Descubrir mi mundo interior

VIVENCIA DEL YO

  Una de las preguntas que podemos hacernos, en relación con el presente trabajo, se centra en nosotros mismos, y consiste en tratar de averiguar a qué nivel estamos viviendo nuestro propio yo. Todo el día estamos pendientes de eso que llamamos yo. Nuestra vivencia del yo reside en nuestros pensamientos, juicios, acciones y conversaciones estamos constantemente nombrando este yo. Y ¿quién es este yo al que estamos haciendo referencia continuamente?

  En el capítulo anterior estuvimos hablando de cómo podemos establecer en nosotros tres categorías de realidades: una categoría a nivel de fuerzas, o sea de energías finalizadas. Una segunda categoría a nivel de energía, campo que podríamos llamar, propiamente, espiritual. Por último, un punto, un foco, un centro, que es donde se hallaría la sede del Yo central, la naturaleza del espíritu (o cualquier otro nombre con el que queramos calificarle).

I. NIVEL DE LA PERSONALIDAD

Vamos a tratar ahora acerca del yo de la personalidad. Intentaremos sugerir, a continuación, unas líneas de investigación, de observación, para que cada uno trate de determinar a qué nivel está viviendo y, de este modo, distinga cómo puede ir evolucionando y viviendo lo mismo desde una zona superior.

Características

  ¿Qué características tiene el yo que se vive a nivel personal, a nivel de fuerzas, a nivel de lo que, en la terminología de San Pablo, se llamaría el “hombre viejo”? La personalidad, ese hombre viejo, está constituido por nuestro cuerpo físico, nuestra vitalidad, con todo su mundo de necesidades y de mecanismos psíquicos, así como el nivel afectivo y el nivel mental pensante. A este cuádruple plano es a lo que llamamos personalidad, cuando se vive de modo que:

  1. Necesita definirse constantemente por sus atributos concretos y por comparaciones: “yo soy esto”, “yo soy así, y no de otro modo”, “yo soy tanto como…, más que”. Esta es una de las características fundamentales del yo que se vive a nivel de la personalidad.

  2. Si lo observamos, siempre está juzgando a otro yo: “ahora podría hacer esto”, “yo me considero más”, es un yo que está hablando a otro yo. Existe este diálogo interno porque este yo personal siempre es objeto, objeto de sí mismo.

  3. Es variable, depende de las circunstancias internas y externas: si las cosas me van bien, considero a mi yo valioso; si me van mal, éste ya baja de categoría. Si hay salud, si siento una euforia vital, entonces me encuentro lleno de empuje, de fuerza, de realidad; por el contrario, si tengo enfermedades incurables o peligrosas el yo se siente disminuido, acabado. Cualquier circunstancia externa lo puede hacer variar. Más adelante veremos algunas de ellas.

  4. Siempre quiere o pretende ser más, y cuando no tiende a ello es porque se siente demasiado inferior, pero nunca se vive tal como es. Tiene un movimiento dinámico, bien hacia arriba, queriendo hincharse, queriendo ser más, o hacia abajo, en descenso, con depresión y desánimo.

  5. Es un yo que se constituye en centro aislado respecto a todo lo demás. Se siente como isla, una isla en la que puede tener buena relación con los demás, pero el yo se vive como algo completamente aislado en sí mismo, extraño a todo.

  6. Necesita, siempre, estar formulando ideas concretas sobre sí. Necesita, por esta tendencia a la que nos hemos referido, vivir apoyado en la comparación, evaluarse, definirse, concretarse de una forma continua. Es como si quisiera llegar a ser porque de algún modo se da cuenta de que no es.

  7. Su naturaleza dinámica está constituida por la ley del recibir, más que la de dar. Quiere recibir seguridad, apoyo, dinero, afecto, y, cuando da, es a condición de que esta donación revierta en un nuevo beneficio para él. Esta es la ley que rige este nivel de nuestro ser. Está, por lo tanto, inevitablemente supeditado al temor, al enfado, al desengaño y a la desilusión, así como a las opiniones propias y ajenas.

  Como vemos, el yo centrado en la personalidad es un yo tambaleante, inestable, inseguro. Es un yo que lo es todo menos YO. Trata de serlo, juega a ello, pero nunca lo es auténticamente.

  Al decir YO, queremos decir, de algún modo, realidad, autenticidad; algo estable, firme, de valor intrínseco. El yo que hemos analizado no tiene ninguna de estas características.

  ¿Nos sentimos encuadrados dentro de las características enumeradas? ¿Nos vivimos de este modo? ¿Sentimos de esta forma nuestro yo en la vida diaria? Si es así, ello significa que estamos centrados en nuestra personalidad.

II. NIVEL DEL ALMA

Características

  Las características de la conciencia de sí mismo, cuando se vive a nivel del alma, a nivel de lo que podemos llamar energías primordiales, de la vida espiritual, del hombre nuevo, como nos diría San Pablo, son:

  1. No necesita definirse, ni poseer ideas sobre sí mismo. La necesidad de definirse, de concretarse, de depender de unas ideas, reside siempre en la creencia de que lo que uno es consiste en tal idea. Por lo tanto, hay una necesidad constante de reafirmarse, de reflexionar, de acabar de encontrar la idea perfecta que pueda definirle a uno.

  El yo no es ninguna idea, y cuando se eleva por encima de estos niveles de la personalidad, esto llega a vivirse de un modo inmediato, real; uno deja de sentir la necesidad de definirse, incluso la de opinar sobre uno mismo. Vive la realidad de uno mismo como energía, como amor, como felicidad y como comprensión, en un grado u otro. Esta es la naturaleza de la intuición que uno tiene de sí mismo; nunca está en relación con nada, nunca se refiere comparativamente a otra cosa. Es vivir, es ser. Uno se siente ser esas cualidades de un modo intrínseco, sin más.

  2. Cuanto más da de sí mismo, de eso que es, cuanto más expresa, en todos los sentidos, eso que se siente ser, más crece y más es. Esto es muy importante, porque así constatamos una contraposición exacta con el mecanismo que sigue el yo de la personalidad. Esto último siempre está temiendo perder, perder afectos, dinero, posiciones, garantías, seguridad, y, para asegurarse más, quiere tener más, recibir más y dar menos. Pero cuanto más permanece en esta tónica, más inseguro vive. En cambio, al vivir en este nivel superior, cuya naturaleza es esencialmente centrífuga y creadora, el darse y el expresarse es seguir su propia ley de afirmación y de crecimiento.

  3. Cada vez se siente más próximo al interior de los demás. Así como hemos dicho que el yo centrado en la personalidad se siente aislado, por el contrario, uno se siente al vivir, en las fuerzas anímicas, en las fuerzas espirituales, cada vez más cerca del interior de los demás y de todo lo demás. La naturaleza adquiere una vida, los animales llegan a mostrar a nuestra percepción interna una conciencia que antes no detectábamos y las personas gozan de una proximidad, de un parentesco, de una relación estrechísimas.

  4. La persona consigue, en este nivel, una libertad interior; obtiene, progresivamente, una independencia de las opiniones que los demás puedan tener de él. No depende de la opinión, porque no se apoya en una idea de sí mismo y, por lo tanto, no puede existir ninguna otra idea que pueda negarla; una vez más, está en contraste con el yo personal que quiere ser de un modo determinado y que siempre está en peligro de que alguien le diga que no es como se cree ser. Por esto, el yo personal está continuamente pendiente de las opiniones ajenas y es tan susceptible que basta con decir algo que sea contrario a sus deseos para que la persona que vive desde este yo se sienta mortalmente herida en su dignidad, en su amor propio. Por el contrario, cuando se vive desde esta fuerza interior, uno se da cuenta de que la opiniones de los demás no tienen ninguna sustantividad, ninguna realidad, ninguna fuerza, que no cambian en nada lo que uno realmente es.

  5. Otra de las características es que la persona tiene completa independencia del sentimiento de posesión. Nos referimos a cualquier tipo de posesión, no sólo a la de bienes materiales. Por ejemplo: poseo una familia, un prestigio, unas ideas, un conocimiento, etc. Cuando uno vive centrado en este nivel más interior se da cuenta de que todo lo que posee no tiene nada que ver con lo que realmente es el Yo. Todo lo que pueda poseer lo considero mío, de mí, pero no Yo. Cuando se vive este YO en esa realidad inmediata, todo lo que no sea él se vive como extraño a este YO, de modo que uno no depende, no se apoya en ello. En resumen, lo que queremos decir aquí no es que no utilicemos o no queramos lo que llamamos nuestras posesiones, sino simplemente que no dependamos interiormente de ellas.

  6. Y, por último, y de una forma total, se es independiente de toda clase de circunstancias externas e internas que puedan afectar a la personalidad: si uno tiene mala o buena salud, esto no le afecta para nada interiormente; quizá tenga repercusiones externas, pero el modo de vivirse uno a sí mismo no queda afectado en absoluto. Lo mismo sucede con las circunstancias, sean éstas agradables o molestas, favorables o adversas. Nada que afecta a mi cuerpo, a mi nivel emocional, a mis ideas o a mi mente puede afectar mi modo de vivirme internamente. Uno no depende de cómo van las cosas, de si cambian o no, de si el mundo se hunde o no. Esto no significa que uno sea indiferente, apático. Lo que quiero señalar es que no le afectan en su modo de vivirse a sí mismo; afectará quizás a su trabajo, a su modo de expansión y de expresión, pero no afecta para nada a su equilibrio, a su solidez, a su modo intrínseco de ser él mismo.

III. NIVEL DEL ESPÍRITU

  Y para completar este análisis, llegamos al nivel del espíritu, que más que como un nivel debe ser considerado como un centro. Nos referimos al YO central o espíritu, o, dicho de otro modo, a lo que se ha llamado conciencia Crística o Dios en nosotros; son distintas formas de expresar lo mismo. Vivir desde este Yo central, estar en este centro, no es lo mismo que vivir alrededor de ello, como sucedería a quien se detuviera en el perfume de una flor, sin ir a la flor que es la fuente y la causa del perfume.

  Lo que se puede realizar desde este centro es difícil de expresar, puesto que es algo ilimitado, y fácilmente las palabras nos darían una imagen inexacta de la realidad que intentan reflejar. Por lo tanto, nos hemos de contentar con decir que lo que se puede realizar desde este centro es la realización de la unidad con lo que ES en sí, lo que los hindúes llaman Atman y cuyos atributos esenciales son Sat-Chit-Ananda. Sat es la existencia absoluta; Chit, el conocimiento absoluto, y Ananda, la felicidad absoluta. Vivir en este centro significa ser uno, realmente, con este poder único, ser uno con esta inteligencia creadora única que existe, ser uno con esta plenitud, con esta felicidad, con este amor único. Pero quizás, al llegar a este punto, se imponga el silencio, para no desvirtuar o desfigurar esta Realidad tan inefable con nuestras pobres palabras. De momento tenemos suficiente trabajo con intentar profundizar en el nivel de la personalidad y en el del alma para aclararlos y delimitarlos con precisión. Esto es necesario y fundamental, porque podemos ya comenzar a reconocerlos en nosotros de un modo más claro.

  Los niveles del alma no son una realidad que se encuentra aparte, sino que se trata de algo que estamos viviendo. Lo que sucede es que como solemos estar identificado con nuestro nivel personal, cuando se expresan en nosotros energías de niveles superiores tienen poca estabilidad, poca viabilidad porque van mezcladas con la gama de sectores más elementales. Hemos de aprender a prestar atención y  a reconocer cuándo suena en nosotros la nota auténtica, cuándo se da en uno esa expresión más genuina de lo que viene de arriba, del centro; a detectar este sentimiento que, aunque moviliza todo lo que se encuentra más abajo, procede de una zona más alta y tiene un sabor, una calidad distintas. Aprendamos a reconocer esto que es distinto, que se vive como energía, como cualidad afectiva en el sentido de paz, de amor, de gozo, de libertad, etc. Del mismo modo, en el campo de la mente, hay una comprensión tejida de claridad que nos viene de arriba. No es un proceso que elaboramos nosotros, sino que consiste en una comprensión que se presenta ante nosotros, como si descendiera sobre mi mente. Hemos de aprender a reconocerla y a sentir su carácter liberador; es como si nos hiciera sentirnos mentalmente más despejados, más amplios.

  Pero es preciso que estemos atentos para descubrir estas diferencias, ya que ahí se encuentra el camino para que aprendamos a centrarnos más y más en esas energías superiores. Lo superior crecerá en nosotros en la medida en que mantengamos la atención sobre lo que nos viene de un nivel superior. Si sólo estamos atentos a lo inferior, aunque poseamos cualidades muy buenas y aunque éstas salgan, nunca las reconoceremos, las identificaremos, ni podremos darles paso conscientemente.

  Ello requiere que nazca en nosotros este criterio de discriminación; aprender a distinguir lo que es superior de lo que es inferior, de tal modo que este aprendizaje nos permita centrarnos, poco a poco, en ese nivel superior, para vivir y utilizar lo inferior desde allí. Lo inferior existe, está ahí, pero ha de vivirse como instrumento, dentro de su propio nivel, sin que nos esté confundiendo u ocultando lo que es superior. Por lo tanto, esta atención, esta discriminación es fundamental. Si queremos trabajar y llegar a la autorrealización, hay que pasar por este camino de ir descubriendo lo que es moneda auténtica y moneda falsa. Pero ello requiere, necesariamente, esta atención en los ejercicios prácticos y, después, en la vida diaria.