Descubrir mi mundo interior

No te ofendas tú si ofenden a tu ego

En mi opinión, tenemos tan poco claro quiénes somos, y estamos tan identificados con el ego, que cuando nos envían una ofensa que va clara y directamente al ego nos la tomamos como algo personal y reaccionamos como si nosotros tuviéramos algo que ver con eso.

A estas alturas de la vida ya todos sabemos que somos la unificación de muchas cosas que se agrupan en nuestra vida (En realidad somos una unidad que dividimos en porciones para comprendernos mejor, pero seguiremos con el supuesto anterior porque se hace más comprensible). Y nuestra vida la asociamos directamente a nuestro cuerpo, a este Aquí y Ahora.

Somos muchas cosas o creemos que somos muchas cosas: Espíritu, Alma, Conciencia, Cuerpos físico-mental-emocional-etéreo, Divinidad, Consciente-inconsciente, Mente, Inteligencia, Memoria, Personajes y Personalidades, Sentimientos y Emociones, Ego…incluso podríamos añadir nuestros estados emocionales o psicológicos casi como entes aparte. Todo esto nos crea una confusión tal que, en muchas ocasiones, nos lleva a perder la noción de quiénes somos realmente.

Cuando estamos “actuando” desde cualquiera de esos apartados podemos llegar a perder la noción de nuestra verdadera identidad y podemos confundirnos con quien esté actuando o manifestándose en ese momento, llegando a creernos que somos ese aspecto concreto de ese momento concreto.

A mí me parece, creo yo, opino, supongo… que quien realmente somos es aquel capaz de situarse por encima de todos los estados pasajeros, de un modo inafectado, sin perder la ecuanimidad ni la conciencia, que puede observar a quienes estamos siendo y darse cuenta de todo, pero simplemente como observador que se sabe por encima de cualquiera de los personajes.

No somos tristes porque estemos tristes en un momento concreto, ni somos el Místico en su Nirvana porque en un fugaz instante alcancemos ese estado, ni el desesperado porque lleguemos a vivir algo con desesperación, ni somos el inseguro porque algunas veces nos comportemos como tales, ni el inconsciente, ni el que está alegre por algo que le acaba de suceder, ni el que tiene inquietudes espirituales, entonces… ¿Quiénes somos?

Somos el o lo que es capaz de permanecer inafectado por todos ellos, sabiendo que son partes de un Todo, pero que ese Todo está por encima de las partes, y que ese Todo es Uno Mismo en su esencia.

Somos quien es capaz de darse cuenta de todos ellos uno a uno, separados, y es capaz de comprender la alteración de sus estados temporales, y es capaz de darse cuenta de que está por encima de todos ellos, y que su función es precisamente darse cuenta y aprender de todas las situaciones, y que otra de sus funciones es hacer notar a cada una de las partes las cosas en las que podría mejorar –si imponer, sólo sugerir-, y quien busca la forma de religar las partes en que se ha dispersado la humanidad personal.

Quien está en un Proceso de Desarrollo Personal y conoce la existencia del ego, y ha aprendido a darse cuenta de cuándo se está manifestando, cuándo se siente ofendido, colérico, orgulloso, o vengativo, ya sabe que es el ego quien siente esas cosas –y no el Uno Mismo-, por tanto no debería seguirle el juego y no debería hacer suyas y tomárselas como propias las “agresiones” que llegan de fuera, y debería limitarse a ver cómo se altera, cómo busca guerra o venganza, y mirarle con compasión, con una sonrisa serena natural producto de observar su alteración tan pueril, tan inútil.

No ofende quien lo desea sino quien uno autoriza para que ofenda.

La ofensa es un ataque directo al orgullo, así que la reacción es un indicativo de cómo se encuentra éste, y si uno se siente muy alterado por las ofensas es un buen momento para bajarle los humos, un bueno momento para inyectarse modestia, para bajarse del pedestal y pisar tierra, para revisar el concepto de humildad y franqueza, y verificar si la opinión que uno tiene de sí mismo está por encima de las opiniones de los otros a las que llamamos ofensas.

Es bueno estar preparado para la posibilidad de recibir en alguna ocasión alguna ofensa y cuando suceda valorarla en su justa medida antes de permitir que la maldad de otro haga blanco y nos hunda.

Si nos quedamos mal con las ofensas ajenas, en las que su principal ingrediente es la intención de hacernos daño, estamos colaborando con el otro para que consiga su objetivo.

Si nos quedamos desafectados, sin convertirla en importante -porque por sí misma no tiene importancia- estaremos demostrando al ofensor que no ha logrado su objetivo y el pretendido daño se volverá contra él.

No sé por qué pero todo esto me lleva a acordarme de una frase: “No pretendas caerle bien a todo el mundo ya que ni siquiera el mismo Dios lo ha conseguido”.

Te dejo con tus reflexiones…

Fuente: Buscándome

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí