Descubrir mi mundo interior

El Espejo

Es casi seguro que todos los días, por lo menos una vez, nos miramos al espejo.

 Nos miramos, ¿pero en realidad nos vemos? ¿Nos tomamos el tiempo y la molestia de mirarnos a los ojos, profundamente, para tratar de percibir qué es lo que hay en el fondo de ellos? ¿Qué es lo que nos transmiten?

¿Sabemos realmente el colorido que tienen en ese momento? ¿Están expresando curiosidad, alegría, bronca o temor? ¿Qué es lo que hace que todos tengamos ojos diferentes, no solamente en cuanto a color, forma, etc.?

Creo que ha llegado el momento en que realmente nos tenemos que mirar a los ojos, no solamente en la forma que utilizamos en la vida cotidiana, sino con todo nuestro corazón, tratando de mirar hacia adentro para descubrir nuestro Ser Interior, ese Ser de Luz al que hemos olvidado durante tanto tiempo.

Para conocer nuevamente a ese Ser, tendremos que mirarlo con los ojos del corazón. Al principio veremos un cuerpo físico, pero debemos penetrar más allá de la forma física, más allá de los ojos físicos, y dentro de ellos, a través de la energía que fluye por la mirada, reconoceremos a ese Ser como el antiguo compañero milenario. El amigo eterno que nos ama profundamente y sin condiciones. Un ser que nunca nos ha abandonado, aunque nosotros nos hayamos olvidado de su presencia.

Cuando nos miramos en el espejo, cada día, por detrás de nuestros ojos físicos, ese eterno Amigo nos mira con infinito amor y sin juzgar. Aprendamos a reencontrarlo cada vez que nos encontremos, en el espejo, con el reflejo de nuestros propios ojos. 

 Imagínense mirándose al espejo. ¿Quién es esa persona? Mentalmente mírenle a los ojos tan profundamente como si fuesen los ojos de una persona amada o de un Maestro. Reconozcan a ese Ser.

¿Qué están viendo? ¿Qué expresión existe en sus ojos? ¿Hay tristeza en ellos? Preguntémonos mentalmente como si la imagen que vemos en el espejo fuese de otra persona: “¿Quién eres tú?” Sientan la respuesta en su propio corazón. Abramos nuestra alma y contemplémosla. Este Ser nos va a contar la historia de nuestra vida. Acompañémoslo.

 Tratemos de desidentificarnos de nuestro cuerpo y personalidad para poder discernir, con la mente y los ojos del corazón, vivencialmente, quién es esa persona. ¿Cuáles son sus temores y ansias? Osemos penetrar en la intimidad de esa persona para ver la inocencia, la timidez y la vulnerabilidad del ser que vive en nuestro interior. Poco a poco, notaremos que ese rostro se transforma, a veces se endurece, otras se ablanda… A veces hombre, otras mujer… A veces feo, otras bonito…

 Tomemos conciencia de nuestros sentimientos a medida que contemplamos ese rostro. Agudicemos nuestra percepción más allá de nuestras proyecciones. Entremos en contacto con él, conociéndolo, honrándolo. Sintamos la gloria, el júbilo de volver a unirnos con esa parte tan profunda de nuestro ser. Digamos interiormente: “Bienvenido a mi vida, a mi conciencia”.

 Ese ser nos ama más de lo que cualquier persona jamás podrá amarnos. Todo lo que hemos buscado o buscamos fuera de nosotros mismos lo vamos a encontrar en esos ojos que alcanzan lo más profundo del corazón. Descubramos la dignidad, la grandeza, la paz y la luz que irradian esos ojos.

 Debemos permitirnos sentir la emoción de ese encuentro esencial, el lujo de esa emoción tan profunda. Acerquémonos más y más a él. Tratemos e mirar a través de esos ojos, el mirar de ese Ser tan perfecto que vive en nosotros, ese Ser Crístico que somos nosotros. Sintámosnos desnudos ante los ojos de ese Ser que todo lo ve y todo lo comprende amorosamente. Sintamos la emoción y la paz, la armonía y la plenitud. Ahí está nuestra otra mitad… sintámonos completos.

 A medida que contemplemos los ojos tan bellos con la visión del corazón, no de la mente, percibiremos que ese rostro comenzará a convertirse en un rostro de luz. Todo nuestro físico empezará a irradiar luz.

Ese Ser Crístico, esa esencia que contemplamos, vive dentro nuestro y se manifiesta con una voz muy sutil, un sonido tan suave que casi nunca conseguimos escucharlo, porque los ruidos de las ilusiones, los temores y la agitación de la vida cotidiana no nos lo permiten.

Contemplemos a ese Ser Crístico dentro de nuestro cuerpo y unámonos a él, disolviéndonos en él. Pidámosle que nos guíe y nos ayude, que ilumine nuestra mente, nuestro cerebro, con su sabiduría, entendimiento e inteligencia superior, y que nos ayude a entender el por qué de esta vida.

 Ahora sentiremos nuestro cuerpo físico iluminado por entero, la aceleración de esa energía que vive dentro nuestro, en las dimensiones más altas del Ser. Nuestro cerebro se ilumina con una luz dorada de alta frecuencia, abriendo las compuertas del entendimiento y de la percepción superior, permitiéndonos contemplar ese mismo Ser Crístico en las demás personas.