Descubrir mi mundo interior

EL YO CENTRAL

  Para poder tener un control de la autoexpresión es preciso un conocimiento de sus mecanismos, ser conscientes de su funcionamiento. Es por ello, por lo que pasamos a analizar en qué consiste y dónde surge nuestro campo de conciencia.

  Hay muchas personas que al hablar del Yo central, del Yo superior, del Yo espiritual, denotan poseer una idea muy confusa y vaga. No es que podamos criticarlas, pues nadie puede tener una idea clara de lo que es el Yo espiritual ya que está más allá de toda idea. Pero, entre tener una idea confusa y tener una idea mínimamente clara de lo que nuestra intuición nos indica sobre el Yo, va una gran diferencia.

  ¿Por qué es tan importante realizar el YO? Porque ese Yo es lo único real, lo único auténticamente real que hay en nosotros, porque el YO es lo único que da entidad a todo lo que vemos, a todo lo que percibimos, a todos los valores que observamos en todo cuanto existe. Porque este Yo es la fuente de todo lo que constituye la vida, hasta en sus más mínimos detalles. Es, realmente, la esencia de nuestra verdad, de nuestra realidad y, sólo realizando este YO podemos encontrar la solución a todos los problemas y dificultades.

I. NUESTRO CAMPO DE CONCIENCIA

  Este YO será una realidad para mí cuando se actualice en mi campo de conciencia. Nosotros vivimos todo aquello de lo que nos damos cuenta. Nuestra vida está compuesta de percepciones y de fenómenos de conciencia. Toda mi vida no es nada más que un gran campo de conciencia, un campo constituido por todas las cosas y aspectos que percibimos. Esto es lo que nos permite darnos cuenta, ser conscientes de todo lo que vivimos.

Conciencia interna

  Nuestra conciencia abarca dos planos: un plano interior y un plano exterior. A través del plano interior somos conscientes de nosotros mismos; tengo la percepción de mi propia energía vital, de mis procesos fisiológicos; me doy cuenta de unos sentimientos, de unos estados de ánimo, de unas nociones de gusto-disgusto, de atracción-repulsión; tengo unas ideas que me he formado sobre mí mismo. El conjunto de todas esas cosas es mi conciencia, mi noción del YO, la noción que me he formado de mí. Toda noción, conocimiento o experiencia que tengo de mí vienen dados por esas percepciones, sean de tipo vital, afectivo o mental.

Conciencia externa

  Nuestra conciencia tiene otro plano a través del cual percibimos lo que llamamos exterior y que constituye parte de nuestro campo de experiencia. Ese exterior aparece como algo muy rico, grande, variado, que, en resumidas cuentas, no deja de estar constituido nada más que por una serie de fenómenos que percibimos a través de los sentidos. En esa gama tan amplia del mundo exterior vemos que existen unos aspectos constituidos por formas, por ejemplo: personas, cosas, naturaleza, que no son sólo formas, puesto que tienen un sentido, una intencionalidad, un significado; por otra parte se encuentra el mundo exterior, como simples significados: las ideas, el patrimonio cultural, etc.; y, por último, el mundo exterior como potencia, como fuerza, como energía. Todo esto despierta nuestra valoración, provocando el rechazo o la atracción, según los casos. Pero observemos que todo ello sólo existe para nosotros en la medida que somos conscientes de él. Lo que hay en el campo de la conciencia es lo único que conocemos, que experimentamos.

  En Oriente se dice que todo elemento exterior que captamos por los sentidos consta de nombre y forma –lo que ellos denominan namarupa-: formas son las cosas que percibimos por los sentidos; y nombres corresponde a los conceptos o abstracciones hechas a partir de los datos recibidos por los sentidos.

  Sin embargo, nosotros creemos que hay un mundo ahí fuera con una vida propia, cuyos componentes y funcionamientos conocemos. Esto es falso. Lo conocemos sólo en la medida que ya es vida nuestra, en que está incorporado, aprehendido, y sólo eso es lo que conocemos. Podemos atribuir, teorizar, pero lo único que realmente conocemos es aquello que está en nosotros a través de los sentidos, aunque lo atribuyamos al exterior. Esto quiere decir que todas las ideas que podamos tener sobre los espacios infinitos, sobre el universo, todas las cosas con sus maravillosas cualidades, toda la potencia cósmica, o potencia de la tierra, en fin, todo lo que podamos percibir del exterior, existe sólo en la medida en que lo hemos percibido, y esta percepción es un fenómeno interno que no podría existir si no se produjera en mí un reconocimiento de la cosa percibida. Lo que yo percibo no es la cosa, sino mi propia respuesta al estímulo. Mi conciencia funciona de manera que sólo conozco la cosa cuando me pronuncio sobre ella. Si sólo tengo una percepción puramente sensorial sobre la que mi mente no actúa, no seré consciente de lo que percibo. Cuando mi conciencia se pronuncia sobre aquello, catalogándolo con unas cualidades o características, es cuando llego a conocerlo. Por lo tanto, todo conocimiento que tenemos, toda experiencia, sea del mundo exterior o del mundo interior, es el resultado de nuestra respuesta, el resultado de algo que se desencadena desde dentro de la conciencia, de nuestra acción sobre aquel estímulo que se ha presentado. Cuando, por ejemplo, una montaña me despierta un sentido de majestad, de grandiosidad, de fuerza inamovible, de potencia, porque la veo frente a mí, porque la puedo tocar, etc., todas esas impresiones y valoraciones acerca de la montaña son sólo respuestas mías ante un fenómeno de conciencia; el sentido de grandeza, de solidez, de majestad, son por entero una respuesta mía. Si en mi interior no se hubiera producido la respuesta, aquello no tendría ningún significado, ningún valor para mí.

III. EL YO CENTRAL COMO FUENTE

  Todo cuanto vivimos, en todos los aspectos, son fenómenos de conciencia, y esos fenómenos de conciencia son expresiones del YO. El YO es la fuente, la causa, de todo lo que pueda poseer en mi conciencia. La conciencia es un fenómeno que se actualiza en mí. Ante un fenómeno de conciencia, que llamo exterior, se produce en mí otro fenómeno de conciencia interior; esto es lo que me lleva a afirmar que aquello ES. Toda nuestra vida sólo es conciencia, y todo cuanto existe o pueda llegar a existir en esa conciencia, es expresión de lo que hay en su centro, en ese YO central. Todo valor, toda cualidad que podamos conocer, desde la más superior a la más elemental, toda sensación posible, toda la potencia que puedo llegar a desarrollar, así como toda la felicidad y sabiduría, no son nada más que una expresión del YO.

  Si se reflexiona sobre ello, comprenderemos claramente cómo todos los problemas que podamos tener son problemas puramente de nuestra conciencia, y cómo la solución de los mismos se encuentra en el trabajo que desarrolla y actualiza esa conciencia. Todo crecimiento, todo desarrollo posible, se produce en nuestra conciencia, y sólo puede surgir del centro del YO. Por eso, tratar de realizar el YO, equivale a realizar todo lo que nosotros necesitamos, todo lo que podemos desear y aspirar en todos los aspectos; desde lo más espiritual hasta lo más material existe en nosotros como fenómeno de conciencia: lo más material (la propiedad, el dinero) sólo son fenómenos de conciencia; las cosas más elementales (la salud, el cuerpo) existen sólo como fenómenos de conciencia.

  Realizar el YO es realizar la causa que mueve todos estos fenómenos. Significa entrar en la posesión de todas las cualidades, de todos los estados más elevados, de todo conocimiento e intuición. Por eso, realizar el YO no es realizar algo, un punto en nosotros, solamente por afán de ser auténticos, más reales. Realizar el YO es encontrar la verdad, la realidad, el bien el único bien para nosotros posible, la única realidad, el único conocimiento posible para nosotros.

Yo personal y Yo superior

  Mas, para seguir ampliando este trabajo de realización, hay que distinguir, en primer lugar, entre esto que llamamos YO espiritual o YO central y eso a lo que nosotros solemos dar el nombre de “yo”, Nos hemos acostumbrado a dar este nombre a un pequeño sector de contenidos de conciencia, a la representación mental que nos hemos formado de unas percepciones que nos vienen del cuerpo, así como a una serie de sentimientos, deseos e ideas que nos formamos sobre nuestro pasado, presente y futuro; al conjunto de estos elementos le llamamos “yo”. Dichas ideas van conectadas con mis deseos, conocimientos y experiencias. Mas este yo no es más que un pequeño instrumento temporal, superficial, que abarca una minúscula fracción de nuestra realidad, y aun esa minúscula fracción está distorsionada, ya que, a través de aquello que llamo “yo”, pretendemos vivir toda la riqueza que intuimos que posee. Pero nunca podré vivirla desde este YO superficial, sino desde el YO central. Las susceptibilidades, la falta de fortaleza, la tendenciosidad, etc., del YO superficial, son debidas a este papel falso que le hacemos realizar. Porque estamos conociendo parcialmente, vivimos en este error que nos afecta de una forma negativa, ya que, gracias a él, creemos ser este pequeño yo, cuando realmente somos todo un caudal de riqueza que existe en nuestro interior. De este modo, tratamos de buscar para este yo unas compensaciones, unas satisfacciones, que sólo nos pueden venir de dentro.

III. LOS OBSTÁCULOS QUE HAY QUE SUPERAR

Identificación con el Yo-idea

  Lo primero que hay que conseguir para poder llegar a esa realización auténtica de nosotros mismos es saber descubrir en nosotros ese pequeño yo al que llamamos “fulanito de tal”, que estamos manejando constantemente, para darnos cuenta que sólo es un personaje funcional, de emergencia, que está cambiando de una forma continua, que no tiene ninguna substancialidad en sí. Todo valor que este yo personal posee le está viniendo de dentro, del verdadero ser que somos. No negamos las características positivas que tiene, pero todas ellas no son propias del yo personal, del yo de superficie, sino que le viene del inmenso patrimonio interno. Este yo personal es una delimitación de nuestra mente: “Yo soy eso y no otra cosa”, “yo soy hasta aquí y no más allá”. Está formado de deseos, de ideas y de temores. Y es esta idea que tenemos de nosotros el obstáculo más importante que existe para llegar a descubrir nuestra verdadera realidad.

Miedo de aceptar la inmensa realidad del Ser central

  Parece un absurdo el que tengamos que descubrir nuestra realidad, parece una contraindicación de términos, y ciertamente lo es, ya que esta realidad profunda que somos, lo único que es conciencia. Pero sucede como si por encima de esta conciencia de ser amplia, profunda e inmensa se hubiera superpuesta una conciencia más pequeña, la del yo personal.

  ¿Por qué no descorremos este velo que nos cubre? Ocurre como cuando vemos la posibilidad de que nos acontezca un bien grande, inesperado; la mayoría de las veces, tememos aceptar tal posibilidad por miedo al desengaño, a la desilusión que nos inundaría, si aquello fuera falso; dicho temor nos hace encogernos, mantenernos aparte, no gozando, no atreviéndonos a aceptar que si yo realmente tengo aquello, aquello es mío. Algo parecido ocurre con este YO profundo. Existe de una manera actual, presente, en nosotros, pero tenemos miedo de aceptarlo. Por eso nos hemos conformado con unas ideas parciales. Se convierte sólo en un deseo, en una aspiración, en una noción de posibilidad, pero tenemos miedo de aceptar que eso sea nuestra Realidad.

Vencer los hábitos de actitud y de conducta

  Hemos de superar la inercia de funcionar según costumbre, de funcionar con unas ideas, con unas actitudes, en fin, de un modo determinado que nos mantiene cerrados en nuestro movimiento, dentro de fórmulas rígidas y pequeñas. Despertemos en cada momento lo que es auténtico dentro de nosotros. Que nuestros actos no sean puramente energía, sino que, sobre todo, tengan verdadera vida.

IV. MEDIOS PARA CONSEGUIR ESTA REALIZACIÓN

Reconocimiento discriminativo

  Todas las cosas pueden tener una realidad fuera de sí, pero si yo las percibo es porque se produce en mí el sentimiento, la respuesta, por la cual yo digo: sí, esto es así. Podemos intuir (ya que lo que ha de funcionar en este campo es la intuición), que el trabajo de realización del YO es el trabajo central de nuestra vida, lo único que tiene sentido, lo único que puede dar sentido, pero a condición de que distingamos claramente entre el yo de superficie –ese pequeño personaje que tiene unos nombres y unos apellidos, que hace de jefe, de padre, de lo que sea- y el verdadero Ser profundo, que es quien alimenta a este personaje, así como a todo lo demás. Cuando hablamos del YO con mayúsculas, nos referimos siempre a este Yo central.

  Esta es la realización que buscamos, no aquella que puede ser muy importante a nivel personal: ser muy sabio, muy listo, muy considerado, etc. Si esto viene, que venga, mas no es lo que nos va a solucionar los verdaderos problemas. Se solucionarán cuando pueda vivir lo que SOY, cuando tenga una conciencia actual, permanente, de esta potencia, de esta felicidad, de este amor, que son mi propio patrimonio, mi propia naturaleza. Todos los demás fenómenos que voy viviendo no son nada más que pequeñas chispas, limitadas manifestaciones de este YO. Esto es, exactamente, lo que queremos realizar cuando nos planteamos la pregunta: ¿Quién soy yo? Cuando sentimos conscientemente la resonancia que acompaña a la palabra “yo”, estamos yendo por ese camino de búsqueda de la realidad profunda.

  Continuamente estamos hinchando nuestra vanidad, nuestra autoestimación, que son patrimonios del yo personal, del yo de superficie. Esta conducta es constitutiva de su naturaleza, porque, precisamente, al tener un campo de visión, de conocimiento tan restringido, sueña con ser más. Pero, en la medida que uno trabajo en esta dirección, ahondando para captar, de un modo más inmediato y experimental, la verdadera potencia, la verdadera verdad, amor y felicidad, deja de soñar, puesto que hacerlo carece de sentido. La actitud de orgullo, de vanidad, se desintegra, así como todos los problemas que únicamente provienen del yo pequeño, que quiere jugar a ser grande.

  Si esto se ve, resultará claro cómo, por un lado, hemos de trabajar, tratando de intuir, de un modo más permanente, ese amor que me hace amar, esa inteligencia que me hace comprender, toda esa fuerza.

Aprender a SER desde el fondo

  He de saber utilizar el mundo concreto, las ideas, todo. El problema radica en que, ahora, sólo estoy pendiente de las formas concretas de mi inteligencia, de mi afectividad, de mi cuerpo. He de aprender a estar centrado en esa inteligencia, amor y fuerza, y no en lo que son problemas últimos, acabados de estas funciones; que aprenda a centrarme en la fuerza de esta inteligencia, en la fuerza que hay en mí detrás de esas ideas, en la verdadera intuición que hay de conocimiento, o de felicidad, detrás de mis pequeñas emociones de superficie. He de aprender a Ser desde el fondo.

Expresar el SER, a pesar de la resistencia

  He de permitir que este Ser se exprese y lo haga más allá de las barreras, de las condiciones, de los hábitos, que tiene nuestro yo-idea; nos hemos de obligar a que salga. Sólo obligándole a que se exprese, lo descubriremos; descubriremos eso que hay en nosotros, permitiremos que crezca y que se fortalezca. Tomaremos una conciencia real, clara, experimental de esa potencia y todo ello nos acercará más y más a la fuente.

  Para ello, hemos de saber asumir el riesgo de expresar cosas que van más allá de nuestra costumbre, de nuestra actitud habitual. He de poder aceptar algo que está por encima de las ideas que tenía de mí, así como las implicaciones reales del Yo Soy. Si no lo hacemos, es por miedo. Hay que obligarse a expresar, presionar para que nuestro yo-idea se calle. Hemos de dar nacimiento a lo que es auténtico en nosotros.

V. LA REALIZACIÓN ESTÁ EN NOSOTROS

  De hecho no se trata de que nosotros nos realicemos, sino que hemos de permitir a esa realización que ya existe que se exprese a través nuestro. Necesitamos para ello ser sencillos, ser simples, dejar que lo que existe salga. Cuanto más quiero hacer, conseguir, realizar personalmente, más estoy levantando una barrera mental que impide que eso se manifieste. La realización siempre es un proceso que va de dentro a fuera. Nosotros no realizamos el YO; es el YO quien se realiza en nosotros. No hemos crecido por nosotros mismos, es el crecimiento quien nos ha empujado. No somos nosotros quienes vivimos, sino que es la vida quien nos proporciona la fuerza para vivir. El proceso siempre sigue esta dirección, es nuestro yo personal quien tiene la pretensión de manejar, de ser el dueño, de querer hacer y deshacer. El Yo central, esa plenitud, ya está ahí, en nosotros. Eso es lo que somos, esa plenitud.

  El yo personal se mueve por la ley de autoafirmación. El Yo profundo ES. Para que el Yo profundo se exprese, el yo personal ha de estar silencioso, se ha de ir disolviendo, mas eso sólo se consigue mediante la verdadera simplicidad. Detrás de ella surgirá nuestra verdadera fuerza y conocimiento, nuestra total capacidad de acción. Ahora, en cambio, quiero ser yo, personalmente, quien actúe. Este pequeño yo está obstruyendo, con su minúscula porción de energía y de inteligencia, todo el torrente de fuerza, de conocimiento y de felicidad que existe en nosotros.

  Entendamos esto. Necesitaremos mirarlo muchas veces para verlo claro, para que nuestra mente rechace la idea de querer apoyarse en ser alguien, de un modo meramente personal. Todas las cosas grandes que han sido hechas, han surgido a través de las personas, pero nunca ha sido la persona, en tanto que fulanito de tal, quien las ha realizado. Toda persona que ha ejecutado algo importante en la historia de la humanidad manifiesta que el hecho se ha producido a través de ella, que le ha venido el impulso de hacer, que le ha venido la idea, es algo con que se encuentra, algo que aparece, que no lo ha fabricado ella de arriba abajo, que no es un producto del yo personal. En todo caso el yo personal pone ahí su sello deformando lo que hay de genialidad, pero todas las creaciones, las grandes obras, sean instituciones, obras de arte, descubrimientos científicos, son obras que vienen, que se producen a través de la persona, pero nunca es el yo personal quien las fabrica. Esto nos tenía que dar testimonio de que no es el yo personal quien hace ni deja de hacer nada importante. En nosotros mismos descubrimos esta experiencia, aunque luego nuestro yo personal se haya apropiado el resultado. Me ha venido una idea y entonces digo: “yo pienso”; pero en realidad no he sido yo quien ha pensado la idea, personalmente. Si somos un poco sinceros en nuestra autoobservación, veremos que esto funciona así y funcionaría muchísimo más si nosotros abriéramos la puerta. La expresión es uno de los medios para que esto se produzca.

  En la expresión yo he de aprender a dejar salir de mí aquello. Si hay en mí un sentimiento de alegría, dejar que ese sentimiento se exprese y, si yo expreso verdaderamente alegría, me daré cuenta de que esa alegría es profunda.

  Lo que hace el yo personal es comparar, pero nunca crea nada de auténtico valor. El yo personal está hecho de ideas concretas y, por tanto, lo que es producto del yo personal siempre es de orden concreto, elemental. La creación siempre viene de más arriba.

  He de aprender a través de la música que lo verdaderamente auténtico se expresa prescindiendo del yo personal, dándome cuenta al expresar lo que sea que estoy sintiendo aquello, que hay en mí una noción de Ser, una fuerza, una realidad que está ahí, sin nombres ni apellidos, y de esta forma nos iremos acercando más y más a esa actualización. Siempre es el yo personal quien interfiere en la expresión, quien ahora no quiere hacer esto o no siente nada. El Yo profundo está lleno de vida; es la vida. Es el yo personal quien pone pegas, quien está comparando, frenando; ciertamente, cumple su función en la vida diaria, pero, una vez que se ha desarrollado para organizar nuestra conducta exterior, hemos de aprender a no quedar eternamente supeditados a esa estructura, a no quedar a su servicio. El yo-idea tiene una función real, pero transitoria, y nada más; nunca es nuestra realidad. La realidad es la fuente de donde surge todo lo que yo puedo vivir. Esa es mi realidad, eso es lo que yo he de aprender a vivir, a experimentar directamente. Lo que tiene valor, lo que es real no son las ideas que me formulo de mí, sino lo que se expresa detrás de mí.

  Lo importante es que lo que realmente Es, con mayúscula, se vaya expresando a través de mí, de mi personalidad; que eso que tiene un nombre y un apellido sirva de vehículo para encarnar y expresar en ese mundo de nombres y de formas, en el mundo de nuestros semejantes, esas cualidades superiores traducidas a un lenguaje inteligible, a unas normas prácticas, a algo a nivel de nuestra vida diaria. Pero, no caigamos en la ilusión de creer que somos nosotros la fuente de ello; no nos atribuyamos lo que no es realmente patrimonio del yo personal.

  En ese Yo profundo, en esa realidad profunda no hay criterios de superioridad, de inferioridad, de esto es mío y esto tuyo, sino que ahí hay una abundancia exhaustiva de cada cosa que se expresa con sencillez, como lo hace en la vida diaria la grandeza del universo, la naturaleza, con sencillez y majestuosidad constantes.