Descubrir mi mundo interior

EXAMEN DE LA FASE DE EXTERIORIZACIÓN EXPRESION

En este capítulo nos dedicaremos a un examen de la fase de expresión. No debemos olvidar que estamos hablando aquí de la relación humana en tanto que técnica de autorrealización, o sea como un medio para llegar a descubrir nuestra identidad espiritual. Por lo tanto, no hemos de dejarnos llevar por el sentido usual de las palabras y creer que estamos hablando de relación humana a un nivel social, a un nivel convencional, del tipo que sea. Nos referimos aquí a la fase de expresión en la relación humana como un medio preciso, sistemático, para llegar a esta Realización Central.

A) EXTERIORIZACION

1º. Medio de desarrollo

La expresión ha de ser una exteriorización inteligente y adecuada de todo lo que es real en mí. ¿Qué significa exteriorización? Exteriorizar quiere decir sacar afuera lo que hay dentro. Esto es un ejercitamiento cuyo primer resultado es un desarrollo de todas nuestras capacidades; es decir, dado que desarrollamos justo aquello que ejercitamos, en la medida en que yo aprenda a tener una expresión plena, completa y positiva, yo estaré desarrollando más y más todas las facetas de esa personalidad positiva, lo cual quiere decir que estaré eliminando todas las facetas negativas de mi personalidad.

Este es el primer resultado de vivir una expresión de un modo completo.

2°. Medio de autodescubrimiento

En segundo lugar, es un medio de autodescubrimiento en profundidad. Es decir, a medida que voy expresando, que voy exteriorizando lo que hay en mí, esta expresión me permite ir descubriendo nuevos niveles, nuevos contenidos de mi interior. Dinamizando todo lo que hay en mí, se facilita la percepción, la toma de conciencia de cosas que estaban detrás. Si yo mantengo las cosas que son de valor para mí, si las mantengo dentro de mí, esas mismas cosas se convierten en obstáculos para la profundización. Por lo tanto, es necesario que yo sea capaz de dar cada vez más contenidos profundos de mí, para que, de este modo, ello me vaya conduciendo, paso a paso, a una conciencia inmediatamente más profunda, hasta llegar a esta fase o dimensión en que parece que ya no hay nada. Y es ahí donde parece que no hay nada, donde se produce esta explosión, esta realización de una realidad que es el Yo Central.

. Medio de Renovación y Creatividad

La exteriorización es, además, un medio para que todo lo que hay en mí se renueve, se modifique, evolucione. El medio para el crecimiento es el movimiento. Es cuando yo invierto lo que hay en mí, en el presente, que se produce una nueva gestación, una nueva producción, una elaboración de lo mismo a un nivel más elevado.

Esta renovación es lo que me permite vivir como un acto constante de creatividad. Gracias a esa expresión constante, yo dejo de girar en círculos cerrados de costumbres, de hábitos, de condicionamientos. Aprendo a renovarlo todo, y esto me produce una disponibilidad en cada momento, de manera que, en cada momento, soy todo yo que estoy buscando, realizando y elaborando una respuesta nueva a la situación del presente. Por lo tanto, otro de los resultados de la expresión vivida de un modo completo es la renovación y la creatividad, la salida de los círculos cerrados en que uno se desenvuelve.

4º. Medio de liberación del pasado

Otra consecuencia de la expresión es que, en la medida en que yo me esfuerzo en que mi expresión sea más intensa, más plena, más responsable, a través de esta respuesta voy saldando mis cuentas, voy liberándome del pasado. Todos aquellos residuos que el pasado ha dejado en mí, todos los temores, deseos, conflictos, prejuicios, cuando yo me obligo a vivir cien por cien la situación presente, cuando trato de responder a la situación presente con toda mi disponibilidad, esto va utilizando cada vez más materiales de mi subconsciente, los va transformando, los va transfiriendo a mi mente consciente. De ese modo se van liquidando todos los residuos, todo el pasado. Sólo gracias a este modo de actuar es posible librarse del pasado y, por tanto, vivir de un modo auténtico el presente. Cuando decimos que hemos de vivir intensamente el presente, porque sólo el instante presente es el único real, esto no quiere decir que hemos de detenernos en una fracción superficial del tiempo, sino que hemos de vivir el momento actual en toda su intensidad hasta el fondo. Es en esta dimensión de profundidad que el instante es importante; no como un fragmento lineal de un tiempo.

5º. Medio de preparación a la Receptividad y al Silencio

Otro efecto de la exteriorización realizada de esta manera es que nos prepara, nos predispone, en cierto sentido nos educa, para una mejor receptividad. Veremos luego que la receptividad es el otro movimiento indispensable para que yo pueda penetrar, ahondar, descubrir lo que hay fuera de mí. Si yo no tengo esta receptividad, siempre estaré trabajando con imágenes, con representaciones de las cosas, y no tendré la capacidad para captar lo viviente, lo auténtico, que hay en la otra persona.

Pues bien; esa receptividad se facilita cuando yo aprendo a sacar todo lo que hay en mí, cuando aprendo a movilizarlo todo. Cuando yo lo he dicho todo, entonces hay disponibilidad, hay receptividad. Es decir, por una parte, el hecho de expresar todo me sensibiliza interiormente, porque desarrolla mi conciencia más profunda; me sensibiliza para captar lo interior del otro, al tiempo que el hecho de la expresión me vacía para poder tener disponibilidad interior y poder recibir concretamente lo que el otro está intentando comunicarme.

Esa fase de expresión es también lo que nos prepara para el silencio. ¿Qué ocurre cuando queremos hacer meditación, concentración o silencio? Sucede que algo en nosotros sigue moviéndose, sigue hablando. Nuestra mente, nuestra resignación, nuestra memoria, están funcionando y se interfieren con nuestro intento de estar tranquilos, en reposo. Pues bien; gracias a la expresión, utilizada como técnica, podemos aprovechar esa misma dinámica del vivir, del funcionar, del actuar, pero utilizándola en favor de nuestro trabajo, en lugar de encontrarla, podríamos decir, a contrapelo, o sea como opuesta a lo que deseamos en los momentos de control, de silencio. Cuanto más aprenda yo a expresarme de un modo total y con plena consciencia, más fácilmente se produce en mí el silencio natural. Cuando yo lo he dicho todo, sin esfuerzo me quedo en silencio. Digo esto porque sé que existe una dificultad general en todas las personas que intentan practicar el trabajo interior. Sepan estas personas que pueden facilitar este trabajo interior aprendiendo a vivir la vida diaria de un modo realmente intenso y consciente. En la práctica de la música tenemos un ejemplo para ver este aspecto: en la medida en que, en la música, uno se expresa de un modo consciente, profundamente consciente, en esta misma medida, al finalizar la música, se produce el silencio. Si no tiene lugar este silencio es porque no ha habido una atención, una autoconciencia mantenida durante la expresión. Hágase la prueba, trátese de estar realmente diciéndolo todo, expresándolo todo en el momento de la música, totalmente presentes. Se observará cómo, al acabar la música, se produce el silencio dentro de uno; es decir, la expresión total prepara, por un lado, para la receptividad y, por otro, para el silencio.

6º. Medio para educar nuestra actitud en la vida

Otro aspecto de la expresión es que nos educa para nuestra verdadera actitud en la vida. Nuestra vida se compone de una interacción constante con el medio ambiente a nivel físico, afectivo, mental, espiritual. Esta vida está exigiendo que nosotros respondamos, que nosotros actuemos y, al mismo tiempo, que nosotros aceptemos, admitamos algo exterior En esta dialéctica constante que constituye nuestra existencia, el secreto está en que yo aprenda a vivir poniendo todo en acción, todo lo que en mi interior tiene realidad, todo lo que en mi interior tiene valor, significación. Todo lo que yo tengo lo tengo para darlo, todo lo que tengo lo tengo porque me ha sido dado, y me ha sido dado para que yo, a mi vez, lo entregue. Todo lo que tengo no soy yo. Sólo cuando entregue lo que tengo seré yo. Cuanto más aprenda a entregar todo lo que tengo, más rápidamente yo recuperaré mi identidad. Lo que yo tengo no me pertenece; lo que yo tengo pertenece en todo momento a la vida, pertenece al todo, a la humanidad. Cuando yo entrego algo no hago otra cosa que restituir las cosas a su sitio, de la misma manera que un día habré de entregar la materia que forma mi cuerpo para que se reintegre con el campo de fuerzas materiales que hay en la tierra. Exactamente igual, todo mi campo de energías afectivas y mentales pertenecen a un campo universal de energías afectivas y mentales. Es a causa de una idea de identificación, de una apropiación indebida, que yo creo que yo soy eso que tengo. Esto que tengo nunca ha sido mío; ahora bien, es gracias a eso que se produce en mí esa evolución, ese ciclo, por lo que yo puedo adquirir conciencia en mi personalidad de la identidad que ya estoy siendo mi centro. Mi Yo no necesita ninguna evolución, mi Yo no necesita ninguna iluminación, ninguna realización. Lo que yo llamo realización no es otra cosa que la toma de conciencia de esa Identidad Central en lo que es ahora el mecanismo de mi mente consciente. Y esta realización existencial, esta realización en el tiempo, es un acto profundamente social, porque es producir un descenso de unas energías superiores a un nivel de mi conciencia personal; y, como mi conciencia personal forma parte de la conciencia de la humanidad, como es una parte en el plano de la mente en la tierra y en el plano afectivo de la humanidad, entonces esta energía superior que se manifiesta a través de mí permite iluminar, impulsar, elevar la vibración de esa conciencia humana en general y de ese plano mental o afectivo o físico, en particular. Es una colaboración a la verdadera redención de la conciencia elemental. Es una ayuda para que ascienda más y más la conciencia de lo que existe. Este ascenso se facilita cuando en mí se produce esa toma de conciencia que llamamos Realización Espiritual.

Cuando yo entrego todo lo que hay en mí, todo lo que hay en mi dinámica de la existencia cotidiana, lo que hago es devolver lo mismo que he recibido, pero lo devuelvo transformado, fecundado por el proceso que ha seguido en mi propia conciencia. Esa es mi función: servir de transformador, para que una energía superior pueda expresarse a un nivel inferior, gracias a lo cual ese nivel inferior puede ascender. Esa es la función del trabajo espiritual. Mi yo no necesita ninguna liberación; el yo es ya algo liberado. Es mi ilusión la que necesita liberarse, es mi engaño, mi identificación. Pero en la Realización no se produce ningún cambio substancial. En la Realización simplemente descubro lo que yo he sido siempre. Por lo tanto, hemos de ver la expresión como un medio gracias al cual yo entrego, yo ayudo, yo doy, yo sirvo a los demás. Cada situación de contacto es una demanda para que yo haga esta respuesta total. Tan sólo es mi temor, mi ignorancia, mi pequeña mente, lo que me hace defender, retener cosas en mi interior. En cada instante he de dar lo mejor de mí, y darlo del todo. No es reteniendo cosas que yo me haré fuerte; es dando lo mejor de mí que yo descubriré esta realidad.

B) INTELIGENTE

Decimos también que la expresión ha de ser una expresión inteligente. ¿Qué queremos decir con «inteligente»? Queremos significar que ha de ser una expresión integrada con nuestra mente lúcida, y ha de estar integrada porque, gracias a esa integración, todo lo que se vaya expresando en mi interior se irá conectando, unificando con esa mente consciente. En segundo lugar, porque mi mente consciente es la que ha de dirigir en todo momento la expresión de mi conducta, ya que la función de la mente consciente es precisamente esta coordinación, esta adaptación de lo interno a lo externo y de lo externo a lo interno, de lo superior a lo inferior y de lo inferior a lo superior. Esa función de acuerdo es la función de la mente. Además, gracias a esa atención vigílica, lúcida, yo evitaré el peligro de creer que expresarse del todo significa expresar impulsivamente, expresarse emotivamente. No. Hay que expresarse siempre bajo el control de la mente consciente, siempre bajo la dirección de la mente consciente. Gracias a ella mantendré en todo momento, e incluso fortaleceré, mi capacidad de controlar todas las energías que movilice, que actúen en mí.

C) ADECUADA

Decimos también que ha de ser una expresión adecuada. Con esto queremos significar que ha de ser adecuada a la persona con la que estamos hablando y a la situación que estamos viviendo. Adecuarse a la persona quiere decir que lo que yo exprese ha de estar dicho de manera que sea precisamente lo que conviene, lo que concuerda con el modo de ser y estar de la persona que tengo enfrente. ¿Y cómo podré yo saber esto? Yo tengo unos datos de la persona en mi mente, tengo una percepción actual de la persona. En la fase de receptividad estudiaremos esto con detalle. Allí veremos que yo he de aprender a percibir no sólo lo que mis sentidos me dan de la persona, sino a captar más y más lo que la percepción extrasensorial me está comunicando respecto a ella. Entonces esta información que capto me permite, cuando yo me expreso manteniendo la atención simultáneamente en mí y en la persona, que lo que sale salga adecuado a ese modo de ser y estar de la persona. Entonces consigo que lo que exprese esté cada vez más ajustado a lo que la persona necesita. Cada vez más la expresión va respondiendo a una necesidad efectiva, real, y es, por tanto, más eficaz, más útil. Se convierte en un verdadero instrumento de eficacia.

Estar adecuados a la situación quiere decir que yo no he de perder nunca de vista el conjunto de la situación que se está viviendo en cada instante, no dejarme llevar por un detalle o por una circunstancia particular de la conversación o de la persona. Que yo esté viendo cada aspecto de la persona y cada aspecto de lo que estamos diciendo en función del conjunto de la situación. Sólo así se mantiene una visión objetiva, un criterio que permite ser inteligente también respecto a la situación en su conjunto. Esta fase de captación hemos de estudiarla con más detalle en el capítulo dedicado a la receptividad.

Decimos, además, que ha de ser una expresión de todo lo real y de todo lo que hay de valor en mí. Aquí tenemos una consigna importante. Esto significa que yo me he de obligar a vivir todo lo que es positivo en mí, todo lo que en mí tiene valor, realidad, calidad, todo lo que yo vivo como importante. Sin embargo, no tengo que vivir lo negativo; sólo lo positivo. Esto es lo que yo he de aprender a contactar y a entregar; nunca nada que sea negativo. Por lo tanto, he de aprender a conectarme con mi energía en todas sus manifestaciones, energía afectiva, moral, mi afecto, mi amor, mi cordialidad, mi alegría, mi gozo, mi capacidad de buen humor, y también mi inteligencia, la voluntad de entender, de comprender, mi intuición. Es decir, estar siempre abierto a esta posibilidad de descubrir, de captar nuevos aspectos, nuevos enfoques. También mi aspiración, esta demanda que hay en mí, este movimiento ascensional, que adquiere un nuevo sentido cuando uno aprende a estar conectado con él, todo esto ha de estar presente cuando yo me expreso; es decir, resumiendo, todo lo positivo que hay en mí. No es algo muy difícil, no se trata de complicarnos la vida. Todo esto se consigue fácilmente cuando yo aprendo a estar presente, a estar totalmente centrado, consciente. Entonces todo aparece insertado en ese eje desde el cual se está expresando uno. Se trata precisamente de ir a lo simple; es en el punto, en el eje, donde todo coincide, y de donde surge la expresión que lo involucra todo.

Evitar lo negativo

Ahora bien; decimos que hemos de seleccionar lo positivo, todo lo positivo, desde lo más elevado a lo más elemental, desde lo más profundo a lo más superficial, dentro de lo posible. Pero decimos también que hay que evitar todo lo negativo. ¿Por qué? Porque lo negativo quedará reabsorbido y transformado gracias a ese tono positivo mantenido del todo. No basta con que yo esté enfadado para que yo dé rienda suelta a mi enfado. Esto es negativo, es nefasto. En la medida en que yo exprese mi enfado estoy desarrollando mi capacidad de enfado. Desarrollo aquello que ejercito. Yo he de ejercitar sólo lo positivo. Esta práctica de lo positivo irá absorbiendo todo el material que hay dentro, todos los residuos, por negativos que sean. La energía se transforma. La energía hostil puede cambiarse en energía afectiva. La sexualidad puede cambiarse en creatividad en el plano intelectual, artístico o incluso físico. Todas las energías son transformables, y lo que permite que esas energías se transformen es la tónica de expresión total y positiva que yo imponga a mi conducta en todo momento, tanto si estoy solo como si estoy acompañado de otras personas, tanto si estoy tratando con personas de compromiso, como si estoy tratando con mis amigos o mis familiares. Hay personas que creen que únicamente ha de cuidarse la expresión ante las personas extrañas, y creen que, en cambio, en familia, con los amigos, pueden dar rienda suelta a todo lo que le salga. Esto es una inconsciencia. Por más familia y por más amigos que sean, y precisamente por serlo, por formar parte del círculo próximo de la vida de uno, es cuando más hemos de poder trabajar, cuando más útiles hemos de ser a los demás, manteniendo en todo momento este respeto hacia la otra persona; este efecto y este intento de ser realmente útiles. No hemos de utilizar a las personas para descargarnos, no hemos de proyectar hacia las personas que nos rodean todas las protestas o desagrados que hay en nuestro interior. Toda persona es algo sagrado. Si quiero llegar a descubrir eso sagrado que hay en mí he de aprender a actuar, a reconocer lo sagrado que hay fuera de mí. Cada persona, en su centro, es algo extraordinario. Si queremos acercarnos al centro, aprendamos a mantener esa actitud de respeto, esa actitud, diría yo, de cierta veneración, si podemos utilizar este término, hacia lo más profundo de las personas. Esto, cuando la persona profundiza, surge por sí mismo, pero si uno procura colaborar, esto le ayudará a su vez a profundizar.

Gimnasia anímica total

Después de lo dicho, todo el mundo puede darse cuenta fácilmente de que se trata de un ejercitamiento total. Se trata de una gimnasia de todo nuestro campo anímico. No consiste en vivir la situación humana de un modo convencional, no se trata de hablar por hablar, de hablar para quedar bien, o porque es la costumbre; se trata de descubrir que cada momento de contacto humano es una oportunidad única, es una invitación para que se movilicen en nosotros todas nuestras capacidades. Hemos de aprender a descubrir, a desarrollar esa gimnasia total de todas nuestras facultades anímicas, simplemente por el hecho de ejercitarlas, debido a una decisión concreta de ejercitarlas, de ejercitarlas del todo, con una exigencia de rendimiento, con una valoración crítica sobre lo que falla, y por el motivo que falla. Hay que tratar de poner en práctica durante un tiempo determinado esto que falla. Hemos de hacer una especie de examen: ¿Qué es lo que falla en mi expresión? ¿Por qué falla? ¿Qué falta para que mi expresión sea realmente total? A mí me parece que ya es total; ¿cómo puedo distinguir si es total o no? Cuando la expresión es total, inteligente, adecuada, positiva, siempre se produce una satisfacción tranquila. Una vez se ha dicho o hecho lo que se tenía que decir o hacer, lo que se hace o dice nunca deja residuo. Acabada la situación no hay residuo, rememoración, la cosa no sigue dando vueltas, no viene una y otra vez a la memoria y a la imaginación, es un asunto resuelto, definitivamente acabado en el instante. Este es, quizás, el síntoma más característico de esta acción total, de esta expresión total: el hecho que no deja residuo. Quizá se ha hecho algo muy importante, quizá se han dicho cosas de gran responsabilidad o se han tomado resoluciones de envergadura; pero en la medida en que se ha hecho en esta actitud, está hecho, y, por lo tanto, no hay que acabar de hacerlo, no hay que seguir con ello, y se puede pasar a otra cosa. Además, esta es la característica de la persona que va ahondando más y más, que va viviendo de un modo más profundo y más pleno: que cada vez, cada instante es único, cada instante se vive de un modo total; la persona es una persona que está en cada instante totalmente disponible; es como si fuera totalmente otra, o totalmente ella misma en cada momento. No se arrastran las cosas, no se mezclan unos momentos con otros momentos, unos asuntos con otros asuntos, sino que en cada momento se vive la totalidad de sí mismo frente a la totalidad de la cosa que hay.

Independencia del valor atribuido a lo exterior

Esto, cuando se va practicando, cuando uno descubre el sentido profundamente positivo que tiene, se aprende a hacerlo no por criterio de exteriores. No se trata de hacerlo en determinados momentos, no se trata de cuidar nuestra expresión cuando estamos en situaciones llamadas importantes; hay que aprender a ejercitarlo con completa indiscriminación de circunstancias, hay que ejercitarlo en cada momento, porque la razón del ejercitamiento está en mí, no en el momento, no en la cosa, no en el otro. Es porque yo soy eso que he de expresarme; es porque esta es la verdad en mí del momento, por lo que yo he de ponerme en acción, no porque una acción exterior me pida más o menos. Soy yo que me he de pedir, es mi conciencia del momento que me lo pide. Por lo tanto, he de ser independiente de si estoy situado ante una persona muy importante o una persona sin importancia. He de darme cuenta de que lo que estoy expresando está saliendo de mi yo, es una expresión profunda de mí mismo. Y cuanto más profundamente me expreso, más yo mismo me siento. Hasta que, cuando esto ya se va haciendo, uno va descubriendo esa otra fase en la que todo lo que estoy expresando no solamente es que surja de mí, sino que me viene dado desde Arriba, me viene a través de una fuerza, de una creación superior. Yo me convierto en el instrumento de la expresión de una voluntad, de una inteligencia divina que está actuando a través de mí. Yo soy un canal de expresión, un canal de servicio, y mi plenitud consiste en poder vivir ese canal en toda su potencia. Cuanto más puedo dar, más puedo recibir, y cuanto más recibo, más puedo dar. Así, se va ensanchando el caudal de esta vida que circula dentro de nosotros, ayudando con ello más y más al movimiento de los otros y con esto viviendo y reafirmando más y más en profundidad nuestra conciencia de unión con Dios y de unión con todo lo que existe.

Preguntas

-¿…?

R. -Al decir nosotros, al decir necesitamos, a quién te refieres, ¿al yo, o a lo que tú crees ser tú?

A todos.

-No. Decir todos es no decir nada. Piensa tu pregunta y analiza a qué te refieres. ¿Quién es que necesita la conciencia? ¿Quién es que cree tener conciencia? Eso que crees tú es lo que dices que cree esto, que cree lo otro, que tiene conciencia de esto, que tiene conciencia de lo otro, que le falta esta realidad. Ahí está el problema, precisamente: que tú crees ser eso que crees ser, y, porque crees ser eso, por eso hay unas necesidades. Porque crees ser eso, y no dices todo lo que crees ser, cuando dejas de creer que eres eso y tratas simplemente de descubrir o dejar que lo que eres simplemente sea, funcione, entonces dejan de existir las inquietudes mentales, los problemas, las proyecciones, las demandas y se va produciendo un descubrimiento de algo que siempre es.

Si yo no me creo ser, sino que simplemente trato de estar despierto y seguir viviendo en silencio, descubriré que la vida está funcionando en mí y que hay en mí algo que es totalmente, pero que no es esta idea ni todo lo que gira alrededor de esta idea que creo ser yo, sino que es un núcleo más profundo, una fuente más profunda, de donde me viene toda noción de yo, toda noción de ser, de realidad y cualquier cosa de valor. Cuando yo deje de creer que soy eso, esa idea que tengo en mí, cuando yo aprenda a vivir de un modo intensivo, pleno, pero en silencio, sin agarrarme a mi idea, sin agarrarme a todas las emociones que se derivan de esta idea, entonces esto se traduce en una toma de conciencia de algo que realmente es, que no cree ni deja de creer, sino que es. Entonces todo ese mundo de creencias, de pensamientos, de emociones, es algo de lo que uno se da cuenta de que ya está funcionando, completamente al margen de la idea que uno se hace de que es o no es, y que está funcionando como expresión de esto profundo que es.

Y esa es la Realización. Es decir, realmente el Yo Central no se realiza; ya está realizado. Decimos que el yo central es sat-chit-ananda, es conciencia plena. Lo único que necesita esta realización es nuestra idea equivocada de creer que yo soy eso, de creer que me falta algo, de creer que eso que me falta lo encontraré aquí o allá, así o de esta otra manera. Y cuando voy realizando que esto es un error, que simplemente estoy mal dispuesto interiormente, que estoy mal colocado interiormente, que estoy mirando hacia otro lado, cuando dejo de buscar afuera, cuando trato de sentirme ser y dejar que la vida fluya, entonces se produce este descubrimiento, incluso en mi mente consciente, de lo que es y ha sido en todo momento. O sea todo proceso de realización es un proceso de toma de conciencia, de rectificación de mi perspectiva mental. Por eso todo lo que estamos explicando no es otra cosa que pequeñas maniobras para ir poniendo la mente más y más en su sitio, a partir de una cosa, a partir de la otra. Pero si se mira en conjunto se verá que todo es un conseguir que la mente se abra más, que deje de cogerse, de confundirse con esto y con lo otro, que tome una conciencia de algo más profundo, y nada más. No se trata de hacer algo nuevo, no se trata de que necesite nuevo material en una nueva construcción de algo; simplemente es una toma de conciencia de alguna cosa, soltando lo que ahora tenemos cogido: eso es todo el proceso.

Sin embargo, en nosotros está tan anclada, es tan frecuente y está tan arraigada la costumbre de que necesitamos muchos esfuerzos, mucho tiempo, muchas explicaciones, fracasos, vueltas a empezar, para irlo comprendiendo, que no concebimos otra manera de progresar. En realidad, nos bastaría simplemente el hecho de estar muy despiertos y vivir en silencio, en silencio del yo personal, en silencio de mis ideas de mí, atender las cosas, hacer las cosas. Es decir, vivir sin que yo esté murmurando, sin que el yo-idea se esté metiendo por el medio. Esto nos conduciría a un salto a la realización, porque estaríamos colocados en el sitio correcto.

De hecho, lo que estamos explicando ahora es para aprovechar el movimiento, ya usual en nosotros, de ir hacia afuera, aprovecharlo para, apoyándonos en él, ir hacia dentro. Que me exprese todo yo y que, mientras me estoy expresando, vaya tomando conciencia de todo lo que se está expresando. Por lo tanto, es ir hacia atrás, a caballo de esto que está saliendo. Toda la técnica de esa interiorización es ésta; porque el problema es siempre el mismo, y las técnicas solamente varían en la modalidad. Sin embargo, siempre han de ir a parar al mismo sitio; por esto, los budistas tienen razón cuando dicen que todo es impermanente y que toda nuestra vida la hemos de soltar y hemos de reconocer que no hay realidad en nada. Y esto es lo que estamos diciendo con otras palabras: darlo todo, todo, todo lo mejor, comunicar aquello que consideramos mejor en nosotros, darlo del mismo modo que tendremos que dar el cuerpo. Así, hemos de dar lo que entendemos por alma, y, cuando damos el alma, la damos no porque nos la quiten, sino porque la damos. Entonces es cuando descubrimos algo fundamental. Por el contrario, si yo quiero proteger esta alma, estos sentimientos íntimos, profundos, estas ideas más mías, cuando yo quiero reservarlas, entonces esto actúa a modo de una pared que me incapacita para descubrir el centro. Leemos en el Evangelio: «Quien quiera ganar su alma, la perderá, y quien la pierda, la ganará». El Evangelio siempre utiliza un lenguaje paradójico. Buda, por su parte, nos dice lo mismo y nos habla en el sentido de que no somos ninguna cosa y que lo único que Es y que es la Fuente de toda cosa solamente se puede encontrar cuando se suelta todo; y todo quiere decir todo; no algo, todo. Ahora bien; este soltar es, diríamos, más fácil cuando me doy cuenta de la significación que tiene el dar, cuando me doy cuenta que el dar es un acto supremo, un acto supremo de justicia, de restitución, un acto supremo de ordenar las cosas, un modo de realizar la verdad. Es cuando yo retengo que estoy viviendo la fantasía y la ilusión, porque resulta que después me he de quedar sin aquello que estoy reteniendo. Luego, esto que retengo no me lo he de apropiar; en todo caso, ha de ser un elemento transeúnte en mí, un elemento que está en función de su uso, un usufructo, pero nunca una propiedad, y menos una identidad con ello. Así ha de ocurrir en todo, en nuestro cuerpo con su salud y su enfermedad, en nuestras posesiones exteriores, sean pocas o muchas, en nuestros sentimientos, altos o bajos, satisfechos o insatisfechos, en nuestras ideas, por muy pobres que sean, o por muy elevadas que puedan ser.

Así, pues, ya se ve que este trabajo es absolutamente incompatible con el convencionalismo, con la inconciencia, con la rutina, con la comodidad. Es un trabajo que exige, digamos, estar en pie de guerra, estar inmovilizado totalmente y estar dispuesto a afrontar siempre la situación como si se tratara de algo único, como realmente es. Y en la medida en que yo quiero vivir tranquilo estoy elevando un mundo alrededor de mí que me aísla, no sólo de los demás, sino de mi propia realidad. La seguridad no la encontraré aislándome artificialmente de la vida, sino únicamente soltándolo todo. Es en esta inseguridad máxima mantenida donde se descubre la única seguridad real, aquella seguridad que no depende de nada, la seguridad de lo que es, no la seguridad de lo que pasa, no la seguridad de lo que aparece, de lo que se experimenta, sino la seguridad de lo que es.

– ¿…?

R. -Bueno. Cuando decimos que lo hacemos mal, solamente es un mal en relación con lo que llamamos bien. Es decir, que ni siquiera aquí hemos de ver el mal. Simplemente lo que hacemos es algo deficiente. Y deficiente significa falta de algo. No es que haya una diferencia entre el bien y el mal; en todo caso es la diferencia que hay de ser insuficiente a ser suficiente. Por lo tanto, lo que nos falta es terminar de ver, terminar de hacer lo que hacemos. Cuando hablamos, todos queremos comunicar algo, cuando amamos, todos queremos entregar algo. Todos estamos ya queriendo hacer lo que hacemos; solamente que no lo hacemos del todo, que lo hacemos deficientemente, debido a que nuestra comprensión es también deficiente y nuestra energía disponible es igualmente deficiente. Todo es deficiente. Lo único que hace falta es completarlo, crecer en esta dirección. El fallo está en que somos pequeños y nos falta crecer. Y estamos invitando a crecer a quien pueda recibir la invitación, porque no se crece a capricho, a voluntad; se crece siempre que hay demanda de crecer.

-¿La ayuda que podamos prestar al otro, acaso no depende de él, de si tiene suficiente categoría?

R. – ¿Y por qué has de estar sometiendo a prueba, a juicio, la categoría del otro? ¿Acaso no valdría más que ayudaras a que el otro cargara con cosas positivas y no con cosas negativas? No hay que utilizar a nadie, ni siquiera para descargarnos y quedarnos tranquilos. Yo diría que para eso todavía menos. El problema lo tenemos nosotros, está creado en nosotros y se debe a nosotros. El error está en que nosotros creemos que el problema se debe a otro, a alguien que me ha fastidiado, a alguien que ha hecho una injusticia conmigo. Entonces yo atribuyo mi protesta interior, mi cólera, a la imagen que tengo de lo otro, a la idea que tengo de la situación que se ha creado en relación con el otro. Pero mi irritación, mi protesta y mi venganza solamente son algo que se genera en mí en relación con una idea que tengo; y el otro no tiene nada que ver. Si yo hubiera podido ver al otro de otra manera, no se hubiera generado eso en mí. Es debido a mi modo actual de ser que esto se produce en mí, porque hay un desajuste respecto a algo que yo quiero, o creo, o pienso. Por lo tanto, la protesta nunca tiene razón de ser dirigida hacia el otro. Yo nunca tengo razón cuando me enfado con alguien. Es cierto que el otro puede hacer las cosas deficientemente, pero el enfado que hay en mí no se debe a que el otro haga algo deficientemente, sino a que yo reacciono contra la idea que tengo de que el otro tendría que hacer las cosas de una manera determinada: y es esto, dentro de mí, lo que me produce el enfado. Si yo no tuviera la idea previa de que el otro ha de actuar de un modo, si no le hubiera puesto ya unas condiciones previas, un reglamento, no contrastaría con su conducta actual. Es en virtud de una idea mía previa que se produce en mí la protesta, el contraste.

-Pero el descargar en otro también tiene un aspecto positivo.

R.-Sí, sí; esto tiene un factor positivo, y se utiliza desde siempre como un medio terapéutico, tanto en el aspecto clínico como en el aspecto moral. Sabemos que la confesión obedece a este mecanismo, forma parte de su carácter sacramental. Psicológicamente, el hablar de las propias dificultades ha sido siempre un medio de descarga reconocido. Pero esto no es proyectar la protesta hacia alguien. Es decir, proyectar es atribuir a alguien el mal que uno siente dentro, y esto es lo que digo que no hay que hacer. Ni siquiera el dar salida a lo negativo que hay en uno, por principio. Que, en un momento dado, uno se formule aquello que siente, es algo aceptable, correcto, pero incluso esto tan aceptado y recomendado como un medio para encontrar la paz del alma, incluso esto podría ser superado si adquiriéramos la disciplina de esa actitud total positiva. En el fondo, cuando yo me estoy lamentando lo que estoy haciendo es girar alrededor del yo-idea, de la idea que tengo de mí, idea que se ha encontrado negada, humillada. Es decir, esta emoción no es otra cosa que una exclamación de lamento debida a una autocompasión. O sea que, en principio, obedece ya a una deficiencia, muy humana, que todos tenemos, pero, al fin y al cabo, a una deficiencia. Quiero decir que la solución no consiste en que yo vaya girando alrededor de la deficiencia; la solución consiste en que yo rectifique esta deficiencia, o que me encamine a rectificar, en lugar de encaminarme a exclamarme. Hay personas que se pasan toda la vida exclamándose, toda la vida expresando sus profundos dolores, sus profundos desengaños, sus profundas desgracias. Esto se convierte para ellas casi en una profesión. Y esta actitud es falsa, es una actitud errónea; estas personas deberían darse cuenta de que están tomando la vida de un modo equivocado, de un modo falseado. La vida la tienen para vivirla, y la tienen con elementos positivos, grandes, pequeños, los que sean. Que utilicen esos elementos positivos, que expresen sólo cosas positivas, cueste lo que cueste, y su vida cambiará por completo, y la causa de las lamentaciones desaparecerá. No es que estas lamentaciones hayan de quedarse dentro, guardadas; es que se transmutarán.

Pero en tanto yo me esté autocontemplando constantemente, mientras yo me esté sintiendo víctima, sintiéndome mártir o sintiéndome héroe, estoy girando constantemente alrededor de este ídolo que me he fabricado de mí mismo. Y aunque esto sea muy humano no hemos de decir por ello que es aceptable. Es así, pero todo trabajo interior ha de consistir en pasar de ser así a ser un modo más auténtico; y lo auténtico es que yo viva las cualidades auténticas que hay en mí. Las cualidades auténticas son la energía, la inteligencia, el amor irradiante; yo he de vivir esto, y he de vivirlo con toda la fuerza que hay en mí, grande o pequeña, pero esa toda. Y sólo mediante el ejercitamiento, esto va creciendo, y va tomándose conciencia de la otra fuerza que hay. Esto es trabajo y esto es ordenar las cosas. Pero por mucho que yo me lamente nunca arreglaré nada. Nunca el lamento ha arreglado nada; el lamento no es más que un desajuste que hay en mi interior. Ciertamente esto es muy humano y a todos nos ocurre; perfecto. Hemos de tener un sentimiento abierto y una comprensión hacia ese lamento; de acuerdo. Pero en ningún caso hemos de seguir alimentando este lamento y en ningún caso hemos de seguir lamentándonos nosotros mismos. Ni siquiera hemos de lamentarnos con el que se lamenta. Uno tiene un problema, y todos nos sentimos muy unidos con él y lloramos con él. ¿Qué hemos arreglado? «Oh, es que el otro se siente muy acompañado». Muy bien, una gran compañía, ¿pero qué tiene que ver esto con la solución del problema? ¿Qué tiene que ver esto con el hecho de superar realmente la cosa? Tal vez el consuelo de sentirse más halagado, por el hecho de ser víctima, está precisamente engordando su narcisismo negativo.

-Entonces, ¿qué actitud hay que tener con la persona que ha pasado una desgracia?

R.-Bueno. Ya hemos dicho que la expresión ha deser adecuada, y hemos dicho que hemos de comprender el dolor de una persona y aceptarlo. Hay que aceptarlo, como aceptamos el que un niño llore simplemente porque le han insultado, y aquello es una gran tragedia para el niño, y no es lícito que nos riamos de él, porque el niño vive aquello como una verdadera tragedia. Hemos de sentirnos comprensivos y participar de algún modo con aquello, pero no ponernos a llorar, y menos enfadarnos con el otro que le ha insultado. La solución está en hacer que el niño adquiera una comprensión un poco mayor, no en que todos nos pongamos a llorar juntamente con el niño y a decir que el otro es muy malo, como vulgarmente se hace: «¡Ah!, ¿la mesa te ha golpeado? Mesa mala. ¡Toma! ¡Toma!». Es decir, una cosa es que la persona, dado su estado delicado, diríamos, no admita un tratamiento y, por lo tanto, simplemente haya que mostrar una comprensión, una aceptación en su estado, y otra cosa es que se acepte el estado. El estado es inaceptable. Nosotros aceptamos a la persona que vive ese estado, pero la aceptación del estado es una especie de concesión transitoria, a la espera de que la persona salga de ese estado. Hay que ayudarle a salir, adaptándose, acomodándose a su modo de sentir, a lo que puede entender y comprender. Pero nunca hacer coro con la persona en sus lamentaciones; es absurdo. Una comprensión y una aceptación humana, sí. Pero una participación en el drama, no. En muchos casos, la prueba del afecto y de la verdadera ayuda consiste en que, si el otro puede resistirlo, le sacudamos y le digamos: «Despierta, no seas pelmazo, no llores por una cosa así. Despierta y sé tú mismo». Esto hay que hacerlo sólo si es propicio, si se puede. En caso contrario, más vale que no nos acerquemos a la persona durante una temporada.

Todos somos humanos, todos sufrimos, todos nos lamentamos. Pero hemos de darnos cuenta de que este llorar es una expresión del niño que hay en nosotros, que no es la verdad lo que nos hace llorar; es la mentira, el infantilismo, el engaño, que persiste en nosotros lo que nos hace llorar. Y esto nos ha de hacer más sencillos, más comprensivos, cuando vemos que al otro le ocurre lo mismo. Porque también nos ocurre a nosotros. Pero una cosa es esta comprensión y aceptación de nuestro proceso infantil, una aceptación de la fase de crecimiento, y otra el sentirse obligados a formar un coro de plañideras.

-Dices que expresando todo lo positivo que hay en nosotros, no permitiendo que lo negativo se exprese, al fin lo positivo que has empezado a desarrollar va transformando lo negativo. Sin embargo, en lo negativo también incluimos miedo ante las circunstancias, ante las personas. Y mientras estás trabajando, si te encuentras en estas circunstancias, no sabes qué hacer, no sabes cómo reaccionar. ¿Qué pasa entonces?

R. -Si no sabes cómo reaccionar, sólo Dios sabe lo que pasará. Ahora bien; si tú me preguntas qué es lo que conviene hacer, entonces yo diría que solamente harás lo que puedas hacer, y lo que puedas hacer dependerá de lo que hayas ejercitado en tu expresión positiva. Cuanto más hayas ejercitado la expresión positiva, más capacitado estarás para afrontar otras situaciones de temor que antes no podías afrontar. Es decir, el trabajo que yo haya realizado me dará capacidad reactiva y mi fuerza interior para afrontar aquellas situaciones que antes no podía resistir. Si esto no se produce, es porque yo no me he ejercitado. Es inútil que pretenda hacer nada; solamente podré esconderme, huir, marcharme. O sea la única solución es, como siempre, desarrollar lo positivo. Sólo el desarrollo de lo positivo elimina lo negativo. No hay otra solución. Por esto digo: desarrollemos lo positivo y eliminemos todo lo negativo en todos los órdenes; no sólo energía contra el miedo, sino discernimiento contra estupidez, alegría contra depresión, felicidad contra pesadumbre.

-Pero hay muchos trucos para solucionar las situaciones.R. -Bueno. Trucos, hacemos muchos. A veces nos vamos al cine, nos vamos de paseo o nos emborrachamos. Pero esto no quiere decir que sea una solución. Para aliviarse, uno puede echar mano de lo que le vaya bien; pero no hay que confundir lo que sirve de alivio con lo que es solución. Si sólo nos aliviamos, nunca resolveremos nada.