Descubrir mi mundo interior

EL YO COMO PLENITUD DE AMOR, DE GOZO, DE FELICIDAD

I. ALCANCE DE ANANDA – FELICIDAD SUPREMA

  Otra de las facetas centrales, fundamentales, del Yo superior, es lo que en Oriente se llama Ananda. Ananda quiere decir felicidad, el yo como plenitud. Así como en Occidente se habla más bien del amor como cualidad suprema, en Oriente se habla de felicidad como cualidad intrínseca de la espiritual. De hecho es lo mismo, porque al hablar de amor, se entiende que en Dios este amor es un estado beatífico, lo cual equivale a este concepto de Ananda.

  ¿Qué queremos significar al decir Ananda? No lo sabemos; todas las definiciones que nosotros hacemos sobre la naturaleza intrínseca de lo espiritual son sólo aproximaciones, aproximaciones ciertas, porque aunque no podamos mediante el testimonio verbal e incluso intelectual llegar a una evidencia, ciertamente estas cualidades responden en un grado u otro a nuestra experiencia; son cualidades reales, que ya existen. Lo que no seremos capaces de concebir, hasta que no lo podamos vivir experimentalmente, es el carácter total, permanente, absoluto de esta cualidad.

  Al decir Ananda, que es la naturaleza esencial de Atmán, de nuestro Yo central, queremos decir, por lo menos, todo lo que nosotros hemos vivido, todo lo que hemos intuido, todo lo que somos capaces de aspirar, anhelar, desear en el plano de amor, felicidad, plenitud, en el plano de gozo, alegría, bondad, belleza. Decir que el Yo superior es Ananda, ese gozo, esa felicidad, ese amor, esa plenitud, significa que todo cuanto nosotros relacionamos con nuestros estados placenteros, con cualquier forma y grado de amor, con cualquier forma y grado de gozo, de bienestar, todo eso procede únicamente de Atmán, de ese Yo central. Toda nuestra felicidad, en todas sus gamas, con independencia de las circunstancias, procede de nuestro centro único; son, como si dijéramos, avanzadillas que surgen de este centro, de este sol central, son un testimonio, una promesa de lo que hemos de llegar a vivir.

  Yo quisiera que aprendiéramos a relacionar todo cuanto de placentero vivimos, o esperamos y deseamos vivir, con su verdadero origen; que aprendiéramos a desconectar esta asociación que hemos hecho de todo ello con el mundo exterior. Todo placer, toda vivencia que tenemos de felicidad, en el grado que sea, solamente procede del YO central; solamente puede proceder de él, puesto que no hay nada que nos pueda dar ni un poco de felicidad. Lo único que nos puede dar felicidad es lo que es en sí felicidad, es decir, nuestro YO central.

III. NEUTRALIZAR LA TENDENCIA A BUSCAR ESTO EN UN OBJETO

  Todo cuanto vivimos de agradable, de bello, de bueno, lo vivimos por actualización pequeña, minúscula de nuestro YO central. Por lo tanto, hemos de aprender a referir todo lo que a nosotros nos gusta, todo lo que buscamos o deseamos, a este YO, no a unas personas, situaciones o elementos materiales, porque esto último es falso. La felicidad, el amor, la armonía interior y la plenitud únicamente nos pueden venir de dentro, porque están dentro. La felicidad es nuestra naturaleza, y no la gozamos directamente porque esperamos que esa felicidad nos venga dada por algo, porque estamos identificados con el mundo de nombres y de formas.

  Es como si nos hiciera falta cambiar por completo toda la polarización de nuestra vida subjetiva. Estamos viviendo siempre esperando del exterior, de las circunstancias, de las personas o bienes, para sentirnos felices, dichosos, plenos; estamos siempre pendientes de algo externo, porque tenemos la experiencia de que, ante ciertos hechos, gozamos por un tiempo de un estado de bienestar, de felicidad, de alegría, etc., y hemos asociado esto que sentimos con tal circunstancia exterior de modo que le atribuimos la felicidad.

La búsqueda en el exterior condiciona, limita

  Nosotros somos la felicidad, pero, como funcionamos a través de un espejismo mental, condicionamos nuestra aspiración a la felicidad a unas ideas, a unas condiciones determinadas. Eso que quiero, que siento, que anhelo exteriormente, esto que pugna por expresarse, pienso que lo viviré cuando trabaje de tal modo o en tal circunstancia, cuando encuentre las personas que me comprendan o me quieran, cuando llegue a tener suficiente patrimonio para hacer esto y lo otro, cuando sea reconocido como persona inteligente, buena, hábil o lo que sea (con lo que estamos poniendo siempre condiciones mentales).

  Nuestra vida es un aprendizaje para poder estructurarlo todo sobre unas condiciones mentales de las cuales quedamos prisioneros y, naturalmente, en la medida en que esta condición mental se cumple, se actualiza en mí la parte correspondiente que había condicionado a esta idea, pero tal actualización no depende en sí de la idea, sino que soy yo quien la he condicionado a ella. Sucede como en la superstición: la superstición es la creencia de que sólo determinadas circunstancias o requisitos permitirán que una cosa salga bien o mal y, gracias a esa convención que existe, a esa sugestión, a ese condicionamiento mental, si no puedo efectuar aquel pequeño rito, aquella pequeña maniobra, o si me suceden unas cosas que para mí son signos maléficos, entonces, me siento negativo respecto a aquello, y creo necesariamente que aquella cosa saldrá mal. Por el contrario, si me condiciono positivamente al efectuar el rito, al realizar aquellas condiciones que acepto, entonces siento que lo que he de llevar a cabo saldrá bien; es una pura convención mental.

  Podríamos aprender a funcionar bien, si actuáramos simplemente al margen de toda especulación, de toda ideación y dejásemos que la vida se expresara en nosotros de un modo pleno. Pero se da el caso de que desde pequeños estamos aprendiendo a aceptar una jerarquía de valores que nos indica que, para ser aceptados, hemos de ser personas que triunfen, que valgan mucho en esto o en lo otro, que hemos de ser de una manera y no de otra. De esta forma nos hemos estado condicionando. No digo que estos condicionamientos no tengan su razón de ser. Lo que afirmo es que nos hemos autolimitado, nos hemos condicionado totalmente a esto que nos ha dado la educación y esto nos priva de poder vivir de un modo directo lo que hay en nosotros, lo que YO soy por mí mismo y en mí mismo.

  Hemos de meditar con insistencia sobre esto para verlo claro. Cuando nos sentimos bien, felices, con alegría interior, hemos de examinar: ¿Qué pasa? Se trata de verlo; no sólo de teorizar, sino descubrir el mecanismo, porque entonces veremos que el que de repente yo me sienta feliz o desgraciado, el que me sienta lleno o me sienta vacío depende de unas ideas que son convencionales. Es absurdo que yo dependa de unas ideas para sentirme de un modo o de otro, como si yo fuera de esta manera y no de aquella, como si variara mi modo intrínseco de ser según las ideas. Recibo una noticia que es desagradable y me siento hundido, triste, sin solución; si a continuación me desmienten la noticia, me sucede lo contrario: me siento feliz, exaltado, eufórico, expansivo, afirmado, como el dueño del mundo. ¿Qué ha cambiado? Solamente han cambiado unas ideas, nada más. He estado teniendo todo el tiempo la capacidad de sentirme feliz y satisfecho, lo único que moviliza o bloquea esta capacidad son las convenciones mentales. Si analizamos toda la felicidad, todo el gozo, cualquier cosa positiva que vivimos, veremos que obedece siempre a este mecanismo: las ideas tienden a estimular o a negar, a dar luz verde o luz roja a algo que en todo momento está dentro. Hemos de aprender a descubrir esta fuente directa allí donde está. No esperemos nada de las cosas, nada de las personas, no lo esperemos, porque ni las personas ni las cosas nos pueden dar nada aunque quieran; las personas, en el mejor de los casos, responderán a unos deseos nuestros; pero ese amor, esa plenitud y alegría, esa felicidad, esa satisfacción interior solamente se movilizará en nosotros de dentro a afuera, porque en todo momento está ahí.

  Mientras me apoye en ideas para vivirme a mí mismo y me esté interpretando, en lugar de vivirme de un modo directo, siempre estaré pendiente de si la situación exterior confirma o niega estas ideas.

La expresión de dentro hacia fuera libera

  Sólo cuando descubra que YO soy y que esto que soy es algo que he de exteriorizar y actualizar a través de mi vida activa y de mi personalidad, que es de dentro a afuera que he de movilizar las cosas, que es un reconocimiento interior, inmediato, instantáneo que he de realizar de mí mismo como ser, como felicidad, como plenitud, y que nada exterior puede añadirme o quitarme ni un poco de lo que soy realmente, en la medida en que lo reconozca y lo vaya expresando, se irá actualizando a través de lo que llamo mi personalidad.

  Entonces la vida se convierte en algo evidentemente centrífugo. Mi vida es para expresar lo que Soy, lo que soy auténticamente, no sólo lo que soy a niveles del subconsciente, lo que está en mí retenido, sino a unos niveles genuinos, auténticos de mi propio YO. La vida es un medio para estar expresando, dando a cada instante. Cuando más doy, más Soy; cuanto más expreso, más crece en mí esto mismo que expreso. Esta es la ley del crecimiento de mi personalidad. Todo lo que puedo desarrollar ya está en mi interior, en el centro, donde se encuentra la fuente inagotable. Ahora bien, sólo existirá para mi conciencia personal, en la medida en que me obligue a expresarlo; y lo expresaré en la medida en que pueda reconocer intuitivamente que YO soy eso. En este mismo momento, toda la polarización de mi vida cambia, se convierte en una vida centrífuga, en una vida de comunicación, de exteriorización, de expresión. Darme a mí mismo, pero darme en ese sentido genuino, en ese sentido auténtico, porque cuando más me dé, más seré YO; y, cuanto más me dé y más sea, mejor estímulo seré para que otros lleguen a la realización de su propio YO.

III. ¿QUÉ ES EL AMOR?

  Estamos acostumbrados a pensar que el amor es una cualidad que depende siempre de alguien: el amor es algo que doy a alguien y que alguien me da a mí. Efectivamente, esto es así a un nivel de la personalidad en que aparece como si fuera una cosa transitiva, que se comunica, que se traslada del sujeto al objeto. Pero, pensemos que este amor es sólo una manifestación elemental de lo que es el verdadero Amor. El verdadero Amor es el estado de éxtasis de Ser, es la conciencia de plenitud de Ser del todo. El Ser, cuando se vive directamente, es un estado tan perfecto, tan total, tan único, tan simple, tan complejo, que se transforma en felicidad suprema. El Amor es esta conciencia subjetiva de realidad, de unidad, de simplicidad, de plenitud. Esto es el Amor. Sólo en el aspecto personal esta plenitud interior se desborda, se exterioriza en un grado menor; a esto es a lo que llamamos amor transitivo. Lo mismo ocurre exactamente con una flor: la flor no necesita dar su perfume a nadie, pero la naturaleza de la flor es que su perfume se irradie; por el mismo hecho de ser perfume, irradia perfume, pero no es que su función sea la de irradiar, es su misma naturaleza lo que hace que esta consecuencia sea inevitable. Y lo mismo vemos en el sol: su naturaleza consiste en ser luz y esta luz tiene su razón de ser en llenar el cielo de luz dando lugar a lo que llamamos día. Su naturaleza consiste en ser luz y esta luz tiene una razón de ser en sí misma, que es única y simple; lo que sucede es que esta razón de ser se manifiesta de un modo irradiante, pero no posee este carácter transitivo con el que se nos manifiesta. Igual pasa con el Amor: el Amor es la conciencia subjetiva de Ser, la felicidad de Ser del todo, y esto, inevitablemente, trasciende, se irradia. Todo lo que llamamos amor en nuestro mundo fenoménico, en el mundo de la personalidad, no son nada más que unos pequeños aspectos de esta irradiación del Amor que Es. De hecho, son muchas las personas que tienen problemas en este campo afectivo; podemos decir que un noventa por ciento de los problemas que tienen las personas en general provienen del hecho de no sentirse amados, de la frustración, de los fracasos afectivos, de los desengaños, de la soledad. Y son simplemente problemas de la personalidad. Lo que ocurre es que la persona está intentando vivir del exterior una cosa que ya es de un modo total en su centro. Estos problemas no existirían si la persona tomara conciencia de que el Amor es algo de su propia naturaleza, que es un Amor cuyo papel es el de irradiar, y no el de recibir.

El amor genera amor

  Cuanto más amor demos, más amor viviremos, y cuanto más amor demos y vivamos, en este sentido activo, paradójicamente, más amor nos devolverá el mundo, aunque esta segunda matización sea secundaria. Hemos de aprender a vivir lo que somos, a amar no proyectándonos en alguien, sino porque nuestra naturaleza es ser amor, ser feliz, aunque las circunstancias no favorezcan nuestros deseos, porque nuestra felicidad es algo que Es intrínsecamente. Por tanto, dejemos la puerta abierta para que lo que está en el centro salga y se irradie. Nada ni nadie nos podrá quitar o disminuir esa plenitud, ese amor, esa felicidad, ese gozo, esa alegría. Es algo semejante a lo que sucede con la belleza: podemos ir a institutos de belleza, o hacer todo tipo de arreglos en los vestidos, peinados, etc.; sin embargo, la belleza solamente puede salir de dentro. Somos belleza y hay que dar salida a esa belleza que somos. En la medida en que lo consigamos, se expresará en nosotros armonía y belleza, aunque desde un punto de vista geométrico, desde un punto de vista de formas, esta belleza no encaje con los esquemas estéticos de una época, de un momento dado. Habrá una belleza –aunque nuestros rasgos físicos sean desastrosos- que tendrá un valor mucho más considerable y que todo el mundo percibirá; es una belleza que, a medida que transcurra el tiempo, crecerá, pues no depende de nada. Nadie nos puede dar esa belleza; en cambio, sí que podemos hacer que esta belleza crezca más y más, viviéndola y expresándola.

IV. CARACTERÍSTICAS DEL AMOR SUPERIOR

  Para todos es de suma importancia llegar a realizar esta naturaleza central del Amor, del Bien y de la Armonía, ya que los mayores problemas que tenemos se generan ahí. Cuando uno aprende a vivir el amor de un modo sumamente expresivo –no de un modo centrípeto, sino centrífugo- toda nuestra personalidad se integra.

Valor unificador

  El Amor tiene un poder de integración; ésta es una de sus grandes características. Tiene un poder de difusión, tiende a fundir en un solo elemento lo que era diverso y múltiple; el Amor tiene un efecto sintetizador. Además, fortalece por ser una energía formidable. Con esto no nos estamos refiriendo al amor apasionado, al amor vital. El Amor, cuanto más desde arriba se vive, es una energía dulce, suave, pero con un poder transformante enorme; es algo que penetra hasta lo más hondo, que transforma desde la raíz, que se mueve desde nuestra misma base y nos hace despertar del sueño profundo. Por eso, el amor, en este sentido auténtico, tiene un poder extraordinario; es una fuerza que no es detenida por nada, absolutamente por nada, ni por la fuerza vital, ni por la fuerza mental. No hay nada que detenga esa fuerza de penetración, de plenitud de Ser, cuando está actualizada.

  Si ya hemos hablado de que el noventa o noventa y cinco por ciento de los problemas que tenemos son problemas de la afectividad, podemos comprender cómo el hecho de ejercitar, de reconocer y dar, de abrir la puerta para que el Amor se exprese en todo momento a través nuestro, es algo que soluciona, que elimina de raíz nuestros problemas de autocompensación, de sentirnos víctimas o mártires. Todo esto desaparece y vemos que es algo absurdo, pues nos estamos quejando como niños que no comprenden nada de lo que les está ocurriendo. Hemos de descubrir el Amor en nosotros y le hemos de dar paso; no es algo que demos a alguien como un favor, sino que, por el contrario, las personas son la ocasión para ejercitar nuestro amor. Es gracias a las personas que yo puedo ser cada vez más YO. Por tanto, soy yo quien ha de estar agradecido por el hecho de poder expresar afecto, por poder sentir amor por alguien o por algo, ya que soy el primero beneficiado de todo el auténtico amor que pueda expresar y sentir. Así, pues, expresar Amor es un poder maravilloso. Únicamente esto es lo que nos hace desarrollarnos, lo que nos llena, lo que nos hace sentir de veras.

Valor iluminador

  El Amor tiene un poder iluminador. Hemos hablado de un poder de unión, de fusión, de síntesis, fortalecedor. Ahora añadimos que el Amor tiene un poder iluminador, porque, curiosamente, cuando se ama de este modo todo se ve claro. Hablamos del Amor auténtico, no del amor exaltado de la vitalidad, de la emotividad, sino del Amor profundo que nos proporciona serenidad y visión, amplitud, calma interior. Nos aclara tanto lo interior como lo exterior. No desarrolla en sí la inteligencia, pero hace que lo que tenemos funcione con mayor perfección y, a la larga, llega incluso a producir una mejora afectiva en nuestra inteligencia, ya que el Amor produce en nosotros el despertar de una nueva intuición, una intuición característica de este Amor; intuición mental que es distinta de la intuición que se produce cuando se trabaja la realidad de la mente. Por lo tanto, incluso en este aspecto mental, el Amor es algo sumamente eficiente.

Valor purificador

  El Amor es también un elemento purificador. Hemos dicho en diversas ocasiones que nosotros tenemos dentro miedos, sentimientos de culpabilidad, hábitos, ambiciones, diversos contenidos negativos que hemos reprimido, porque nuestra sociedad prohíbe su expresión. Hemos visto cómo ello interfiere en nuestra posibilidad de ser auténticos, se interfiere en nuestra posibilidad de vivir con plenitud. Pues bien, el Amor posee un efecto purificador; a medida que se va manteniendo y expresando, va quemando todos esos elementos energéticos de tipo elemental y al mismo tiempo los va sublimando. Ya conocemos que sublimar consiste en el paso de un cuerpo del estado sólido al gaseoso directamente; es la transformación en un estado más sutil. Esto es lo que hace realmente el Amor.

  Es evidente que, cuando uno quiere vivir el amor de esta manera, tropieza con hábitos, con miedos, con toda esa cantidad de escombros que hay en nuestro subconsciente; esto produce crisis en la transformación y evolución de ese amor; lleva a momentos en los que uno se siente incapaz de amar de esta manera, en los que uno convierte el amor en una exigencia, en algo egocentrado, momentos en los que el verdadero Amor ni se siente. Uno ha de tener suficiente visión par entender que no se puede desarrollar una actitud nueva sin esfuerzo, sin ejercitamiento constante; esto sucede con cualquiera de nuestras facultades. Por lo tanto, el desarrollo, la actualización en nosotros, de este Amor pasará por altibajos, por una serie de resistencias que hemos de poder superar sin alterarnos, sin dramatizar.

V. DISTINCIÓN ENTRE EL AMOR DEL ALMA Y EL AMOR DE LA PERSONALIDAD

  ¿Cómo podemos reconocer cuándo es auténtico el amor? El Amor siempre es auténtico, porque incluso el más egoísta, el más pasional, siempre procede del único Amor, siempre es una chispa que surge del mismo fuego central. Por lo tanto, todo amor es auténtico. El problema reside, únicamente, en ver si vivimos el amor desde un nivel de la personalidad –a un nivel vital, emocional, o mental- o desde un nivel del alma.

  Todo lo que se expresa a través de la personalidad tiene siempre una naturaleza egocentrada, busca siempre la afirmación personal, la satisfacción, la seguridad, tiene una tendencia posesiva y acumulativa; esta es la ley de la personalidad; por lo tanto, es natural que así sea. No hemos de pretender no ser así; somos así; lo que sucede es que hemos de aprender, paralelamente, a tomar conciencia, para que se exprese este Amor, del que venimos hablando, a ese nivel superior; es el mismo amor, sólo que, al pasar a través de niveles inferiores, adquiere una dirección distinta, como la luz que se desvía al refractase. Y, aunque la fuente es la misma, la forma que adopta es distinta.

  Hemos de aprender a distinguir el Amor genuino del alma, que tiene de por sí una naturaleza afirmativa, irradiante, luminosa, liberadora, de lo que es el amor vivido a través de la personalidad, que tiene una naturaleza posesiva, acumulativa, de querer retener, de querer asegurarse a través de la posesión.

  Ciertamente, hemos de amar a nivel personal, pues no somos espíritus puros. Nuestra personalidad ha de vivir y expresarse según nuestra naturaleza; el que sintamos necesidad de afecto, de seguridad afectiva, es natural. Pero hemos de distinguir entre esto y el Amor en su nivel original, el Amor con mayúscula. Cuanto más cultivemos el Amor a nivel del alma, cuanto más nos abramos a ese Amor, plenitud y gozo, menos estaremos supeditados a las leyes egocentradas de la personalidad; es por ello por lo que el amor superior es liberador: porque satisface más, porque llena y libera, en el sentido de no dependencia, de lo otro. Pero, si no vivo el Amor a ese nivel del alma, no podré prescindir de mi vitalidad, de mi emotividad personal, de mis ideas. Pretender que una persona actúe de modo altruista, si no vive el Amor a ese nivel superior, es absurdo. En la medida que eso se entiende, se intuye, se ejercita, en la medida en que uno se abre al Amor, uno descubrirá con sorpresa que va quedando más emancipado de las tensiones personales, de las circunstancias de la vida diaria, que éstas no le afectan, no le hieren, que no necesita tanto depender de los demás.

  Esto mismo que decimos del Amor podemos decirlo de la alegría, del gozo. Cuanto más aprendamos a intuir este gozo y darle expresión, más crecerá en nosotros, más se actualizará, más viviremos su auténtica naturaleza. Sólo es el yo personal el que se pone triste, el que tiene problemas; sólo es nuestro yo-idea el que se enfada, el que protesta, el que tiene conflictos; sólo es de las nubes para abajo donde hay truenos y tempestades, pues por encima de las nubes hay sol y paz.

VI. LA BASE DE NUESTRO TRABAJO

  Aprender a vivir cada cosa en su propio nivel: esta es la base de nuestro trabajo. Somos este nivel superior, no pedimos nada que no se pueda realizar; estamos pidiendo que aprendamos a reconocernos, a descubrirnos y a vivirnos más; a reconocer esa aspiración que hay en nosotros de alegría, de libertad, de plenitud, de amor completo; aprender a ver eso que llevamos todos internamente; aprender a sentirlo. Cuanto más lo miremos, cuanto más nos abramos a ello, más se expresará, pues ya está en nosotros. Estamos hablando de algo de lo que todos tenemos testimonios; lo que sucede es que nunca lo hemos ejercitado. Nuestra mente vive tan apegada a lo sensorial y, a través de lo sensorial, a lo sensual, que, aunque hemos vivido en algunos momentos esta potencia interna, nos parece que todo ello forma parte de una especie de mundo ideal, apto sólo para soñadores y poetas. Y no es así, sino que está al alcance de todos; lo único necesario es que lo reconozcamos y lo vivamos. No nos hemos de quejar de la vida ni lamentarnos de las personas, ya que lo que estamos buscando a través de ellas, de las circunstancias, lo somos ya; está ahí, está esperando sólo que le prestemos atención y que permitamos que se exprese.

  Este es el secreto de toda realización: no hemos de llegar a nada, sino que simplemente hemos de ver y de abrir, hemos de dejar que el Amor se exprese y que el gozo y la alegría se manifiesten. Mas para hacer esto he de estar atento a ello. Este es el ejercicio, en esto consiste el trabajo. Primero podemos realizarlo en momentos aislados, excepcionales; después hemos de intentar ponerlo en práctica más y más en nuestra vida diaria, junto con lo personal; de este modo, nuestra personalidad se convierte poco a poco en lo que está destinada a ser: en un vehículo de transmisión, de encarnación de lo que es espiritual, de modo que pueda, a través del mundo vital, afectivo y mental, dar paso y forma a lo que es la Luz y el Amor, a lo que es gozo de Ser y la esencia de vivir; que lo pueda encarnar, pues esta encarnación se traduce siempre en transformación, en redención. Redención significa hacer limpieza, elevar la conciencia de lo otro y de los otros. La redención no consiste en perdonar unas cosas, sino en iluminar una conciencia que estaba oscura, significa redimir de la ignorancia, de lo que es oscuro, para que pueda vivir aquello que Es, la Luz, la verdadera vida, la verdadera forma del ser espiritual. A esto es a lo que estamos todos destinados, a servir de vehículo, primeramente para vivirlo en nosotros y, luego, para irradiarlo a los demás, colaborando así a un trabajo conjunto de redención o de evolución. Redención de la conciencia y evolución de la vida es exactamente lo mismo.