Descubrir mi mundo interior

EXAMEN DE LA FASE DE RECEPTIVIDAD

En este capítulo estudiaremos el aspecto de la receptividad en este trabajo de integración con el exterior.

¿Qué ha de ser la receptividad? La receptividad es la disposición de apertura interna consciente deliberada al impacto del exterior, que nos sensibiliza para captar la totalidad de su contenido y significación.

Nuestro rechazo general de la receptividad

Al hablar de receptividad, de inmediato nos damos cuenta de que todos tenemos un rechazo general de ella. Todos nos resistimos a recibir, a recibir de verdad, a recibir al otro. ¿Por qué?

a)  Porque se opone a mi yo-idealizado

En primer lugar, porque empezamos por no ser receptivos a nosotros mismos. Tenemos dentro una multitud de impulsos, de miedos, de recuerdos desagradables, que estamos intentando mantener alejados de nuestra conciencia y rechazamos de plano todo intento natural de que esto acuda a nuestro consciente. Estamos, así pues, rechazando un sector en nosotros, debido a su carácter desagradable, porque es opuesto a nuestro deseo, a nuestro yo-idealizado. El resultado es que, en la medida en que se produzca este rechazo de una parte de mí mismo, esto actúa como una barrera infranqueable para la aceptación, la recepción, el contacto de cosas del mismo orden que pueda haber en el exterior.

Una vez más vemos la absoluta necesidad de que, para hacer un trabajo auténtico con las demás personas, para poder tener una comunicación y una relación verdaderas, hay que empezar por ese trabajo de higiene, de limpieza, de saneamiento, de integración, directamente en nosotros, como estudiamos en la primera parte.

b) Porque temo que el exterior me domine

En segundo lugar, tengo el temor de que el exterior me hiera o domine. Por el hecho de que estoy identificado con unas ideas determinadas o con unas actitudes que he de defender, por el hecho de que me esfuerzo en ser de un modo y no de otro, de que defiendo un papel, de que lucho para conseguir algo, esto hace que yo me identifique con todos estos valores. Por lo tanto, no puedo aceptar que se hable o se actúe contra tales valores. Hay en mí una tendenciosidad, una crispación hacia ese objetivo. Yo estoy defendiendo firmemente estos ideales y estas actitudes, y, por lo tanto, yo vivo siempre el mundo exterior acompañado de un sentimiento de alarma respecto al peligro de que los demás puedan ir contra eso que estoy valorando, contra eso que estoy tratando de alcanzar. El resultado es que vivo el exterior con una reserva, con una actitud de cierre interior, pasando por pina actitud de censura de la mente consciente. Todo esto me impide la receptividad incondicional espontánea; no hay entrada libre en mí.

c) Porque la considero una debilidad

En tercer lugar, rechazo la receptividad porque he aprendido a reafirmarme a mí mismo en el hacer, actuando, tratando de imponer mis ideas, tratando de imponer mi voluntad en el exterior, tratando de dominar lo otro. He aprendido a sentirme más a mí mismo en la medida en que estoy haciendo fuerzas en el exterior. Entonces la actitud de receptividad aparece para mí como algo pasivo, que me deja a merced del exterior, que me esteriliza, que me anula. Así se justifica el miedo a ser realmente receptivo.

Naturaleza verdadera de la receptividad

Y, no obstante, todo esto está muy lejos de ser verdad. La verdadera receptividad es una necesidad absoluta de nuestra existencia. Lo mismo que decíamos de la expresión, es decir, que se trata de un proceso esencial en la existencia, igualmente ocurre con la recepción, con la admisión. Dar y recibir forman un proceso inseparable. El dar me permite recibir, y el recibir me permite dar.

Este es el proceso del vivir. Allí donde hay restricciones en el dar, hay obstrucciones en el recibir, e, igualmente, donde hay obstáculos para la recepción, existen barreras en la donación. Es decir, que todo rechazo de dificultad en el dar, hay obstrucciones en el recibir, e igualmente, La vida sigue su curso, sigue su proceso de intercambio constante. En la medida en que yo retengo, me defiendo, mantengo, me niego a dar, me niego a recibir algo, la vida, siguiendo su curso, me lo arranca, y entonces esta resistencia se convierte, de modo inevitable, en un dolor. Y este dolor es doble: lo siento en la mente porque estoy actuando en contra de lo que es la verdad de la existencia; ello me hace sentir una contrariedad, una negación de mi valor, que percibo principalmente en la mente. Y luego un dolor en mi sensibilidad, cuando aquellas cosas que quiero retener me son arrancadas, o cuando las cosas que quiero aceptar me son impuestas, una, dos, tres, cien veces, hasta que me veo obligado a ceder y aceptar lo que tenía que haber aceptado desde el primer momento.

Tendríamos que poder examinarnos con serenidad y preguntarnos qué es lo que yo retengo, qué es lo que me niego a aceptar; es decir, qué condiciones estoy poniendo a mi vida, a la vida, qué condiciones estoy poniendo a los demás. El vivir con esta apertura incondicional de que hablamos, con esta aceptación general hacia la vida, a muchas personas les parece que ha de convertirnos en seres pasivos, en autómatas. Y es exactamente todo lo contrario. La vida, cuando se la deja, se expresa en mí de un modo completamente propio, de acuerdo a lo que es mi verdadera naturaleza, de acuerdo a una capacidad específica, a una disposición determinada que tengo, de acuerdo con algo que he de cumplir en relación con todo el exterior. Esta naturaleza profunda de mí, que abarca todo mi ser en el aspecto físico, afectivo e intelectual, constituye lo más auténtico de mí. Es de ella de donde surge mi verdadera conciencia de ser, mi verdadera necesidad de ser de un modo determinado y de hacer en cada momento algo muy concreto. El problema está en que yo he ido superponiendo a esta naturaleza profunda y auténtica una idea deformada de mí mismo. Y esta idea me condiciona en el actuar, porque tiendo automáticamente a seleccionar unas cosas y a rechazar otras. Esta idea actúa a modo de pantalla para todo aquello que es la espontaneidad genuina de mi verdadero ser. La verdad de mi ser, de mi personalidad y de mi existencia no es la que yo elaboro a partir de unos datos fragmentarios, de unas experiencias parciales, negativas o positivas. La verdad de mi ser, de mi personalidad y de mi existencia es la que descubro con evidencia total cuando dejo que mi ser y mi personalidad se manifiesten sin obstrucciones, sin ideas previas, sin condicionamientos artificiales.

Utilizando un lenguaje religioso, podríamos decir que la verdad de la vida es la idea y la voluntad que Dios tiene sobre mí, y que sólo puedo descubrir esa idea y esa voluntad cuando no interpongo ninguna otra idea u obstrucción entre esta voluntad de Dios y su expresión directa en mi vida cotidiana. Y mi propia noción de ser, mi propia noción de autenticidad coinciden con esta voluntad y esta acción de Dios en mí.

Es decir, que en la medida en que se está expresando yo siento que mi ser es, que mi libertad se ejerce de un modo pleno, que algo en mí se está llenando de una plenitud. Allí donde yo siento con mayor intensidad que algo se mueve, es donde eso que yo soy se vive con más autenticidad. Quiero decir que la acción de Dios en mí y mi libertad de ser y de plenitud coinciden plenamente. Es dejando que esa voluntad se exprese y actúe como yo me sentiré Ser.

Considerándolo desde otro extremo, diremos que, en la medida en que yo quiera ser, y que este querer ser no sea un producto de mi mente, un producto de un condicionamiento adquirido, sino una expresión genuina de un sentir profundo, en esa misma medida yo estaré cerca de Dios, yo me sentiré más cerca de esta presencia que es la que está infundiendo fuerza, plenitud y sentido a toda mi existencia.

Así, pues, el aprender a vivir en esta apertura total no significa que yo esté viviendo de un modo pasivo, sino que simplemente estoy dejando que el mundo penetre dentro de mí, para que se produzca en mí una respuesta profunda y total. Mi ser no se afirma a través de mi pantalla mental, a través de mi voluntad externa; mi ser se afirma desde lo más profundo de mí. Y si yo no dejo que lo exterior me impacte hasta lo más profundo, esta respuesta espontánea, auténtica, que nace en lo más profundo de mí, que viene de Dios, no será nunca expresada.

Es necesario comprender esto para descubrir esta dimensión profunda de la receptividad incondicional. En ningún caso hay que confundirlo con el vivir pasivo, perezoso de la gente, con un dejar que las cosas sigan su curso. Por el contrario, requiere un vivir muy alerta, muy presente, un estar todo yo disponible para no dejarme llevar por lo que son mis comodidades, mis gustos, mis caprichos. Exige un esfuerzo, pero un esfuerzo que no es de crispación, sino de presencia, de claridad; un esfuerzo profundo en todo momento, en todo instante. Lo mismo que decíamos en la expresión, que es necesaria esa movilización total de mí en cada instante, viviendo cada momento como algo único y personal, igualmente cada momento de receptividad es único y excepcional, y exactamente la misma importancia, la misma fuerza, ha de tener una situación y la otra, un movimiento y el otro, porque ambos son dos fases de un mismo y único ciclo.

Requisitos de la actitud receptiva

Pero, ¿qué requisitos ha de tener esa actitud receptiva para que sea verdaderamente realizadora?

1. Apertura interna

Hemos dicho que, en primer lugar, ha de haber una apertura interna. Con esta apertura interna queremos referirnos a todas nuestras facultades internas, nuestras facultades internas de la mente. No debo quedarme solamente percibiendo a través de mis oídos y de mi vista las palabras para traducirlas posteriormente en unos signos y tratarlas en relación con mis archivos mentales. Más bien ha de ser una percepción de toda mi mente, una apertura de toda ella y una apertura de toda mi sensibilidad, sensibilidad de sentimientos y sensibilidad de emociones.

2. Consciente

Es preciso que esta actitud receptiva sea consciente. Consciente quiere decir -y esto es fundamental- que yo mantenga una clara conciencia de mí mismo en todo momento, que sea yo quien está abierto y receptivo, que haya un yo presente, un yo lúcido, claro. Esta presencia del Yo es lo que impide que me sumerja en el exterior, o que el exterior me diluya. Esto es lo que permite que todo el material procedente del exterior, sea del tipo que sea, no me condicione, no me absorba. Esta autoconciencia es precisamente el requisito más fundamental.

Requiere, por lo tanto, que uno aprenda a ser autoconsciente como sujeto, con total separación de lo que percibo, desidentificándome de lo que percibo, pero con una disponibilidad; con una sensibilidad completamente presente.

3. Deliberada

Es preciso, además, que sea deliberada. Esto quiere decir que sea intencional. Es un acto voluntario de recibir, un acto voluntario de comprender, de admitir, de comprender lo más genuino de lo otro, de comprender lo verdadero, lo auténtico. Se trata de esa intencionalidad de ir hasta el fondo, hasta lo real. Esta polaridad es tan fundamental como la autoconciencia. Se trata de ir penetrando, ir penetrando, no quedando detenidos en una capa externa o en una capa media.

4. Total

Finalmente, esta apertura consciente y deliberada, esta atención ha de ser progresivamente total, de manera que abarque, cada vez más, las fibras más profundas de sensibilidad, las fibras más profundas de intuición, que abarque todo mi ser en altura, en profundidad, en todos los aspectos.

Efectos en mí

¿Qué consecuencias produce en mí la práctica de la receptividad? En primer lugar, cuanto más yo aprenda a ser receptivo de esta manera al otro, más se va produciendo una resonancia profunda en mí. Lo que llega del exterior resuena más hondo. Y cuanto más yo deje que lo exterior me impacte en profundidad, más cerca estoy del centro, más cerca estoy de mí mismo, del yo. Lo cual quiere decir que cuanto más me defiendo, cuanto más me protejo del exterior e impido que resuene profundamente en mi interior, más me estoy aislando de mi propio yo, de mi propia realidad.

Otra consecuencia de esta apertura es la de aprender a descubrir en profundidad a lo otro. A medida que voy descubriendo más cosas en el otro, que las voy percibiendo con más claridad, se produce automáticamente este hecho maravilloso de la comunicación, de la participación conjunta con el otro, no a través de un asentimiento interno, a través de una coincidencia de opiniones o de direcciones, sino mediante una participación en el vivir, en el modo de existir, aparte de toda formulación, de toda expresión externa.

Igualmente, la práctica de la receptividad me prepara, me facilita, me educa para que se produzca en mí una respuesta más profunda y más adecuada a la situación del otro. En la medida en que comprendo, entiendo y participo de lo que el otro es en su interior, yo puedo responder más a esto que es, a esto que vive en su interior. De este modo, consigo entenderme con el otro sin necesidad de tantas palabras. Se produce una comprensión, un asentimiento. Por lo tanto, hay una mayor capacidad de hacer, de decir, de comunicar algo viviente con una gran eficacia, sin necesidad de rodeos, sin necesidad de dar vueltas y estar pendientes solamente del aspecto exterior, de los símbolos verbales.

Otro aspecto de la receptividad es que renueva y amplía mi propio campo de conciencia. En efecto, cuanto más yo dejo que penetre en mí lo que me viene del exterior, más esto produce una movilización que luego yo habré de utilizar en mi fase de expresión. Es al dejar que entre en mí, en mi sentimiento, en mi mente todo lo que procede del exterior, que se moviliza y se renueva lo que hay en mi campo afectivo y mental. Para aceptar eso hay que dejar de creer que lo más importante en la vida es tener unas ideas y defenderlas. Lo más importante es el hecho mismo de crear, el hecho mismo de la transformación. El verdadero sentido de la existencia no reside en poseer ninguna cosa determinada, por grande que sea, sino en el acto mismo de la creación, de la renovación, de la transformación. Por lo tanto, comprendiendo, aceptando esto, no tendré yo que proteger ninguna idea y ningún sentimiento; cada instante estaré yo disponible para una renovación total.

Así, pues, supuesta en mí esta disponibilidad, es el otro el que facilita, el que estimula; es todo lo otro lo que me produce este cambio, esta renovación. Y cada vez que dejo que se produzca en mí una renovación profunda, yo siento como todas las fibras de mi profundidad se afirman, se renuevan, cantan un canto de gozo, de plenitud, de realidad. Y esto es porque, curiosamente, esa plenitud se vive más en el proceso de crear, de destruir y de volver a crear, que no en la acumulación, en la protección de nada. Cuando algo queda dentro, aquello deja de fluir, aquello es muerte. La vida es un proceso creador, la vida es el hecho mismo de crear. Y hay una profundidad, una plenitud y una fuerza extraordinarias en ese instante mismo de cada creación. Y cuando yo dejo que se produzca en mí la movilización de todo, estoy viviendo este proceso extraordinario de que algo se está viviendo de nuevo en mí, viviendo de una manera nueva, con unos contenidos nuevos, con un modo de sentir completamente nuevo. Negarse a vivir esto, para retener, para estar apoyado y dormir sobre determinadas sensaciones, sentimientos e ideas, es una negación de la vida. No debe de extrañarnos, por tanto, que la vida venga luego y nos zarandee, y nos quite todo esto, por bonito v elevado que nos parezca que es.

Otro aspecto de la práctica de la receptividad es que sensibiliza una triple vía de recepción. Sensibiliza mi percepción consciente, mi percepción subconsciente y mi percepción supraconsciente.

Percepción consciente significa todo lo que depende de mi proceso mental normal. Yo aprendo a percibir mejor, más ampliamente, más rápidamente; aprendo a ser más inteligente. Lo que percibo, lo que entra por los sentidos, tiene para mí más rápidamente un sentido, descubro instantáneamente su significación, penetra con mayor profundidad y con mayor agilidad en todos los datos que me vienen a través de los sentidos.

Pero, además de lo que esta receptividad externa me permite integrar a este conocimiento a través de los sentidos, puedo integrar también lo que viene a través de esa percepción sublime, esta percepción de campos de energía, de nuestros estados interiores, de nuestro campo vital, de nuestro campo emocional, de nuestra mente normal, que está constantemente moviéndose, constantemente expresándose a un nivel subconsciente. Si nosotros estamos atentos, nuestro propio subconsciente se convierte en vía de percepción, de recepción, a eso que está emitiendo lo otro, que está expresando lo otro, sin darnos cuenta. Y, a su vez, esto nos sensibiliza a la percepción supraconsciente. Paralelamente a esta percepción consciente y subconsciente, existe siempre, por encima, un campo de conocimientos, un campo de energías que está en constante movimiento, que lo está uniendo todo. En la medida en que yo aprendo a ser perceptivo conscientemente, es decir, centrado por receptivo, se va afirmando en mí esa intuición, se va afirmando en mí cada vez más una sensibilidad superior, por la cual yo puedo percibir no sólo lo que la persona siente en un momento dado, no sólo lo que la persona desea, sino lo que aún está por formular en la persona, lo que está detrás, lo que forma parte de su arquetipo creador, esa fuerza que está detrás de él y que todavía no está suficientemente manifestada. Puedo empezar a percibir el sentido de su existencia, allí hacia donde va aunque él mismo no lo sepa, esa energía, esa inteligencia y voluntad que le está conduciendo desde arriba; puedo percibir la existencia de cada persona a través de unos senderos, de unas experiencias, de unas fases.

Eso está ahí. Simplemente hemos de aprender a ser receptivos. Sólo en la medida en que seamos receptivos a esto podremos convertirnos en ayuda efectiva para esas personas. Porque la ayuda no consiste en poner remedio a lo visible, sino en facilitar a la persona el camino más rápido para que llegue a la fase siguiente de su evolución consciente. Y si no se tiene esa recepción, esta intuición, de la trayectoria que cada cual está siguiendo, esa intuición de la mano superior que le conduce, que le guía, si no se sigue esa misma dirección de la mano que le lleva, nuestra ayuda no será ayuda; podrá ser una proyección inconsciente de las cosas que valoramos, podrá ser un producto de nuestra inteligencia y de nuestra buena voluntad, pero esto no significa que sea ayuda alguna. La ayuda consiste siempre en conseguir que la persona sea más ella misma, que la persona siga su propio camino, que la persona dé el paso adelante que tiene que dar, no el que me gustaría que diera, no el que yo creo que ha de dar, no el que yo diga, sino el suyo, y, precisamente, dándolo del modo en que necesita darlo. Eso está más allá de mi razonamiento, más allá de mi experiencia corriente. Pero está inscrito en la mente creadora que le está conduciendo. Querer ayudar quiere decir no solamente captar su presente y su pasado, sino, sobre todo, captar esa intuición que ya existe presente, pero que se refiere a su futuro inmediato. Sintonizarnos con esto es convertirnos en instrumentos útiles para ayudarle a dar un paso más.

Lo que he de buscar en el otro

¿Qué es lo que yo he de buscar en el otro, cuando estoy receptivo? El objetivo es llegar a realizar, a descubrir lo real en el otro, llegar a descubrir el Yo del «Tú», llegar a descubrir esa realidad profunda que él puede llegar a vivir un día. Este es el objetivo de mi receptividad del otro, mi objetivo último. Pero yo no puedo ir directamente a ese objetivo; yo he de partir de lo que es mi recepción inmediata, he de partir de lo que mis sentidos me dan, me comunican. Yo he de tratar de ser receptivo no solamente a lo que mis sentidos me dicen, sino a algo más. Porque todo lo que perciben mis sentidos es un efecto, un producto. He de tratar de percibir qué es lo que hace que esto sea así, cuál es la causa que hace que este efecto se produzca. He de tratar de ver lo inmediato detrás, no lo aparente. Si yo aprendo a vivir consciente en mí, yo estaré viendo siempre cómo en mí hay algo que antecede a mi actuar y a mi expresión, hay un estado interior, una vivencia, algo que luego se traduce en acción, en idea formulada. Aprendiendo a estar receptivo, yo aprendo a descubrir esto mismo en el interior de la otra persona: es la parte que hay inmediatamente detrás de su apariencia. He de tratar de comprender qué siente esa persona, qué desea, qué es lo que vive interiormente como valor, qué busca, a dónde va, qué piensa, cómo ve las cosas. No debo estar pendiente solamente de lo que dice, sino de tratar de percibir esa perspectiva interna desde la que está viviendo, ese estado interno desde el que está sintiendo y asistiendo a su propia existencia.

Esto no es tan difícil como parece. Cuando yo aprendo a ser consciente en mí de esas disposiciones, esto va apareciendo cada vez de un modo claro en los otros, a condición, naturalmente, de que yo adopte de verdad esta actitud receptiva, que considere al otro como una persona suficientemente interesante para prestarle atención, de que yo sepa considerarle como un ser humano que tiene, al menos, tanta importancia como la que estoy viviendo yo. Esa actitud de interés hacia lo otro, que es un modo de expresar el amor, nos facilitará esta percepción interna.

Poco a poco habremos de ir percibiendo lo que está detrás de eso que siente, lo que está detrás de eso que desea, de eso que está queriendo. He de aprender a descubrir en él las energías que le hacen mover, esa voluntad profunda que se expresa en él aunque él no se dé cuenta, he de aprender a descubrir cómo se está expresando en él una conciencia de felicidad, un Amor Superior. He de aprender a descubrir que está intentando encontrar, de un modo u otro, un grado de satisfacción, quizá de un modo pequeño, de un modo desviado, pero que ahí está esa Conciencia Profunda tratando de expresarse. He de aprender a descubrir cada vez más eso profundo, eso superior que es la verdadera vía, la verdadera fuerza que le está haciendo mover. He de descubrir también esa inteligencia rectora que está conduciendo su vida de un modo determinado, y no de otro.

Así, pues, se trata de conseguir una receptividad total, en la que yo estoy intentando que la otra persona sea para mí algo real, algo concreto, en donde estoy intentando penetrar en su modo de sentir, dejando que su sentir entre en mi sentir, que su campo mental entre en mi campo mental, y no teniendo miedo de que todo esto penetre en mí. Hemos de aceptar que el mundo entre en nosotros. El mundo, al entrar en nosotros, nos fecunda, nos transforma, nos sublima. En la medida en que yo quiera protegerme del mundo, de la gente, yo me conservaré de un modo infantil y no creceré. No he de tener miedo a las ideas, al mundo interno de nadie, a condición de que yo viva centrado, polarizado. Con este requisito he de permitir que el otro, que el mundo entre en mí, que ventile mi personalidad, que airee todo mi mundo interior.

Si mi actitud es correcta y aprendo a movilizar todo eso de un modo inteligente y adecuado, esto producirá un constante crecimiento, una constante renovación, y hará que nuestra vida adquiera una riqueza cada vez mayor. En otro capítulo veremos otros aspectos de la integración entre el proceso de recepción y el proceso de expresión. Pero, por el momento, tratemos de que quede claro este esquema de nuestra actitud receptiva.

Una vez más, se trata de una actitud total. No es un estar un poco más atentos. Se trata de un ejercitamiento activo, sistemático, de toda mi capacidad receptiva. Cuando yo no entiendo, cuando no comprendo a las personas, ni siquiera a las que están viviendo conmigo, pese a los años transcurridos, ¿a qué se debe? Que yo no diga que el motivo es que son raras, que no diga que se debe a que son incomprensibles, que son difíciles o imposibles. Que me dé cuenta de que si no las comprendo es porque hay en mí un rechazo a comprender, un rechazo a dejar que penetren en mí. Porque yo estoy criticando su modo de ser, porque lo estoy comparando con otro modo, con lo que yo quisiera que fueran. Y porque hay esta crítica y este rechazo, esa persona es para mí un ser incomprensible.

Las personas son, en realidad, libros abiertos. Tan sólo hay que mirarlos; no hay que volver la vista hacia otro lado. Y estamos tan preocupados por lo que pensamos y por lo que vemos, que no sabemos dirigir la vista con interés, con cariño, con amor para comprender un poco más el fondo del otro. Si queremos llegar a una comprensión, a una realización espiritual a través del mundo exterior, no tenemos más remedio que invertir toda nuestra capacidad de conciencia en este trabajo. No hay otro modo de llegar a la realización espiritual. Lo mismo si se trata de ir hacia dentro, hacia arriba o hacia fuera, siempre hay esta exigencia de utilización total de nuestra energía, de nuestro interés, de nuestra voluntad.

Se conocerá que esta receptiva es plena, porque, en primer lugar, produce una tranquilidad interior. En segundo lugar, una respuesta instantánea. La respuesta no nos viene como una elaboración de nuestra mente razonadora, sino como resultado de la comprensión profunda. La respuesta es instantánea. Lo cual no quiere decir que se formule instantáneamente. Pero, en mí, la respuesta se produce instantáneamente; instantáneamente percibo la respuesta a lo que el otro está comunicando. Y esto es porque no soy yo quien produce esta respuesta, sino porque se produce en mí. Es la misma inteligencia de la vida lo que produce la respuesta en mí. Lo que la vida produce en mí en cada instante es instantáneo y total.

Sin embargo, si se quiere trabajar todo esto que acabamos de decir sin haber practicado el trabajo del yo, se encontrará que no se puede conseguir esta actitud interior de desprendimiento. En este caso ocurre que constantemente se está involucrando el trabajo que tengo que hacer y mi miedo, lo que percibo y lo que yo desearía percibir. Al no haber practicado el trabajo del yo, estoy proyectando constantemente mi modo inmaduro, infantil, de ser interior, tanto en relación con lo superior, como en relación con la gente y con todo.

Preguntas

-¿Esta receptividad es más fácil practicarla cuando uno quiere más al otro?

R. -Sí, a condición de que no se convierta en una actitud demasiado cariñosa, demasiado emotiva. Porque aquí no se trata de un problema de emociones, sino de estar todo yo en aquel momento para recibir, aunque sea sólo un instante. Y esto, en la medida en que hay afecto por medio, esto lo puede producir. Pero el afecto no siempre lo produce; se necesita esa autoconsciencia y esa deliberación de la que hablábamos. Que yo descubra que el percibir es un acto único, distinto del acto de expresar, distinto de la valoración interior.

-¿Y cuando una persona se encierra?

R. -Aquí no estamos diciendo cómo hay que manejar la situación, sino cómo hemos de educar nuestras facultades. Si nosotros nos ejercitamos suficientemente, quizá llegue un día en que comprendamos por qué se encierra esa persona, y podamos entonces conseguir que esta persona se abra, participando, compartiendo su modo de vivir y movilizando lo que hay dentro de ella.

Por otra parte, en ocasiones hemos de aceptar el que las personas lleguen a cerrarse. Nosotros podemos quizá ver lo infantil de este encerrarse, pero hemos de respetar los modos defensivos que tengan las demás personas. Si esta persona se siente mejor encerrándose y dando vueltas a sus problemas, pero al mismo tiempo puede darse cuenta de que nosotros nos encontramos bien en su compañía, ella se sentirá mejor. En cambio, si nota que nuestra actitud es forzada, lo que probablemente hará será aumentar sus defensas. El problema está en que nosotros queremos hacer el bien a los demás, pero siempre del modo como nosotros concebimos que es este bien.

Ya veremos que una de las consignas fundamentales de la relación humana es dejar a la otra persona en libertad, conducirla a una mayor libertad. En caso contrario hay un contacto positivo con esa persona. La persona que, al estar con nosotros, se siente menos ella misma, se siente más obligada a unas cosas extrañas a ella misma, no está percibiendo nuestra ayuda, aunque, por nuestra parte, le estemos sugiriendo las cosas más óptimas.

En este sentido, lo que ocurre es que estas cosas no se pueden hacer aisladamente. En caso de que practiquemos una cosa aislada de todo lo demás, lo que hagamos puede ser absurdo e incluso contraproducente.

-¿Se puede practicar escuchando, por ejemplo, música, la radio?

R. -Sí. Todo sirve: escuchar la naturaleza, el ruido de los árboles, o bien el silencio, cuando no se oye nada. Todo lo que sea aprender a escuchar facilita el escuchar. Pero no hay nada comparable con el escuchar a las personas, nada. Porque las otras personas, si aprendemos a estar receptivos, nos hacen vibrar en todos los niveles de nuestro ser. Y este efecto no lo produce absolutamente nada más. Tan sólo la persona, cuando se aprende a mirarle en profundidad, lo tiene todo, aunque este todo no esté en la fachada, en la superficie.

-¿Entonces la vía del ascetismo es negativa?R.-El ascetismo es una vía de realización en una determinada dirección, pero no será completa si no se abre a las restantes direcciones. Recuerdo haber oído a una persona que pretende vivir completamente aislada: «No hay nada tan grande como el hombre; poder hablar, poder comprender al hombre, no tiene comparación».