Descubrir mi mundo interior

EL YO COMO POTENCIA

I. ¿QUÉ ENTENDEMOS POR EL YO COMO POTENCIA?

  Podemos desglosarlo en dos apartados:

  1º. El YO es la fuente de toda la energía que vivimos y que hemos vivido en todos los aspectos. Es la fuente de la energía física, vital, afectiva, mental y espiritual. Todo fenómeno que nosotros percibimos, toda realidad que vivimos no es nada más que energía; según que se exprese a través de un nivel, o de otro, aparece ante nosotros como un fenómeno físico, emocional o mental. Pero todo es energía. Toda esta energía procede de una fuente; esa fuente única, central, es el YO.

  2º. Es también fuente de toda conciencia de energía o de realidad que tenemos de todo cuanto percibimos como exterior. O sea, no sólo es la fuente de nuestra energía de la que hemos vivido y vivimos, sino que asimismo lo es de la conciencia de la energía que apreciamos en el exterior: Energía humana, de la naturaleza, cósmica, nuclear; es fuente de todo tipo de energía de la que nosotros tomamos conciencia, y esa conciencia que tenemos de esta energía procede toda del Yo central.

II. ¿QUÉ SIGNIFICA ENERGÍA Y EN QUÉ SE TRADUCE?

  La energía es la substancia de todo cuanto existe, de todo cuanto somos, de todo cuanto es. Todo es energía y al mismo tiempo mente. La mente es la que configura, la que determina una modalidad de energía u otra, una forma u otra, es la que dirige y modela la energía. La naturaleza de todo cuanto existe es energía y mente.

Cómo vivimos la energía

  Aunque vivimos la energía de muchas maneras, siempre hay unos modos preferentes de vivirla que relacionamos más estrechamente a unas u otras situaciones o estados. Cuando, por ejemplo, nos damos cuenta de que estamos alegres, eufóricos, de que amamos, de que somos felices, todos estos estados son estados de energía, pero, sin embargo, para nosotros es más significativa la actualidad que experimentamos y a la que damos el nombre de felicidad, que no su aspecto substancial. Por eso, aunque la felicidad y el amor sean energías, nosotros lo percibimos más como felicidad o amor, como estado, que como energía.

  Vivimos la energía directamente relacionada con:

  1º. La realidad y consistencia de las cosas. Para nosotros una cosa es más real cuanto más energía funciona en nuestra conciencia con respecto a ella. Si trazara una escala de valores preguntándome cuál es para mí el orden de lo real, de lo más o menos real –no de sus cualidades a nivel mental-, esa escala demostraría cómo está funcionando mi conciencia con respecto a la energía. Si para mí lo más real es mi cuerpo y el mundo material que percibo, ello quiere decir que en mi psiquismo el nivel vital y físico es el que está funcionando con más energía y por eso yo lo percibo como más real. En cambio, en otros momentos podemos percibir como más real un estado afectivo o emocional muy intenso. Por ejemplo, cuando decimos de alguien que está “ciego de ira”, o también que “el amor ciega”, lo que queremos expresar es que la intensidad de energía que está funcionando en el nivel afectivo de dicha persona hace que aquello sea vivido por ella como la máxima realidad en aquel momento.

  El que una cosa sea real para mí depende, por un lado, de la densidad de energía que funciona en mí dirigida hacia esa cosa; por otro, de la exclusividad con que la mente está identificada con ella. En todos los casos la energía es el factor común que hace que las cosas aparezcan ante nosotros como reales.

  ¿Por qué este YO de que hablamos no es real para nosotros? Pues porque en nuestra conciencia nuestro Yo no responde a una energía; en cambio, aparecen como más reales nuestros problemas diarios. Cuando consigamos que la energía consciente funcione más y más a un nivel profundo, entonces descubriremos la realidad del YO. Por eso es absurdo pretender cambiar valores, opiniones o modos de ser sólo transmitiendo ideas o explicaciones, ya que las explicaciones, aunque aclaran las ideas, no transforman energía. Se precisa una transformación interior, una gimnasia, un modo de circular diferente de las energía para que el YO se refuerce, para que aquello que parece inconsistente adquiera una consistencia, una realidad, en nuestro campo de conciencia.

  El secreto de la conciencia de realidad está en la energía consciente que circula. Cuanta más energía funcione conscientemente, más real será aquello.

  Miremos cómo está estructurada nuestra vida práctica. Todos solemos decir, por ejemplo, que lo más importante es el deber, bien sea el deber familiar o el deber profesional. ¿Por qué? Simplemente porque el sector de la mente y de la afectividad que están relacionados con ellos están funcionando con más energía y, como desde la infancia nos han ido enseñando a alimentarlo, progresivamente se han ido reforzando esos circuitos, esos sectores, de manera que por ellos circula una carga extraordinaria de energía, lo cual tiene como consecuencia que aquello tenga prioridad para nosotros. En cambio, no nos sentimos inclinados a realizar otras cosas que vemos que valen más desde un punto de vista cualitativo, pero que tienen menos carga de energía. De lo dicho se deduce el esfuerzo que requiere el cambiar, el desarrollarse interiormente. ¿Por qué continuamente decimos que hay que estar atentos, que tomar conciencia del interior, que hay que centrarse en esto o en lo otro? Simplemente porque de este modo la mente está dirigiendo la energía normal hacia ello. La mente hace no sólo de foco de toma de conciencia, sino también de distribuidor de energía. Cuando dirigimos la mente a un sector, la energía va a aquel sector y, por lo tanto, esa zona va aumentando su voltaje, su intensidad energética.

  2º. También vivimos la energía como manifestación de fuerza: fuerza física, moral, de carácter, fuerza de la personalidad, magnetismo, irradiación, etc. Cualquier vivencia en la que el factor fuerza sea apreciable no es nada más que una manifestación de esta única energía, pero que es percibida por nosotros como más relacionada con un factor concreto.

  Dentro de las facultades, la que más directamente está relacionada con la energía es la voluntad. Cuanta más energía consciente maneje una persona, más voluntad tendrá. Sobre todo, la voluntad como capacidad de hacer algo, a pesar de las dificultades, depende de la energía que esté a disponibilidad de la mente consciente. Cuanta más energía, más capacidad de hacer se posee. De ahí que todos los ejercicios que estamos haciendo, en la medida en que son una toma de conciencia de energía circulante en un nivel u otro, están aumentando nuestra capacidad volitiva, nuestra capacidad de hacer.

  Mas, realmente, la voluntad no es eso. La voluntad real no es nada más que la conciencia directa que se tiene de Ser. Aquí encontramos otra aceptación relacionada con el factor energía. Cuanta más energía, más noción de ser. El ser lo vivimos ante todo no solamente como algo que es verdad, sino, sobre todo, como algo que tiene en sí fuerza, potencia, consistencia.

  Psicológicamente lo que está más directamente relacionado con la energía es la seguridad. La seguridad se opone a todo lo que es miedo, timidez, angustia, a toda gama de estados negativos. La conciencia de energía es lo que da aplomo, fuerza interior. Proporciona una seguridad total, absoluta, y, por lo tanto, limpia, neutraliza todos los estados negativos, que no son nada más que una negación o carencia de esa misma energía.

Los grados de energía

  La energía existe a tres niveles:

  1º. Como potencia, que no es propiamente nivel, sino que es el punto del cual proceden los niveles de energía y de fuerzas. La potencia se encuentra allí donde la energía existe aún no manifestada fenoménicamente. Es la fuente de donde todo es, donde el ser del todo, donde el ser es potencia absoluta.

  2º. Como energía. Podríamos decir que es la expresión primaria, primordial, de esa potencia, en acto, en sentido técnico.

  3º. Como fuerza. Cuando esas energías se mezclan unas con otras produciendo unos efectos ya determinados, entonces las consideramos como fuerza. Es una energía terminal, es una energía que se ha puesto en contacto con otros campos, dinamizándolos, transformándolos, poseyendo a su vez una capacidad de acción. O sea, la energía está en un orden primordial y la fuerza es un orden terminal.

  Nuestra personalidad y lo que llamamos yo-idea se mueven sólo en campos de fuerza. La vitalidad, nuestras emociones y sentimientos personales y nuestra mente concreta son campos de fuerza, porque son manifestaciones ya elaboradas de lo que es algo más primordial, las energías. Podemos decir entonces que los niveles superiores, nuestro nivel afectivo superior, nuestra mente superior y nuestro nivel de la voluntad superior, son primariamente energía. Así, las fuerzas del alma son energía y las fuerzas de la personalidad son fuerza. La energía es la manifestación de lo más superior y esa es la naturaleza de lo que llamamos campo espiritual o campo del alma.

  Esta energía se manifiesta, luego, a través de una personalidad, a través de una estructura compleja formada por un cuerpo, una estructura afectiva y una estructura mental. Cuando las energías se manifiestan a través de esta estructura concreta personal son fuerzas, fuerzas que a su vez tienen un poder de acción sobre otras fuerzas.

III. SOBRE QUÉ NIVEL HAY QUE CENTRARSE PARA EL TRABAJO INTERIOR

  De cara a lo que nosotros hemos de trabajar, esta distinción sobre los grados de energía es fundamental, porque si queremos crecer interiormente no hemos de desarrollar las fuerzas. Estas necesitan ser desarrolladas un mínimo indispensable para funcionar; pero, desde el punto de vista de evolución interior, desde el punto de vista de realización interior, lo que interesa es tomar conciencia de las energías, no de sus efectos. En el momento de autoexpresión, podrá comprenderse la importancia de dicha distinción. Cuando se expresa solamente energía vital, si la captamos en su circuito antes de convertirse su movimiento en acción, estamos tomando conciencia de una energía, y, al expresarla, estamos captando la fuerza. Cuando se expresan cargas emotivas, se está tomando conciencia de una fuerza de la personalidad, y cuando se expresa el contenido de ciertas ideas concretas que uno tiene del pasado o del presente, se está expresando fuerzas de la personalidad.

  El progreso, el crecimiento se produce cuando nosotros podemos elevarnos de la personalidad a lo que es la causa de la personalidad, a lo que es el alma, el campo espiritual.

REQUISITOS:

Desarrollo de la personalidad.

  A pesar de la importancia que hemos dado al campo de energías y a su cultivo, para el trabajo de la autorrealización, no debemos menospreciar el trabajo de expresión y de limpieza de la personalidad, puesto que, si hay represiones, si existen miedos, actuarán a modo de obstrucción para que la conciencia pueda tender a unos niveles más profundos, más elevados. En este sentido, es necesario cara al trabajo interior, en principio, que se desembarace uno de todas estas trabas y cargas interiores. Pero, una cosa es este trabajo de limpieza, de normalización, y, otra, el proceso positivo de crecimiento.

  Uno crece, se desarrolla, en la medida que va tomando conciencia de las energías del alma. Es en esta proporción como podremos irnos acercando, más y más, de un modo inmediato, a lo que es el Yo central, donde la potencia se encuentra. La potencia, ya lo hemos visto, es el grado superior de todas las energías, pues todas aquellas que constituyen el campo de nuestra conciencia, no son nada más que pequeñas chispas (para proporcionar una imagen que nos facilite su comprensión) de ese foco central. Por lo tanto, creo que se puede intuir fácilmente la importancia, consistencia y realidad fabulosas de este núcleo central.

  De cara a la expresión, de cara al trabajo, incluso de cara a nuestra vida diaria, aprendamos a vivir más centrados en lo que son energías del alma, y menos en lo que son fuerzas. Aprendamos a dar paso libre a estas energías y no a estar apoyados, puramente, en la expresión de los campos de nuestra personalidad. Mas sólo se puede conseguir esto cuando uno consigue estar tranquilo tanto física, como vital, afectiva y mentalmente; es decir, cuando, en el momento de actuar, sea como ejercicio de expresión, sea en la vida diaria, consiga que mi cuerpo, mi vitalidad, mi afectividad y mi mente pensante estén tranquilos, sin intervenir activamente. Hemos de actuar sólo a modo de instrumentos de materialización, pero no como elementos activos, o factores de iniciativa, sino simplemente como instrumentos de ejecución, pasivos, al servicio de lo superior. Cuando yo me mantengo con todos los sectores personales en silencio y me abro a la noción de energía, de amor, de creación, de felicidad, de ser, a todo lo que es del campo superior, ¿qué sucede? Notaré que se produce en mí un movimiento de expresión de esas energías, ya que se encuentran ahí, en mi interior, todo el tiempo. No las percibimos porque nuestra personalidad está en constante agitación; y, si alguna vez algo se escapa de este nivel, sale mezclado con nuestros factores emocionales y mentales. Es gracias a esa energía que está ahí empujando y tratando de expresarse que la persona sienta la aspiración de autenticidad, de ser realmente sí mismo y de vivir más la verdad.

Silencio de las estructuras personales

  Se debe, pues, acallar nuestra personalidad, ponerla en punto muerto, pero permaneciendo interiormente por completo abierto, receptivo, atento, y en esta actitud dar paso a aquello que sienta que se dinamiza allá en lo más profundo, procurando que mi mente pensante esté tranquila, así como mi emotividad y vitalidad, actuando sólo en la medida que se requiere para dar expresión a aquello. Pero que mi mente no se quede nunca dependiendo de lo que es sólo un medio de expresión, una forma. Que se mantenga atenta, abierta, conectada, sintonizada con lo que es este campo de energía.

  Al principio, si intentáis hacerlo, veréis cómo parece que no se percibe nada. Estamos tan acostumbrados a percibir solamente nuestra fenomenología más grosera, más elemental, que cuando esto se calla, parece que se calla todo, que no hay nada más. Pero, si permanecéis despiertos, tranquilos, en silencio, receptivos, notaréis que hay algo allí que quiere expresarse. Esos son los requisitos fundamentales en orden a la práctica. A través de esos pasos, se está elaborando un proceso de toma de conciencia nuevo; se trata, realmente, del nacimiento a un nivel del alma, a un nivel superior, real. Este trabajo para distinguir entre lo que son niveles de la personalidad y niveles del alma es absolutamente necesario de cara a la realización.

IV. EN LA VIDA DIARIA

  Al vivir desde este nivel del alma se aprende a transformar nuestro mundo concreto, al expresar en él esa paz, felicidad, comprensión y fuerza serenas e inmutables que residen en este nivel. Es un modo de expresar serenidad, de convertir las cosas en armónicas, en algo realmente creador, es dejar paso a que la intuición se exprese en nuestra vida diaria, sea en el campo que sea. En fin, es cambiar rotundamente nuestro modo de vida.

  Aquellas personas que sientan su personalidad agitada por fuerzas que tienden a expresarse, que las expresen, pero dándose cuenta de lo que hacen, observando cómo lo hacen. Hay que intentarlo una, dos, cien veces, las que haga falta, para aprender a distinguir claramente cuándo es mi nivel afectivo, mental o vital el que se expresa. Dar expresión a lo que se sienta, ya que, en la medida en que nosotros tomemos más rápida conciencia a través de la dinámica del hacer, en esa misma medida descubriremos y viviremos lo auténtico. No podemos descubrirlo primero y expresarlo después, pues, si queremos hacer esto, lo haremos con nuestra mente pensante, y, cuando actúa esta mente pensante, de entrada, está ya negando, condicionando, apartándose de lo que es auténtico. O sea que la vida, con sus valores auténticos, sólo puede vivirse cuando se está despierto, mientras se vive, mientras la vida se expresa en nosotros; sólo entonces nos damos cuenta de lo que se está expresando; descubriremos la vida a medida que la vivimos, nunca un poco antes. Cuando quiero pensar antes de hacer, realizo una maniobra de mi mente al servicio de mi miedo. Esto es correcto en la vida diaria, dado nuestro modo elemental de funcionamiento. Pero, cuando se está haciendo un trabajo para el desarrollo interior, hemos de aprender a funcionar con espontaneidad, con este silencio de la mente, al que nos hemos venido refiriendo. No pensar lo que se vaya a hacer, sino dejar que la vida hable por ella misma, dejar que lo auténtico se exprese. Solamente descubriremos el YO cuando dejemos que se exprese, no cuando yo quiera descubrirlo. Esto parece absurdo, imposible; pues, lo cierto es que cuando más intento descubrirlo, más me estoy contraponiendo, más me estoy separando de él. En cambio, cuando me callo, estoy en condición de que el YO se exprese, se manifieste. No soy yo quien ha de expresar el Yo, sino que es el YO el que se ha de expresar y el que ha de absorber al “yo” con minúsculas. La expresión siempre viene de dentro a afuera, así como todo crecimiento y toda realización.

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