos contenidos, con unos atributos, con unas cualidades, yo creo ser un individuo determinado que tiene una apariencia determinada, unas cualidades determinadas, que tiene unos defectos, que ejerce un estatus determinado, que tiene un capital, unas relaciones, un porvenir. Es decir, yo tiendo a definirme a mí mismo en virtud de lo otro, en virtud de lo que no soy, yo, en virtud de las cosas. Como yo creo ser todo eso, como tengo la idea de todo eso identificado con lo que creo ser, y como, además, yo quiero llegar a ser otra cosa, llegar a ser una persona más importante, más fuerte, etc., entonces surge a partir de ahí una manipulación del mundo exterior para ponerlo al servicio de eso que yo quiero realizar, de eso que yo quiero conseguir. Si yo quiero ser más importante, estaré viendo en qué medida las personas me ayudan a ser importante; se adopta entonces una tendenciosidad básica que tergiversa los modos de percibir y de valorar a los demás; ya no los percibo tal como son, por sí mismos, en sí mismos, sino en función de ese papel que yo pretendo que han de hacer para mí. Y esto es grave, aunque es una cosa tan corriente que se acepta como normal. Todas las convenciones sociales están basadas en esta aceptación, porque todo el mundo juega a ser importante. Por tanto, la educación y la cortesía consisten en jugar a hacer ver que el otro es importante, para que él, a su vez, juegue a creer que yo también soy importante. Y es evidente que mientras yo esté valorando el exterior en función de esto que quiero llegar a realizar o en función de aquello de lo que quiero huir, yo no podré relacionarme de un modo auténtico con la persona, no podré aceptarla tal como es, no podré comprenderla tal como es y, sobre todo, no la podré ayudar a lo que realmente ha de ser.

Ahí tenemos, pues, el origen de todas las discordias humanas, de todos los conflictos dentro de las familias, dentro de las relaciones laborales, dentro de la sociedad. Es siempre un juego entre lo que yo pretendo ser y lo que los demás me ayudan o no me ayudan. Aceptaré en los demás aquella parte que se corresponde con lo que yo acepto en mí: yo creo ser una persona con un determinado tipo de inteligencia, habilidad, fuerza, y, así, aceptaré como normales, como naturales, esas cualidades en los demás, pero, al mismo tiempo, yo tengo deseo de ser de un modo, y todas las personas que personifiquen estas cualidades que yo deseo poseer serán para mí objeto de admiración y de atracción; y como esto que yo quiero ser implica un rechazo de lo que yo no quiero llegar a ser, estaré también automáticamente rechazando a las personas que personifiquen esas cualidades o defectos que yo rechazo.

Ahí tenemos la base de todas nuestras valoraciones. Por lo tanto, no sería algo superfluo el que, de vez en cuando, nos detuviéramos un poco e hiciéramos una especie de visión, de balance, sobre nuestro haber y nuestro debe, sobre las personas cuyo valor acepto y sobre las personas que rechazo, y ver, en ambos casos, por qué las acepto y valoro tanto, e igualmente por qué las rechazo tanto. Esto me daría una imagen de cómo está formado mi yo-idea. Lo que yo rechazo es aquello de lo que yo estoy huyendo de mí, aquello que yo tengo el temor de llegar a ser; rechazo a las personas fracasadas, las personas deformes, las personas muy enfermas, muy débiles. Todo esto son los defectos que yo temo, porque lo que yo quiero ser es todo lo opuesto a eso; es decir, una persona muy serena, muy fuerte, muy poderosa, muy lo que sea. Veré entonces que estoy admirando a aquellas personas que representan precisamente esas cualidades o atributos. Es decir, que, a través de nuestra valoración respecto al mundo, descubrimos la proyección de lo que es nuestra propia radiografía interna.

Apariencia y realidad de las personas

Aquí convendría aplicar normas de trabajo, y comenzar diciendo que hemos de aprender a descubrir que las personas no son lo que aparecen, no son lo que nos parecen. Las personas no son personales buenas o malas, perfectas o imperfectas, orgullosas o egoístas o generosas o santas. La persona nunca es ninguna cosa; la persona es el conjunto de cualidades emotivas que se expresan en un momento, en un lugar; es el conjunto de los rasgos divinos que se expresan en un grado más o menos elemental, pero que están en un proceso de constante transformación. La imagen que nosotros nos hacemos de la persona es una imagen fija, estática, es una instantánea de la persona. Y a esa instantánea le asociamos unas cualidades, o unos defectos, y valoramos esta instantánea. Esto es lo erróneo. Atribuimos a la imagen instantánea que tenemos de esa persona en nuestra mente unos atributos: es bastante inteligente, es hábil, tiene este defecto, esto otro; hacemos una ficha de ella que nos deja muy satisfechos, porque así creemos tenerla clasificada. Pero la persona no es eso, la persona es una fuerza creadora que se manifiesta, es una inteligencia en un grado de manifestación, es una armonía, un amor, una belleza que está en expresión, a un grado o a otro, a un nivel o a otro; todo lo que vemos de amable, de agradable, de positivo en la persona es lo positivo que se expresa en la persona, no la persona; igualmente, todo lo negativo que vemos en ella es lo que nosotros estamos rechazando de aquella persona. Pero en realidad no es que aquella persona sea positiva o negativa; lo único real son unas cualidades que están en un constante proceso de fluir, y que esas cualidades se conjuntan, se unen, en un momento dado, para formar lo que aparece como una persona. La persona es una suma de cualidades, pero una suma que está en constante variación, en constante proceso. Yo he de aprender a ver en la persona estas cualidades en expresión, y no verlas como atributos estáticos de cualidad o de defecto. Cuando yo digo que una persona es de un modo, le pongo una etiqueta, estoy falseando la verdad. La persona no es inteligente, la persona no es buena, no es egoísta, no es orgullosa. Hay una inteligencia que se expresa en la persona, una generosidad que se expresa en la persona, una autovaloración que se expresa en la persona, una fuerza de conservación que se expresa en la persona.

Pero siempre es de esta manera: es una cualidad que pasa. No se trata de que la persona sea eso; la persona no es ninguna de esas cosas, como yo no soy ninguna de esas cosas. Yo soy yo, yo soy un centro espiritual del cual surgen las cualidades que se expresan dinámicamente, y que, en contacto con lo que yo llamo exterior, forman eso que llamo personalidad. Pero esa personalidad es un proceso dinámico constituido por esa dinámica interior en interacción con lo que llamamos exterior. En ningún momento yo soy una inteligencia determinada, y un modo afectivo determinado, ni una sexualidad determinada, nada que sea determinado.

Me gustaría que esto se comprendiera bien, porque entonces descubriríamos por qué no debemos apegarnos a las personas. No podemos apegarnos a las personas, no por precaución, no por miedo, sino porque no hay nada a qué apegarse. Es como si yo quisiera apegarme al río; no puedo hacerlo; el río pasa, el agua fluye. Es mi percepción visual la que me da la idea de que es el mismo río, de que es la misma agua. El agua está continuamente en un proceso de fluir, de cambiar. Y así está absolutamente todo lo que existe en nosotros y en todos los demás. Todo es un río de cualidades que se expresan en un grado u otro, y que dan una apariencia u otra; pero esa apariencia es cambiante, y no hay nada en las personas que sea estático. Nosotros, a esa instantánea que hacemos de la persona, a esa imagen, le añadimos unos atributos y se los dejamos colgados de esta instantánea. Entonces creemos que la persona es un determinado número de cualidades y defectos. La persona no es esto, la persona es constantemente expresión de algo. Por lo tanto, cuando yo veo lo amable, lo bueno, lo positivo que hay en alguien, es la expresión de la cualidad lo que he de valorar en la persona, y no la persona. Yo he de aprender a valorar la inteligencia que se expresa en la persona, la belleza, la armonía, la sutileza, la potencia, la cualidad que sea, pero en tanto que cualidades que la persona expresa, y no como imagen estática de la persona.

Si aprendiéramos a ver de este modo a nuestros amigos, a nuestros familiares, puedo garantizar que cambiaría por completo nuestro modo de relacionarnos y de actuar con ellos. Porque es debido a esta imagen estática que me he formado de ellos que yo estoy exigiendo a esa persona que se comporte de un modo y no de otro. Es a causa de que he puesto una etiqueta, que yo no puedo admitir que ella actúe de otro modo. Cuando aquella persona se separa de este esquema que me he hecho, entonces me enfado, protesto, me irrito con la otra persona. Si yo aprendiera a ver que aquella persona en ningún momento es en tanto que persona aquello, sino que es sólo un medio de expresión de cualidades, estaría aprendiendo a descubrir y aceptar las cualidades que aparecen ahí, más altas o más bajas, pero no estaría exigiendo unas formas determinadas, un patrón determinado. Esta inmovilización que estoy exigiendo es una falsedad, un error que forzosamente se ha de convertir en conflicto cuando choca con la dinámica del vivir.

La relación exterior como medio

Es importante que esto se vea con claridad. Hemos dicho que la relación con el mundo exterior es un medio enormemente rico para nosotros que nos permite, por un lado, desarrollar todas nuestras cualidades positivas; es un medio por el cual yo puedo ejercitar la expresión de mis cualidades positivas, esas cualidades que decíamos que constituyen mi ser, mi personalidad, es un medio para poderlas ejercitar deliberadamente, sistemáticamente y a todos los niveles; porque una de las ventajas que tiene ese camino de relación con el exterior es que me está movilizando los niveles más humanos de mi personalidad: mi vista, me afecto, mi inteligencia concreta, práctica; constantemente desde el exterior se me está estimulando a que yo responda desde mi cuerpo, a través de mi afecto y a través de mi mente. Es decir, que utilizo así la gama de lo que es mi personalidad cotidiana precisamente como un medio de desarrollo, y esto ninguno de los demás caminos me lo producen. Es toda mi personalidad que se enriquece; cuando yo voy viviendo en la dimensión más profunda de la relación humana, entonces mi personalidad se ensancha e incluye cada vez más lo que hay de propio en los demás niveles. Pero, ya de entrada, tiene de por sí esta riqueza que mejora mi personalidad positiva. Es un medio gracias al cual yo puedo enriquecerme con la experiencia de las cualidades, con todo lo positivo que estoy percibiendo y admitiendo del exterior. Es decir, cuando yo me pongo en contacto con una persona, o simplemente con un paisaje, con cualquier cosa, esta cosa me enriquece, me provoca, me da una noción de formas nuevas, de cualidades nuevas, de modos de sentir y de atributos nuevos; y en la medida que en mí hay no sólo la percepción, sino además una admisión, dichos atributos nuevos pasan a ser míos, se produce una asimilación interior de aquello que yo no solamente percibo, sino que además acepto. Yo entonces empiezo a enriquecerme con la experiencia de los demás; todo se convierte para mí en enriquecimiento, en completamiento de mi campo de conciencia, de mi personalidad.

La relación con el exterior es también un medio para conseguir esa conciencia total de estímulo-respuesta, presión-impresión, yo-él, de manera que se forme un campo único que incluya una cosa y la otra. La relación personal es un medio para que, gracias a esta interrelación vivida de un modo correcto, pueda llegarse a superar este famoso yo-idea, que es el que nos mantiene encerrados bajo llave en su dominio. Gracias a la relación vivida de un modo completo, integral, yo tengo también una puerta abierta a lo intemporal, tal como explicábamos en el capítulo que hablaba del silencio.

A continuación, refiriéndonos a esta relación humana, explicaremos con más detalle cómo hemos de vivir las situaciones de contacto humano para que sean positivas para mí y para el otro.

Damos ya por supuesto que la persona ha trabajado esta conciencia de identidad de si misma, de manera que es capaz de mantener esa identidad, esa lucidez, en todo momento, es decir, que no se identifica con la situación, con las ideas que se discuten, o con el modo de ser o de hacer de lo otro; es decir, que uno mantiene una identidad clara de sí mismo como sujeto.

Atender al otro

Bien; partiendo de ahí, entonces lo más importante es que yo aprenda a descubrir la importancia del otro, que yo aprenda a descubrir que el otro, tan sólo por el hecho de ser el otro, sea quien sea ese otro, es al menos tan importante como yo. Por lo tanto, tengo que aprender a descubrir este valor: el otro tiene la misma realidad que yo, tiene una vida interior exactamente como la tengo yo, tiene una voluntad interior, unas aspiraciones, unos deseos, un modo de ver las cosas, una experiencia detrás de sí, está viviendo todas las situaciones por lo menos con la misma intensidad como las vivo yo, y son tan importantes para él como lo son para mí. Pero yo nunca vivo esto así. Teóricamente acepto que es así, pero a la hora de tratar con los demás yo me hallo centrado en mi modo de pensar y de sentir, y los otros modos de pensar y sentir son para mí secundarios, muy secundarios.

En el momento de la relación humana yo he de aprender a vivir al otro con la misma realidad y la misma importancia con que me vivo a mí. Por lo tanto, he de tratar de darme cuenta de que estoy hablando con una persona, no con un personaje que hace para mí un papel de defensor o acusador de mi yo-idealizado, sino con una persona que tiene un valor en sí mismo, un valor en su interior que yo he de aprender a descubrir, a discernir, a dejar que penetre en mí; es decir, qué es lo que siente esa persona, qué quiere, cómo vive, cómo ve las cosas, cuál es su modo íntimo de ser. Pero no con un afán de simple información, ni mucho menos de crítica, sino con un deseo de descubrimiento, de querer ensanchar el modo en que yo me vivo a mí mismo con el modo en que el otro se vive a sí mismo. Si yo cultivara esa deliberada actitud de atención, de interés auténtico, para comprender el mundo interior del otro, habría dado un gran paso en esta realización a través de lo exterior.

El segundo paso es que yo aprenda a ver en el otro no sólo lo que el otro vive, lo que el otro piensa, quiere o teme, sino a intuir qué es lo que está haciendo vivir al otro, cuál es la fuerza que le empuja, cuál esa inteligencia creadora que se está expresando a través de él, cuáles son esas cualidades que están buscando camino de expresión a través de esa persona. He de aprender a intuir eso maravilloso que está pugnando por expresarse, esas cualidades que él todavía no vive, pero que están empujándole para actualizarse. Y esto he de hacerlo aunque aquella persona, en su modo de vivir concreto, esté muy lejos de esas cualidades. Esas cualidades fundamentales están ahí, son las que le hacen vivir, como me hacen vivir también a mí, son las que me empujan también a mi desde mi interior. Y debo aprender a discernir esto en la otra persona: la inteligencia, una gran inteligencia que está intentando expresarse a través de su inteligencia; la fuerza, una gran voluntad que está tratando de tomar forma a través de su voluntad, y una gran paz y un gran amor que están tratando de encarnarse en su modo de amar, en su modo de gozar. He de intuir todo eso, he de mantener esa intuición de lo que está detrás de él, de lo que le está dando fuerzas y vida, y mantenerlo mientras estoy hablando con la persona, aunque esté hablando de cualquier cosa que nada tenga que ver con esas cualidades. Esta es la mejor ayuda que podemos darle, esto es lo que la estimula más rápidamente a crecer, a desarrollarse.

Pero, en todo caso, procuremos no poner un modelo al modo de ser de aquella persona. Hemos de evitar a toda costa pretender imponer en ningún sentido una idea de cómo ha de ser aquella persona. Si yo quiero rectificar a la persona, yo estoy sumamente equivocado. Yo no puedo ni debo rectificar a ninguna persona, porque, en el momento en que yo quiera rectificar, es mi idea personal la que estoy imponiendo a aquella persona y ella sentirá aquella idea como algo ajeno, como algo extraño, como una fuerza que la obliga, como un no-yo que se contrapone a su yo, a su modo de sentir y de ser, y, por tanto, reaccionará defendiéndose contra aquello. Por otra parte, yo no tengo ningún derecho a decir cómo ha de ser alguien, yo no sé realmente lo que es bueno para aquella persona, lo que realmente necesita en su trabajo, en su camino de desarrollo para llegar a esa plenitud de su destino. ¿Sé yo realmente que esa cualidad que a mí me parece tan importante es lo que aquella persona necesita en este momento, y no otra? Acaso, al pretender imponer esa cualidad, impediré que aquella persona viva una experiencia propia insustituible, gracias a la que fructificaría algo realmente auténtico. Hemos de evitar esta tendencia de que, al vivir yo de acuerdo con un modelo de un yo-idea, trate de imponer este molde a los demás, en nombre de su bienestar, en nombre de su provecho, de su adelantamiento, en el nombre que sea. Yo no tengo en absoluto ningún derecho de imponer a nadie ningún reglamento.

En cambio, sí puedo y debo, si amo, ayudar a que la persona sea más ella misma, se realice más en sí misma, llegue a su plenitud, siga su propio camino, aunque este camino esté muy lejos, sea muy diferente del camino que yo valoro y creo que es bueno para mí. He de admitir que cualquier camino puede ser el mejor para la experiencia y desarrollo de aquella persona; he de tener un respeto insobornable a la libertad de la otra persona. ¿Acaso nosotros no hemos estado viviendo las consecuencias de una formación deformante, hecho siempre en nombre de nuestro bien? ¿Es que no estamos viviendo las consecuencias de una formación en la que se nos ha querido imponer unos modelos que se han convertido en auténticas camisas de fuerza y que nos han incapacitado para crecer y para llegar a ser realmente nosotros mismos? ¿Por qué queremos perpetuar esta pésima tradición?

Si tenemos para nosotros mismos el discernimiento de ver la absoluta necesidad de ser auténticos en todo, demos a los demás la oportunidad de que lo sean y ayudémosles en este camino concreto. ¿Cómo hacerlo? Sabiendo intuir esas cualidades fundamentales en su interior, y, al tratar con ellos, dar como presentes esas cualidades, pero sin imponer modos concretos de conducta, de manifestación. Animemos desde el centro, pero no queramos animar desde la periferia, porque esto sería opresión.

Luego viene esto que hemos hablado de vivir de un modo tan pleno la expresión, como la recepción al otro, vivir desde este ciclo dinámico centrífugo y centrípeto que nos capacita para vivir posteriormente el silencio, vivir tanto el ciclo en manifestación, hacia dentro y hacia fuera, como el instante de silencio que nos da la entrada a lo intemporal.

Esto, cuando lo ejercitamos en las personas, hemos de darnos cuenta de que estamos aprendiendo una actitud fundamental de vivir, que no es solamente un modo de tratar con las personas: las personas son el medio, son la oportunidad para hacer esto, para estar todo yo presente y abierto en la expresión y en la reflexión. Cuando yo he aprendido a hacer esto con las personas, descubro que puedo hacerlo con todo, porque todo, cada cosa, cada objeto, cada ser, es un no-yo ante el cual he de aprender a expresarme, ante el que he de aprender a vivir y a recibir.

Abrirme y vivir activamente la situación y a la naturaleza

Así vendrá mi perfecto ajuste en mi relación con el mundo, incluso con el mundo material.

Posteriormente vendrá la aplicación de esto con ese mundo tan curioso que son las circunstancias, las situaciones, los acontecimientos, algo intangible, que es un modo particular de relación sujeto-objeto, pero cuya importancia no está tanto en el objeto o en el sujeto como en el modo particular que nos vincula: las situaciones.

Las situaciones son cosas, son expresión viviente de una inteligencia que está haciendo funcionar las cosas, las situaciones son tan importantes, o incluso más, que lo que llamamos cosas o lo que llamamos personas, porque las personas no son otra cosa que una situación de paso. Es falsa esta idea de que somos algo estático; somos algo que fluye, y, por lo tanto, nosotros mismos somos una situación.

Pero ahora nos referimos a otro tipo de situaciones, a lo que yo vivo exteriormente como un hecho, como una circunstancia. Las cosas de repente se ponen feas para mí, el ambiente parece que, de pronto, cambia de color, parece que deja de funcionar a un ritmo determinado, sustituyéndolo por otro ritmo; las cosas en un momento me van muy bien y en otro momento no me van tan bien. Ese cambio de ambiente social, de ambiente material, a veces incluso del ambiente climatológico, todo esto es algo viviente, es expresión de la misma inteligencia y voluntad que se está expresando en nosotros. Todo esto es un lenguaje, un lenguaje con una significación, un lenguaje que yo aprenderé a reconocer si tan sólo aprendo a mirarlo con interés. Mientras yo esté situándome del mismo modo egocentrado con que lo hago ante las personas, es decir, esto me conviene, aquello no me interesa, esto me vale para tal función, lo otro no es bueno, mientras yo esté constantemente clasificando, separando, nunca podré identificar nada por sí mismo, nunca podré descubrir nada en sí. Cuando yo aprenda a ver en silencio, despierto, lúcido pero sin juicio, cuando aprenda a ver las circunstancias, las situaciones, en su constante transformación, yo iré descubriendo que detrás de todo este fluir de cosas, de ambientes, de cosas que a veces parecen intangibles, hay un sentido, un significado, de una inteligencia y de una voluntad que está hablando con elocuencia. Todo es significado, no hay nada que no tenga un significado, todo es signo, todo es símbolo, porque todo es expresión en su ser y en su hacer de la única Inteligencia, de la única Voluntad.

Luego, hemos de aprender a abrirnos ante esa cosa maravillosa que es la Naturaleza, y aprovechar ese regalo constante que estamos teniendo de todo lo que existe, aprovecharlo de forma que entre en nosotros, que admitamos en lo más profundo de nuestro interior lo que continuamente está expresando la naturaleza, al igual que lo que continuamente están expresando las personas, si sabemos verlas. Mirando la naturaleza, veremos que está expresando una grandiosidad, una potencia, una belleza, una inteligencia. Es un mensaje constante que se está renovando en cada momento, es una creación abundante, monstruosa, monstruosa porque parece que no va a ninguna parte, porque parece que no es útil en nuestra idea de utilidad; sin embargo, es un proceso constante de expresión, de fuerza, de potencia maravillosa, de belleza, de grandiosidad, de sutileza, de delicadeza, de inteligencia.

Si yo aprendo no solamente a admirar, sino a dejar que penetren en mí, con esa receptividad que, hemos de haber aprendido en la relación humana, entonces veré que se produce en mí una respuesta de admisión, de aceptación. Y descubriré que aquella belleza está en mí, que aquella potencia, aquella sutilidad, grandiosidad y delicadeza están en mí, están en esa única conciencia de la que nosotros somos un foco, conciencia que está constantemente expresándose y renovándose en todo lo que es un flujo de cualidades positivas.

Preguntas:

-Si no tenemos que rectificar a nadie, ¿no podemos entonces dar, por ejemplo, un consejo a nuestros hijos?

R. -Nosotros podemos y debemos dar consejos no sólo a los hijos, sino también a los que no son los hijos, pero no confundiendo nunca lo que es un consejo relativo a la forma con lo que es un consejo respecto al ser, a los valores fundamentales. Y como lo que a nosotros nos preocupa más, aquello a lo que reaccionamos más, es al modo de hacer, entonces todos nuestros sabios consejos van dirigidos a que el modo de hacer esté de acuerdo con nuestro modo de hacer y de pensar. Y esto es lo que hay que evitar. Ciertamente hay momentos en los que se debe sugerir e incluso imponer unas normas de acción, de convivencia. Pero, sobre todo, no confundamos esto con ayudar a nadie. Con esto no ayudamos a nadie, con esto estamos simplemente domesticando a la persona, la estamos obligando a que se comporte de una manera que no provoque roces con los demás y que sea aceptada y tolerada por la sociedad. Pero esto nada tiene que ver con el ayudar realmente a una persona. Ayudar a una persona es ayudarla a que ella viva su propia identidad y exprese sus cualidades fundamentales de un modo directo. La educación del comportamiento es una educación necesaria, pero no tiene nada que ver con la autorrealización y, muchas veces, se convierte en una especie de tumba de la posible autorrealización; y esto es así porque llega un momento en que esas normas de conducta son tan importantes, tan numerosas y tan fuertes que llegan a matar la conciencia de identidad y de realidad de la persona, convierten a la persona en un autómata, un autómata perfectamente sociable, un autómata que aprenderá a moverse por el mundo sin dificultades, pero que parecerá un alma en pena, que parezca no estar en él. Esa educación tal vez haga que gran parte de su vida, de su existencia, sea inútil y extraña para ella misma.

Esto no es una exageración. Lo que ocurre es que nosotros no somos plenamente conscientes de lo inconscientes que somos, y que somos de este modo inconscientes porque se nos ha enseñado solamente a ser de unos modos: yo he de ser trabajador, muy honrado, he de parecer, he de vestir así; es decir, una serie de reglamentos. Pero, ¿quién me ha dicho, quién se ha preocupado de ver lo que yo soy en mi interior, quién me ha estimulado a que yo viva, descubra, exprese un poco más esa aspiración que hay en mí, en mi profundidad? ¿Quién se ha preocupado nunca por esto? Esto sería realmente ayuda. Por lo tanto, no cometamos la misma torpeza de los que nos han precedido y aprendamos a ofrecer una educación realmente creadora, no repetitiva, no imitadora; no seamos máquinas de educar.

-Pero todo lo que nos han enseñado es válido.

R. -Sí. Yo no digo que no sea válido; yo digo que no hay que confundir esto con el ayudar a una persona, sobre todo si hablamos de autorrealización. Y que hay que tener cada vez más tolerancia con los modos de hacer, prestando culto incondicionado a esa llama interior para que se abra paso. Pero si nosotros no vivimos eso, si nosotros no somos en primer lugar una expresión directa de eso, ¿cómo vamos a valorar y educar a los demás?

-Yo no he comprendido lo de que en las personas todo son cualidades positivas. Hay también cualidades negativas.

R. -En la persona todo es positivo, todo. Lo que pasa es que hay algunas cosas que no nos gustan. No hay cosas que no estén bien en sí; no están bien para nuestro modo de valorar, y quizá no estén bien para el modo de ser de aquella persona. Pero no son malas en sí, son malas relativamente hablando, y la persona ha de aprender a superar aquello. Pero incluso esas cosas tan malas que podemos ver en otra persona, incluso eso descubrimos que está hecho de cualidades positivas. Aun en el caso de la persona que asesina a alguien para robar. A pesar de toda la monstruosidad que pueda acompañar a las circunstancias, todo ello está hecho de cosas positivas. Fijémonos bien, analicemos: pongámonos en el sitio de la persona, y veremos que en ella hay un deseo de posesión, una fuerza. Este deseo de posesión es en sí bueno. Porque si no fuera así no podríamos ni respirar. Este deseo de posesión es el que está en la base de nuestra conservación, en la base de nuestra subsistencia. Si no hubiera en mí este deseo, yo no asimilaría ningún alimento. El deseo de posesión es una ley fundamental en el reino vegetativo y en la economía animal. Por lo tanto, en sí, es positivo. La energía y el riesgo que afronta para realizar este acto es la movilización de una cualidad en sí totalmente positiva. Lo que aquí aparece como negativo es el hecho de que no ofrece al otro la importancia, no le da el valor que se da a sí mismo; y esto es lo que hace que esas cualidades positivas adopten una forma negativa. Pero la idea que él tiene de su valor es también buena; lo que le falta es crecer en la idea del valor del otro.

Es decir, no es que en sí no haya nada positivo, sino que lo positivo que hay no está lo suficientemente desarrollado, y esto es lo que produce efectos que llamamos negativos. Pero mirando analíticamente, de una manera crítica, todo, todo es positivo. Ahora bien; la cosa es mala socialmente, y psicológicamente, a un nivel humano.

Pero de ver que esto es malo y, por lo tanto, ver la necesidad de corregir, de educar, etc., a creer que aquello es el mal, es decir, que aquella persona es esto, va un abismo.