Descubrir mi mundo interior

Antes de entrar en el tema de la consecución de una integración con la realidad exterior, lo primero que hemos de hacer, sobre todo al tratar del aspecto de la relación con las demás personas, es ver qué pasa en nuestras actuales relaciones. A todos nos resulta más o menos evidente que nuestro modo de contacto con las personas es tendencioso, está partiendo ya de un prejuicio. Si esto es así, más que aprender el modo de aprovechar nuestra relación para profundizar, para llegar a una realización profunda, lo primero que hemos de descubrir es si esta relación es, de entrada, deficiente. Hay que rectificar esto que está equivocado antes de emprender un trabajo realmente positivo.

Nuestros problemas en la relación humana

Por experiencia, sabemos que experimentamos dificultad y oímos que todo el mundo se queja de las mismas dificultades respecto al trato humano. Solemos quejarnos de lo difícil que es encontrar personas que nos satisfagan, de lo difícil que es poder confiar en personas, en la amistad, en la fidelidad, de lo difícil que es encontrar a personas que comprendan lo que uno comprende y participen de lo que uno participa. Parece como si las relaciones humanas comenzaran bien, pero que, indefectiblemente, llegara un momento en que hubieran de romperse. Parece como si fuera una cosa fácil; nos da una sensación de inconsistencia. Naturalmente, siempre consideramos que la culpa es de las demás personas, que son así, que son informales, egoístas, superficiales en este o aquel aspecto. Por este motivo, me parece importante tratar de ver realmente qué es lo que ocurre en nuestra relación con las personas, tal como ahora la vivimos.

1. Cómo me vivo a mí mismo

Para ello hemos de partir de un punto. En primer lugar, ¿cómo me vivo a mí mismo?

En principio, sabemos que en nosotros hay un impulso que nos induce a buscar una constante satisfacción, una plenitud, una realidad, una seguridad, una serie de bienes, bienes en cuanto a fortaleza de valor personal, en cuanto a claridad, verdad y sabiduría, bienes en cuanto a amor, comprensión, aceptación. Esta demanda, lo hemos dicho, nos viene de algo muy profundo que está en nuestro centro, y que es esa realidad espiritual que, en sí, es ya todo eso. Decíamos que, como yo no vivo esa realidad allí donde está, la proyecto a través de mis mecanismos, la proyecto hacia el exterior que se pone en contacto con mis mecanismos, con mis sentidos, con mi vida personal. Ahora bien; a través de este proceso de existencia somos, por un lado, una suma de experiencias que hemos acumulado, experiencias que podemos llamar positivas, que son lo que me ha permitido llegar a un grado determinado de conocimiento de mí mismo, de capacidad de hacer; son, podríamos decir, mi yo-experiencia positiva.

Pero, además de ese sector, de yo tal como soy, hay en mí una serie de experiencias en mi historia, en mi, pasado, que han sido fallidas, que han sido experiencias incompletas y han dejado en mí una sensación de fracaso, de negación que he tenido a lo largo de mi vida, y que puedo tener actualmente en el presente, hace que se produzca en mí el deseo y la necesidad de llegar a reivindicar, a reivindicarme todo eso que yo he fallado. Eso es lo que llamamos la proyección hacia un yo idealizado, o sea un yo que intento llegar a ser: una persona muy feliz, muy sabia, muy buena, muy poderosa, muy todo.

Paralelamente a este mundo hacia el que estoy fuertemente proyectado, existe su contrapartida, que son todos mis temores, los temores de fallar, los temores de encontrar esto que busco, los temores de que yo me siga frustrando y de que mi vida siga siendo un fracaso, una negación de mí mismo.

Por lo tanto, tenemos una porción central positiva: yo, la experiencia que tengo de mí, la que me permite vivir, como yo me entiendo, me comprendo, me acepto. Luego, una fase que se proyecta hacia el futuro: mis deseos, mis aspiraciones. Y su contrapartida, que son una serie de temores, una serie de cosas de las que yo trato de vivir apartado. Si tenemos claro este esquema, veremos que esa porción de experiencias positivas que yo vivo es lo que me da mi noción de mí: «Yo soy así». A veces, no es que yo sea así, sino que creo simplemente que yo soy así. Pero, por el momento, es como si fuera así. Entonces hay un gran deseo de todo aquello que me ha de reivindicar, de todo lo que me ha de satisfacer, que me ha de llenar, que ha de cumplir esa necesidad que me está empujando a buscar la plenitud. Naturalmente, esto hace que yo valore enormemente todo lo que se relaciona con lo que yo quiero realizar. Por otra parte, hay un rechazo de todo lo que se opone a este deseo, un rechazo de todo lo que son mis rasgos negativos, de lo que para mí es negación de la personalidad que deseo ser. Habrá un rechazo del miedo, si yo quiero llegar a ser una persona muy valiente; habrá un rechazo de todo aspecto de violencia, en la medida en que yo pretenda, en mi yo-idealizado, ser una persona muy bondadosa, muy santa, en la forma en que a veces se presenta la santidad como opuesta a toda violencia. Y, por supuesto, esto hará que automáticamente yo valore de un modo negativo todo lo que se relaciona con eso negativo, que valore positivamente todo lo que se relaciona con esa realización, y que considere como normal todo lo que es mi experiencia hasta ahora actualizada positiva. Esto, traducido al exterior, hace que yo acepte y comprenda a las personas en la medida en que son exactamente como yo soy, esta suma de experiencias positivas, es decir, tal como soy o como creo ser. Esto es lo que yo entiendo, comprendo y acepto como normal en las personas. Así, tiendo a mirar extraordinariamente a las personas o a los rasgos de las personas que son representación de esas cualidades que yo quiero llegar a ser: si yo quiero llegar a ser una persona muy segura, cuando vea personas muy seguras las admiraré, tendré una valoración positiva hacia ellas y una tendencia a girar a su alrededor. Por la misma razón, tendré, inevitablemente, una actitud de rechazo hacia aquellas personas pueda vivir y que, por tanto, me impiden llegar a esta realización. Si estoy rechazando en mí todo lo que es miedo, cobardía, fracaso, pobreza, humillación, yo tendré automáticamente una tendencia a rechazar a aquellas personas que son personificación del fracaso, de humillación, etcétera. Y esto ocurrirá inevitablemente porque lo que determina mi actitud hacia las personas no es otra cosa que mi proyección al exterior de lo que es mi actitud respecto a mí.

Es evidente que cuanto menos sólido sea este yo positivo, debido a que haya más experiencias de frustración, más deseos habrá de reivindicación, y, cuanto más deseo de reivindicación, más temores y fracasos. Es decir, que la polaridad deseo-temor aumenta en la medida que la experiencia es débil, que el yo es poco sólido. Cuando el yo es menos sólido, más crispado estoy hacia lo que deseo y hacia las personas que lo representan, y más crispado estoy en mi rechazo decidido de las personas que representan todo lo negativo en mí, todo lo negativo en mi vida.

2. Cómo vivo el exterior

Así, pues, yo me sitúo ante las personas con una actitud objetiva, neutra, porque juzgo a las personas comparándolas siempre con esos estados y valores que yo tengo en mi interior. Yo estoy constantemente comparando ante las personas, estoy evaluando y estoy juzgando. No tengo una actitud neutral. Dado que este problema de mi realización, de mi satisfacción o de mi fracaso lo tengo constantemente día y noche, está involucrado en todo lo que hago. Por lo tanto, mi actitud ante las personas no es, simplemente, una actitud de verlas, sino de compararlas, valorarlas, juzgarlas según mis estados de valores: o van hacia lo que yo deseo, o van hacia lo que yo rechazo.

Por lo demás, este juicio está también alterado porque, en primer lugar, yo sólo percibo de la persona una pequeña parte, su forma, su apariencia y su modo externo de actuar en un momento dado. Pero esto que percibo no es toda la persona; es solamente lo que sale afuera, lo que muestra. No veo nada de lo que la persona está viviendo por dentro, ni de lo que la persona está expresando en otros momentos. Es decir, que yo tengo una visión de la persona en un momento dado, visión que es superficial y accidental. Sin embargo, en virtud de este «cliché», juzgo a la persona, y la juzgo a toda ella sólo por la parte superficial que veo. Además, juzgo a la persona basándome en esa cualidad o defecto que yo le atribuyo, dándole a esa cualidad o defecto una naturaleza estática. Tiendo a fijar en el tiempo lo que solamente es expresión de unos momentos. Así, aquella persona ya no será para mí una persona, sino que será una idea, mi juicio de ella. Ya no estaré tratando con la persona viviente, sino con el esquema mental y con la etiqueta que yo le he atribuido en mi mente.

En las personas con las que tenemos un trato habitual, en especial en familiares y aquellas personas con las que solemos trabajar, es decir, donde hay una vivencia más prolongada, se produce un hecho curioso: yo me hago una idea de cómo quiero que sea la persona, de cómo me gustaría que fuera, y entonces estoy constantemente comparándola, comparando la persona con esta idea que yo me he formado de ella. ¿Y por qué me he formado esta idea de cómo desearía que fuera? Porque, en el fondo, respecto a las otras personas yo tengo una actitud de utilización, de uso. Para mí, las personas me están haciendo un uso; yo uso a las personas para ver si ayudan a mis deseos, necesidades o aspiraciones; las uso para poder representar bien mi personaje, es decir, que, en virtud de esa idea que nos hemos hecho de nosotros mismos, adoptamos una serie de actitudes que encajan dentro de la línea de un personaje. Yo tiendo a ser la persona muy sabia, que, por tanto, no puede ser contradecida; o bien, yo tiendo a dominar y a que todo el mundo gire a mi alrededor; o también, tengo deseo de mártir y siento el secreto deseo de que al final todo recaiga sobre mí. No puedo darme cuenta, cosa que conseguiría si mirara retrospectivamente con objetividad, de que mi vida es una serie de episodios repetidos. Realmente no es que siempre ocurra lo mismo, sino que estoy configurando lo mismo en virtud de que manejo la situación sin darme cuenta. Estoy manejando a las personas de un modo determinado, esperando que me ayuden a representar mi papel. Y cuando las personas no me ayudan a representarlo, entonces las rechazo, me separo de ellas o las critico.

Realmente yo, con mi actitud, con mis juicios y mi modo de actuar, estoy diciendo constantemente a la persona lo que ella representa para mí; le estoy diciendo: «Tú me sirves sólo para ser mi vasallo, o sólo para demostrar que yo soy más listo que tú, o para que admires en mí la capacidad de sufrimiento, etc.». Cada uno de nosotros, en virtud de toda su actitud, está diciendo algo, está indicando algo. Basta una observación suficientemente sería para comprobar que todos estamos haciendo un papel o varios papeles. Yo hago un papel con cada tipo de personas; con mis familiares he aprendido un papel; con mis amigos, un papel distinto; en el trabajo, otro. Si nos examinamos, descubriremos cuál es este personaje que estamos encarnando.

La aprobación que yo hago de los demás es siempre porque estas personas responden a algo que yo deseo para mí, porque son la encarnación de mi ideal en un grado u otro. Ahora bien; este ideal puede tener dos tipos de procedencia: o bien proceder de mi yo-idealizado, del mundo de mi yo-idea egocentrado, de mi mundo hecho de compensaciones, de fantasía, de ilusiones, o bien pueden corresponder a lo que es una dinámica auténtica de mi ser, que está en fase de crecimiento, de expansión. Esta aspiración puede corresponder, por lo tanto, a algo sano, o puede corresponder a una actitud ficticia de sueño, de ilusión del yo-idealizado. Por lo tanto, puede tener un aspecto sano o, podríamos decir, otro primitivo, elemental. En ambos casos habrá aprobación y admiración de estas personas. La diferencia estará en que cuando esta aspiración dependa de mi yo-idealizado, de mi actitud egocentrada, yo querré poseer aquella persona, habrá en mí una identificación respecto a aquella persona. En cambio, cuando la admiración proceda de mi naturaleza más profunda, más auténtica, yo admiraré a la persona sin crisparme, sin defender, sin identificarme. A veces, sin embargo, es difícil distinguir.

En cambio, aquellas personas que yo rechazo, que yo critico, las rechazo y critico únicamente porque van en contra de este yo-idealizado. Es decir, así como la aprobación y la admiración puede tener dos aspectos, uno sano y otro deficiente, podríamos decir «neurótico», hablando en un sentido general, en cambio el rechazo sólo puede existir cuando es un rechazo activo, cuando es un encontrase incómodo frente a aquellas personas, un pretender eliminar o huir de aquellas personas. Solamente se produce esto como consecuencia de mi yo-idea, porque corresponde a lo que yo estoy temiendo o rechazando de mí. Por lo tanto, en la medida que hay un rechazo activo, esto quiere decir que hay esa actitud egocentrada, quiere decir que siempre todo rechazo activo, toda crítica fuertemente negativa, obedece a mi deseo de compensarme, a mi infantilismo interior. Siempre.

Rectificación de nuestra actitud defectuosa

Cuando yo aprendo a vivirme a mí mismo en profundidad, entonces me centro más y más en lo positivo que hay en mi interior, en todo lo que voy descubriendo como realidad. Entonces eso hace que yo vaya aceptando más y más lo que voy descubriendo en mí; dejo de crisparme por mis reivindicaciones, me vivo con una positividad natural y sencilla, dejo de buscar todo esto en lo exterior. Ciertamente busco, es decir, que hay en mí una demanda de plenitud, pero soy consciente de que esa plenitud es simplemente un problema de profundizar. No estoy huyendo de nada, no estoy jugando a, ser un personaje, no estoy soñando, sino que trato de vivir más y más mi profundidad, mi realidad. Dejo de proyectar esa angustia en el exterior, dejo de proyectar esa necesidad de vivir unas cosas y de crisparme sobre otras, dejo de rechazar a unas personas, y también dejo de identificarme con otras. Y gracias a esa evidencia que voy descubriendo en mí, a esa mayor profundidad que voy viviendo en mí, puedo empezar a descubrir un poco más la profundidad de otros. Pero hasta que se produce esto yo no estoy en condiciones de hacer un trabajo plenamente positivo de cara a los demás. Hasta que no se produce el hecho de que yo viva realmente centrado en mi propia realidad, mientras yo esté buscando este juego de idealización, de huir del fracaso de la idealización, yo estaré proyectando todo esto hacia las personas sin poderlo evitar. Por lo tanto, mi actitud hacia las personas nunca podrá ser la de tratar de comprender verdaderamente a una persona, la de tratar de valorar a la persona por ella misma, sino que siempre estaré juzgándola y valorándola en relación conmigo, en relación con la función que hace de mí: «Me ayuda, o no me ayuda; me es útil, o no me es útil; me es grata, o no me es grata; me es estímulo, o no me es estímulo; me es amenaza, o no me es amenaza».

Si observamos bien veremos que toda la literatura está girando precisamente alrededor del héroe, alrededor del personaje. ¿Por qué? Todos los personajes de la literatura, del cine o del teatro, necesitan tener una estructura que participe del interior de la persona; el personaje es alguien que vive algo del autor. No se pueden aceptar cosas sencillas y naturales; ha de haber conflictos, ha de haber peligros de fracaso, ha de haber riesgo, superación de dificultades; afirmación del personaje, realización, en un grado u otro del personaje. Y esto es porque estamos trasplantando ahí nuestro propio problema, y para nosotros aquello tendrá sentido y valor en la medida en que esté reproduciendo lo nuestro, y, si es posible, de un modo positivo. Es decir, que todo lo que es creación literaria y recreativa no es otra cosa que una ampliación, a tamaño de la humanidad, de este problema que tenemos planteado interiormente.

Así, pues, resulta clarísimo que no puede hacerse nada realmente objetivo, nada de valor, no se puede empezar a entender y valorar a alguien por sí mismo, hasta que no deja de necesitarse a esta persona para utilizarla en el juego de negación o de afirmación. Sólo cuando yo encuentre la afirmación en mí a través de ese ahondamiento, a través de esa toma de conciencia profunda, es cuando yo puedo situarme de un modo sereno ante los demás. Porque cuanto más yo voy viviendo mi realidad, menos rechazo habrá de la otra persona, menos crítica habrá; no porque yo no pueda ver las deficiencias, no porque no vea las debilidades -realmente las veré mucho mejor que antes-. Sin embargo, no necesitaré rechazar estas debilidades, no necesitaré oponerme a ellas, porque no estaré crispado hacia lo opuesto, hacia las cualidades. Aprenderé a ver a la persona en su valor profundo, y a ver cómo dentro de ese valor interno que tiene la persona -y que la persona ni siquiera muchas veces se da cuenta- hay unas cosas que funcionan bien y otras que lo hacen mal. Pero como lo estaré viviendo en función de la misma persona y en función de los valores más profundos de aquella persona, esos rasgos negativos no serán para mí unos rasgos rechazables; no me harán daño, no me harán nada. Simplemente los veré con claridad y descubriré el porqué de su misión. Todo ello con mucha más satisfacción que antes, sin molestias, sin reacción personal. Cuando yo estoy utilizando lo otro, es cuando hay reacción personal. Cuando yo me encuentro realmente limpio ante lo otro, en una actitud objetiva, no hay juicio, no hay crítica, sólo hay percepción clara y aceptación profunda, porque lo que percibo en el otro es lo mismo que percibo básicamente en mí. Y a medida que voy viviendo mi capacidad de ser, mi realidad, mi energía, mi impulso de vivir, en esa misma medida veré a los demás con una luz completamente positiva; no con una reacción de ira, de hostilidad. Todo esto no es otra cosa que el testimonio de mi egocentrismo, de mi actitud infantil.

Podemos, por lo tanto, plantearnos la pregunta: ¿Cuál es la conciencia que tengo actualmente de mí; a qué nivel estoy viviendo? La respuesta que yo pueda darme a esta pregunta me proporcionará la fórmula de mi modo de ser y de actuar respecto a los demás. También podemos invertir el proceso: viendo cómo valoro a los demás, cuál es mi opinión general de las personas y cómo actúo, en general, con las personas. De un modo claro y objetivo. La respuesta me dará la clave del modo cómo yo me estoy viviendo a mí, de la actitud que tengo hacia mí mismo, del grado de realización o de mi juego de fantasía o de idealización.

Así, pues, volvemos a la necesidad de trabajar lo que ya habíamos indicado en la primera parte de este ciclo: la realización del yo. Sólo en la medida en que la persona vaya tomando una conciencia directa de sí misma empezará a poder hacer realmente algo. En la medida en que la persona no está viviendo centrada y autoconsciente, sino que está empujada mecánicamente, estará girando en un círculo cerrado. Y todo lo que se pretenda decir que haga o deje de hacer es pura fantasía; es un sistema de fuerzas, y está actuando mecánicamente, sin opción alguna. Con muchas ilusiones, pero sin ninguna libertad real. Cuando todo yo me libero de esa crispación, de esa proyección hacia los demás, de ese querer utilizar a los demás, porque estoy viviendo ya esa realidad en un grado apreciable en mí, es cuando yo podré empezar de veras a amar a alguien, a servir a alguien, a ser útil a alguien. Mientras tanto, todo es pura imaginación.

Preguntas:

-¿Así todas las cosas han de ser igualmente buenas para nosotros?

R. -No. Una cosa es que nosotros seleccionemos, y otra cosa es que nosotros menospreciemos. Esto es lo que estamos señalando durante todo el tiempo: que en nosotros no ha de haber una actitud de rechazo activo.

-¿Se debe entonces reprimir el orgullo que nos lleva en ocasiones al rechazo de los demás?

R. -Elreprimir el orgullo es un modo magnífico de conseguir que el orgullo persista durante toda nuestra vida. Es decir, si yo quiero no resolver el problema, lo mejor que puedo hacer es intentar tenerlo escondido. Por lo tanto, en la medida en que yo estoy ocultando, reprimiendo mi orgullo, mi pretensión, lo estaré manteniendo durante toda la vida. Aunque yo juegue a ser una persona muy dócil, muy suave, muy sencilla, el orgullo estará saliendo por todas partes.

-¿Qué se puede hacer con la timidez?

R. -El problema del tímido es el de la persona que quiere ser fuerte, sólida, valiente, pero su yo-experiencia es muy débil. Entonces tiene dentro unas grandes protestas por todos los fracasos y por lo que no se ha atrevido a hacer, por lo mal que ha quedado allí y allá, por el miedo de volver a quedar mal. Está continuamente empujado por todo esto. Tiene una cantidad de miedos enormes y está crispado, necesitando soñar que es un personaje importante en algo. Precisamente porque su yo experiencia es débil, es pobre, porque no se ha desarrollado mucho, porque se está apoyando más en el deseo y en el temor, por eso será enormemente susceptible ante los demás.

Lo único que puede resolver esos problemas es que la persona deje de ser un juego entre deseo y temor, deje de ser una proyección del inconsciente; que aprenda a vivir conscientemente y a ahondar conscientemente. Todo esto resolverá el problema. Ya lo hemos dicho muchas veces: la persona, solamente puede eliminar sus rasgos negativos, actualizando su realidad positiva. Esto corresponde al primer ciclo que hemos explicado de la realización a través del yo. Es precisamente ahondando en la conciencia de experiencia y expresión de sí mismo en profundidad que dejará de necesitar hacer el payaso; no tendrá necesidad de aparentar que es más, ni tendrá necesidad de temer ser menos. No necesitará compararse con otro; estará viviendo la fuerza, la realidad que él ve, de un modo espontáneo, directo, natural. Esta es la única solución efectiva. Porque el que uno esconda o uno muestre es la misma cosa. Que el orgullo o la timidez estén más escondidos o estén afuera, da lo mismo. La experiencia enseña que cuanto más afuera está, más perjuicios causa exteriormente. Pero, tanto si está dentro como si está fuera, causa constantes perjuicios, porque si está dentro está determinando una constante autocrítica, una constante protesta interior, una constante censura y exigencia hacia todo lo que está pasando y hacia las personas con las que está tratando.

-Si uno se muestra indiferente ante el fracaso, ¿significa eso que está adelantando en su trabajo interior?

R. -O es que está adelantado, o es que está idiotizado. Digo esto de un modo muy real. Porque puede existir una persona que en un momento dado tenga miedo de pronunciarse respecto a nada, y entonces se produce como una especie de opacidad, que es una indiferencia, un estar enterrado, una indiferencia por incapacitación, por inmovilización. No es la indiferencia debida a una visión justa, equilibrada o profunda. Cuando la persona va viviendo su capacidad interior, entonces ve al que fracasa como hombre, con un valor profundo como hombre. Descubre que unos hombres hacen la función de personas de éxito y otros la función de personas fracasadas. Si yo no tengo el problema de triunfar o de fracasar exteriormente, si yo no estoy crispado ante esa necesidad de triunfar en algo, yo me sentiré tranquilo frente al que fracasa e igualmente frente al que triunfa. En cambio, en la medida en que yo necesite triunfar, estaré envidiando al que triunfa y rechazando al que fracasa. Esto en cualquier terreno que sea.