Descubrir mi mundo interior

EFECTOS DEL CICLO EXPRESION-IMPRESIÓN

En capítulos anteriores estuvimos considerando las dos fases más importantes de la relación humana: la fase de recepción y la de expresión. Destacamos la importancia de que cada fase esté claramente practicada y ejercitada por nosotros, procurando no mezclar una con otra. Solamente así se consigue que cada fase se vaya desarrollando en nosotros de un modo más intenso, más completo. Cuando aprendemos a vivir la expresión de un modo cada vez más integral, y la recepción también de un modo más integral, nuestra relación humana se transforma. Descubrimos en el otro cada vez mayores profundidades, profundidades que, a su vez, permiten descubrir nuestras propias realidades, y, a medida que descubrimos nuestras propias realidades, vamos ahondando más y más en el otro. Cuando este doble juego de recepción y de expresión, de entrada y de salida, se va ejercitando de un modo pleno, va apareciendo entonces un fenómeno extraordinario.

La superación del yo-idea

En el momento en que soy capaz de prestar atención a lo otro, una atención que no sea una identificación, una atención que es atención, amor, interés, apertura, pero, al mismo tiempo, conservo una clara conciencia de mí mismo, entonces el valor con que yo vivo lo otro va creciendo, hasta llegar un momento en que se iguala al valor con que yo me vivo a mí mismo como sujeto.

Nosotros, hasta ahora, hemos estado viviendo absolutamente centrados alrededor de nosotros mismos. Todo lo que hacemos, lo hacemos porque nos satisface a nosotros en un plano elemental, o en un plano elevado, pero siempre con referencia a nosotros. Incluso el bien que hacemos solemos hacerlo porque nos da una sensación de satisfacción: en la medida en que yo siento que cumplo mi deber, en la medida en que aquello satisface mi conciencia, mi sentido de responsabilidad, mi valor ético. Yo estoy creyendo que vivo en función de lo otro, que vivo proyectado hacia lo otro; pero, en realidad, la proyección hacia lo otro no es más que un medio para sentirme yo más algo, es una actuación egocentrada.

En cambio, cuando esta capacidad de entrega a lo otro y de atención a lo otro por el otro, por él mismo, sin buscar nada para mí, cuando simplemente estoy tratando de comprender, de entender, de participar, esto va desarrollando en mí otro núcleo en mi psiquismo, el núcleo del no-yo. Yo estoy girando alrededor de la emoción que me ha ido informando a mí mismo, estoy girando alrededor de la noción del yo-idea, un yo-idea que está polarizado hacia un yo-ideal, un yo tal como quiero ser, como espero llegar a ser un día. Entonces toda mi estructura mental y mis esquemas de conducta están organizados alrededor de este yo-idea y de este yo idealizado, y es debido a esto que toda mi conducta está en el fondo egocentrada, lo cual no significa que no realice cosas excelentes, que no lleve una vida de gran eficacia respecto a las cosas. Estamos ahora mirando la vida en sus mecanismos, en su motivación profunda. Nosotros estamos girando alrededor de este yo-idea, que, por el hecho de que no se vive a sí mismo de un modo completamente afirmativo, está buscando esa plenitud, esa afirmación, esa totalidad, esa realidad, esa seguridad, que es lo que constituye el objeto del yo-ideal, del yo-idealizado. Lo que yo estoy haciendo, lo hago en espera de cumplir este yo-idealizado, esto hace que esté mirando al mundo, a las otras personas, siempre en función de mí, que nunca preste atención al otro por el otro, en función de él mismo, sino sólo en relación conmigo, con mis ideas de valor, con mis ideas de belleza, de bondad; es decir, siempre en relación conmigo. Bien sea con una finalidad netamente egoísta, o con un objetivo aparentemente altruista, yo sigo siendo el centro de esa valoración de los demás, y las cualidades que veo en ellos y que les atribuyo son cualidades en relación con lo que yo valoro en mí. Yo soy lo que sirve de punto de referencia, lo que sirve de parámetro para regular todo lo demás.

Este yo-idea tiene la particularidad de que se constituye como centro de toda nuestra vida consciente, como soberano de toda nuestra actividad; y todo lo otro se convierte en un medio, en un vasallo, podríamos decir, al servicio de este soberano. Este creerme yo de un modo y este pretender ser yo de un modo es lo que me aísla de los demás, lo que me separa de los demás, lo que me mantiene mi ilusión de ser totalmente otro, de ser totalmente aparte de todo. Lo que yo pretendo con esto es dignificarme, afirmarme, pero lo que en realidad consigo es aislarme, sentirme cada vez más desconcertado de lo que es vida.

El hombre está encerrado en esta trampa que su mecanismo evolutivo le ha forzado a construir, y solamente puede salir de esta trampa cuando puede actuar fuera de este condicionamiento del yo-idea, del yo-idealizado, cuando empieza a funcionar sobre la situación de la vida profunda -que actúa en él como está actuando en todo lo otro-, cuando es expresión directa de esta vida, diríamos que esa voluntad de Dios, de esa inteligencia creadora, cuando vive su propia vida como expresión directa y consciente de esa voluntad y acción divina y no interfiere con la idea de sí mismo, con la idea de sus propias cualidades, con la idea de llegar a ser él de un modo superior a los demás. Cuando la persona está centrada en su yo idea, siempre está funcionando comparativamente, siempre tiende a medirse, a valorarse, en función de los demás: yo soy más que esto, menos que esto, igual que los otros. En la medida en que yo pretendo ser algo y, a través de este algo, yo quiero llegar a una plenitud, a una afirmación, en esta misma medida yo tiendo a excluir a los demás, ya que estoy inclinado a valorarme en relación con ellos. Es decir, yo no podré pretender una plena satisfacción en mi yo idealizado; siempre resta la necesidad de ser una figura total, una figura ideal; y esa figura ideal es ideal porque está por encima de los demás. Y es que, en efecto, nuestro yo-idealizado está haciendo siempre la función de reivindicación, de compensación por lo que le falta a nuestra experiencia de totalidad. Nuestro yo-idealizado ha sido construido como proyección hacia el futuro de unos fracasos, de unas frustraciones, limitaciones, deficiencias, de mi pasado, y, dado que esas deficiencias de mi pasado son siempre deficiencias en relación con los demás, mi sobrevaloración, mi realización ideal, ha de ser siempre comparativamente superior a los demás, al menos en alguna cualidad. Esto quiere decir que el yo-idealizado, de alguna manera, siempre me está separando del todo. El yo es más yo cuanto más exclusivo es. Y esta exclusiva del yo-idealizado me separa, me aísla, y, debido a que me separa y me aísla de lo demás y de los demás, me separa y me aísla de Dios, de mi naturaleza profunda, de la naturaleza profunda de los demás. De este modo, todos quedamos encerrados en esta estructura del yo personal, y nos pasamos toda la vida tratando de defender, de reivindicar este yo personal, en relación con todo lo que nos rodea.

Yo solamente podré descubrir la realidad, la realidad profunda, cuando logre emanciparme de este yo-idea. El problema está en que todo cuanto hago de un modo consciente y deliberado surge del yo-idea; es precisamente el yo-idea quien lo organiza, quien lo decide, quien piensa. Por lo tanto, al principio aparece como una forma insoluble el que yo tenga que hacer algo que destruya ese yo-idea, o que permita, al menos, abrir ese yo-idea a todo el resto.

Este problema, que es el problema con que se enfrenta toda persona que quiere trabajar en serio y llegar a una unidad con Dios, a una realización en sí mismo, o a una realización o mera unión con algo o con alguien, encuentra aquí, en ese medio de la Realización Profunda, vivida de un modo integral, un medio maravilloso, extraordinario. Porque en la medida en que yo voy desarrollando mi capacidad para prender, entender, aceptar y darme al otro, en esta misma medida yo voy saliendo de mi yo-idea, voy descubriendo el valor en este no-yo, en este lo otro. Cuando aprendo a escuchar al otro por el otro, cuando aprendo a escuchar mi personalidad de manera que yo vivo lo que él vive, entonces empiezo a resonar más en lo que él resuena, aparte de lo que es mi resonancia personal, aparte de lo que es mi valoración, mi estructura.

Así, pues, esta capacidad de interesarse, de abrirse y de participar con el otro es el medio sencillo, directo, rápido para salir de la cárcel del yo-idea. En el momento en que yo pueda vivir al otro con la misma intensidad, con la misma realidad y valoración como yo me vivo a mí mismo, en ese mismo momento queda eliminada mi exclusividad respecto a mi yo-idea, queda neutralizado este centramiento con el que he vivido toda mi vida. Es decir, que no es necesario que yo llegue a desarrollar hacia el otro algo superior a lo que yo vivo para mí. En el momento en que yo vivo al otro con la misma fuerza de realidad, con la misma intensidad de sentimientos, con la misma claridad de entendimiento y de visión como yo me siento, percibo y valoro a mí mismo, en el momento en que se consigue una igualdad, queda neutralizada mi exclusividad. Y en el instante en que se produce esta neutralización de mi exclusividad, en ese mismo instante se trasciende mi estado de conciencia personal, y se vive un nuevo estado superior, en el que no hay ni yo ni lo otro, en el que se descubre una realidad que se manifiesta a través de mí y de lo otro como algo único, como algo completo. En este momento se vive una mayor plenitud, una mayor realidad, una mayor seguridad, una mayor felicidad, una mayor evidencia de verdad.

En el fondo, esto no es nada más que la descripción psicológica de aquel mandamiento fundamental: «Amarás al prójimo como a ti mismo». Esto es, precisamente, exactamente, amar al prójimo como a uno mismo, no más que a uno mismo, sino, en tanto que fórmula exacta, amar al prójimo como a uno mismo. Porque al hacerlo permite superar nuestro yo egocentrado, elimina este exclusivismo que tenemos siempre en relación con el otro. Y, por esto, el amar al otro como a uno mismo, hecho de esta manera integral, ofrece una vida directa para esta realización, para este descubrimiento de la realidad, para esta integración con el otro, que es el objeto de nuestra vida exterior.

Es evidente que para llegar a este resultado hay que trabajar en serio, hay que convertir nuestro contacto humano en una técnica precisa, exigente, algo en lo que aprendamos a invertir más y más nuestra capacidad de conciencia, de inteligencia, de voluntad; todo yo expresándome, pero todo yo recibiendo; todo yo proyectándome, pero todo yo admitiendo; todo yo dando, pero todo yo recibiendo. Sólo cuando estos movimientos se hacen en profundidad se produce este resultado.

Aquí tenemos, diríamos, una manera, una medida de cómo realmente estamos amando a los otros. Esa medida no la da el que yo sea capaz de sufrir por él, el que yo me preocupe por él, el que yo quiera su bien. La medida viene dada por el hecho de descubrir yo una realidad que no es ni él ni yo, pero que nos incluye a ambos. Mientras yo me supedito al otro, mientras yo me sacrifico al otro, yo no amo todavía al otro como a mí. Digo esto porque existe la noción frecuente de que amar es la capacidad de sacrificarse por el otro. Amar no es sacrificarse. Uno puede sacrificarse por el otro, y seguir estando perfectamente egocentrado. El sacrificio no da la medida del amor. Lo que da la medida del amor es el que yo, al vivir con el otro, descubra que hay una realidad más allá de él y de mí, una realidad de la que ambos somos la expresión. Sólo amará realmente aquel que descubra que el que está presente en los dos es algo Trascendente, algo único, y que esto lo descubra por experimentación, y no porque lo crea, o porque se lo hayan dicho. Esta experiencia es instantánea en el momento en que se produce ese equilibrio entre el yo y el otro.

Mientras yo me estoy sacrificando al otro, lo que hago es anular mi personalidad para que el que trabaje sea otro sector. Curiosamente, el Evangelio no nos dice que no hayamos de amarnos a nosotros y que hayamos de amar sólo a los otros. Nos da la medida del amor a los otros, y esa medida es el amor que nos tenemos a nosotros mismos. Esto ya solemos hacerlo, pero con suma frecuencia no lo reconocemos, porque se nos ha dicho que es un mal; y entonces tendemos a escondernos de este amor, tendemos a anularlo. Hemos de amarnos a nosotros, porque esto es algo inevitable; pero este mismo amor es el que hemos de utilizar para amar al otro. Cuando yo sea capaz de utilizar este mismo amor, todo este mismo amor, para vivir al otro, para vivir la situación con el otro, se produce este fenómeno de igualamiento, de equilibrio y, por lo tanto, de trascendencia.

Efectos respecto a los contenidos de la conciencia

Y esto que ocurre, diríamos, a nivel de núcleos, en nuestra mente del yo y del no-yo, de forma curiosa también ocurre a nivel general de contenidos de la conciencia, al nivel general de todo lo que nosotros estamos viviendo dentro de nosotros como algo de valor, de realidad, de sentido. En efecto, mi vida consciente está llena de experiencias, llena de cualidades, de estados, de cosas que yo valoro, que son mi patrimonio. Yo tengo tal patrimonio de una conciencia vital que me hace sentir con salud, aunque esa salud no sea en todo momento la ideal, pero estoy disfrutando de una capacidad de vivir. Tengo una experiencia de una convivencia humana, de que unas personas me aceptan, me quieren, de que yo puedo hacer algo para los demás, de que soy útil, de que comprendo las cosas, de que algunas cosas que pienso son también interesantes para otras personas, de que estoy percibiendo en la naturaleza cosas agradables, aunque haya otras que no lo son. Hay una multitud de datos, de ideas, de experiencias, de estados que son, podríamos decir, nuestra esfera interior de convivencia. Luego está lo que yo percibo exteriormente a esta esfera, gente que parece vivir mejor que yo, gente que parece más inteligente o más hábil, circunstancias que considera de gran valor, oportunidades que son importantes, paisajes, el mundo, la fuerza y la belleza de las cosas, de las cosas que tienen por sí mismas un valor. Entonces ocurre que yo estoy viviendo mi mundo interior, mis experiencias, las experiencias vividas en primera persona, lo que constituye mi patrimonio adquirido, en contraposición, en contraste con lo que hay fuera, con lo que creo que otras personas viven, con lo que creo que otras personas son o tienen, con la inmensidad de la naturaleza, de la belleza, de la fuerza.

Cuando aprendo a vivir esa conciencia de mí mismo centrada, integrada, cuando aprendo a comunicar esto que hay en mí, y aprendo a vivir centrado, abierto y receptivo a esto que hay fuera de mí, entonces descubro que todo, de alguna manera, está dentro de mí, que todo lo que veo fuera tiene realidad, tiene significación sólo en la medida en que yo lo veo, en que yo descubro ese valor, ese significado. Soy yo quien reconoce en el exterior algo de valor. Seguramente aquello posee valor por sí mismo, pero el valor que yo le veo, aquel que yo reconozco, es la respuesta que se produce en mí cuando yo contemplo aquello. Esa respuesta de valor, ese reconocimiento interno, este sentimiento de grandeza, de fortaleza o de felicidad que yo veo en lo exterior, todo es algo que se produce en mí; yo no veo lo que hay dentro de allí, sino solamente lo que se produce dentro de mí cuando estoy frente a aquello. Y esto que se produce en mí yo lo atribuyo al objeto: aquello es fuerte, aquello es hermoso, esta persona es feliz, esta montaña es imponente, este río desarrolla una fuerza o una potencia extraordinaria. Es cierto que yo veo este río como algo exterior a mi cuerpo, pero esa fortaleza, este sentido de profundidad, de intensidad, de potencia que hay allí, yo lo siento dentro de mí. Y para mí aquel río tiene potencia sólo en la medida que yo soy capaz de reconocerlo, aparte de la fuerza que pueda tener en sí. Es decir, que yo solamente veo la fuerza que existe en el exterior en la medida en que esta fuerza se produce, de algún modo, en mi interior.

Pero esto que se produce en el exterior, como está asociado a la percepción de la imagen externa, yo lo atribuyo a lo externo. Algo se produce en mí; pero, como al mismo tiempo está funcionando el sector cortical, el sector externo, gracias al que yo percibo y registro el mundo exterior, yo conecto, asocio esta resonancia con aquella imagen, con aquella percepción que llamo exterior. Entonces toda este noción de importancia, de fortaleza, de facilidad para mí no es algo mío, sino algo de lo otro, algo que está ahí. Así, en mi interior se forma un desarrollo dual, gracias al cual yo estoy viviendo, en primer lugar, una serie de fenómenos, de vivencias, que yo vivo como míos, lo que yo siento que es mío, lo que vivo en primera persona: yo que estoy alegre, yo que soy feliz, yo que me siento desgraciado, yo. Esto es algo que yo percibo a través de unas vías de percepción propias, que son las vías propioceptivas, preferentemente las vías a través del diencéfalo, del cerebro interno. Por otra parte, hay otro sector de vivencias que yo vivo, pero que vivo conectadas con lo que me entra por otra vía, por otro camino, a través de lo cortical, del camino de los sentidos. Entonces todas las experiencias que se producen en mí, provocadas por esta percepción del exterior, yo las asocio a la imagen de esto exterior. Entonces digo: lo exterior es fuerte, lo exterior es importante. De hecho, esta importancia de lo exterior está hecha de mi realidad, está hecha de lo que se está actualizando en mí. Aparecen como dos sectores totalmente distintos: uno que vivo yo a nombre mío, otro que vivo yo a nombre del mundo. Pero todo cuanto soy capaz de percibir, todo cuanto soy capaz de entender, de comprender, de intuir, de valorar, es mío, forma parte de mi conciencia. Y la conciencia no es nada más que la expresión de mí. Todo sale de mi yo. Por lo tanto, la realidad que yo estoy ahora percibiendo de las demás personas, la riqueza de sentir, de pensar, de querer que yo puedo descubrir en cada uno de los que están a mi alrededor es una actualización de algo mío; sólo que yo no lo reconozco, yo lo sigo atribuyendo a lo exterior.

En mi vida hay dos vías de percepción: por un lado, yo percibo nociones internas de cualidades, de valor, de energía, de belleza, de verdad, y esas vivencias, esa conciencia de esas cualidades, es distinta de la vía a través de la que yo percibo el mundo de las formas, es distinta de la vía de los sentidos. La vía de los sentidos se extiende en el espacio. Se establece entonces una frontera clara entre yo como espacio, yo que tengo un perímetro, un contorno, yo físicamente, y todo lo que está fuera de este yo físico. Y esta distinción existe. Pero luego trasladamos esta distinción de las distintas formas, esta distinción «dentro y fuera» de un volumen, la trasladamos a la esfera de la conciencia, y creemos que la conciencia está afuera. Y la conciencia está adentro. Yo creo que hay una conciencia afuera y otra adentro, una realidad afuera y otra adentro, que hay una belleza afuera y otra adentro, que hay una energía afuera y otra adentro. La conciencia sólo percibe de un modo; cuando percibe energía, sólo percibe energía. Lo mismo da que esa energía proceda de lo que llamamos dentro o fuera. Cuando yo percibo felicidad, es la misma felicidad la que percibo, tanto si la vivo de un modo propio, como si creo que la está viviendo el otro. Sólo tengo una vía para que se evoque en mí la felicidad, sólo tengo una vía para que se evoque en mí la realidad, la inteligencia, la belleza, la armonía, el poder.

El problema estriba en que yo confundo esta conciencia con la vía sensorial a través de la cual percibo las cosas. Cuando mi mente funciona con el esquema corporal que yo tengo de mí, es en relación con este esquema corporal que yo estoy constantemente relacionando mis vivencias. Y aunque las vivencias en su totalidad se produzcan en mí, tanto las que vivo dentro como las que vivo fuera, mi mente tiende a atribuir unas al exterior y otras al interior, porque mi conciencia está expresándose a través de ese esquema que se ha formado en mi mente. Mi mente dice: «Yo tengo una figura, un contorno, un perímetro, un volumen determinado, y, al exterior de ese volumen, hay otros cuerpos, otros volúmenes». Pero el fenómeno de conciencia que se produce en mí es único, es el mismo que se produce cuando yo descubro algo exterior y cuando descubro algo interior. Tan sólo que esto que descubro, esto que se moviliza, se conecta con un sector de mi mente, o con otro. Si se trata del sector que yo llamo mi esquema corporal, entonces yo digo: «Soy yo». Si se refiere al sector con el que yo vivo lo otro, entonces creo que la realidad pertenece al mundo exterior.

Es decir, que hacemos una distinción en el campo de la conciencia que no existe nada más que en el campo de la forma. Y, así, fraccionamos artificialmente la conciencia. La separación existe, el fraccionamiento existe, porque el mundo de la forma es precisamente esto, delimitación de campos. Pero la conciencia no existe fraccionada, la conciencia es única. Lo que ocurre es que yo la percibo de un modo fraccionado, porque estoy aplicando al sector de mi conciencia mi percepción puramente física, la percepción de mi esquema corporal, de la imagen que yo tengo físicamente de mí. Y, naturalmente, aparecen unas riquezas como estando dentro de mí, y otras como si estuvieran afuera.

Bien. Eso que parece ser una disquisición teórica, en realidad no lo es, porque es perfectamente realizable. El medio para llegar, uno de los medios, yo diría, más natural para llegar a verificarlo, para llegar a comprobarlo, es precisamente que yo aprenda a estar abierto simultáneamente en mí y a lo otro, de manera que cuando puedo vivir con la misma realidad, con la misma presencia, al yo y a lo otro, en ese instante neutralizo mi identificación con el yo, con mis preferencias exclusivistas de mi yo frente a todos los demás. Cuando se consigue esa neutralización, esta igualación, se produce un estado de conciencia nuevo, en el que trasciende toda noción de separación entre sujeto y objeto. Todo consiste precisamente en vivir la unidad de contenidos de conciencia. Lo que he estado viviendo de un modo hasta ahora fraccionario, por un instante lo percibo de un modo unitario; todo lo atribuía al exterior y todo lo que atribuía al interior, de repente descubro que era una falsa atribución, que no hay exterior ni interior, que hay simplemente Conciencia de Realidad. La conciencia de realidad excluye esta oposición constante entre el objeto o sujeto, oposición que no es nada más que el resultado de no haber podido vivir de una manera integral esos dos campos de realidad, de haberlos vivido fraccionadamente durante toda nuestra vida.

Por esto digo que este llegar a vivir de este moda pleno al yo y a lo otro, ese poner en práctica efectiva el amar al otro como a mí mismo, es un camino directo, inmediato, de realización, de descubrimiento de realidad.

Preguntas

-Pero esto se da por unos instantes y luego se va. Después, cuando se quiere volver a vivir, ya no se consigue.

R. -Es que el volverlo a vivir no significa que se haya de volver a tener el mismo estado, sino que se quiera vivir al otro. Mientras no haya plena aceptación y plena receptividad a lo otro están negadas para mí las puertas del Cielo. Mi camino para el Cielo pasa por el otro.

-Pero hay un verdadero peligro, si uno penetra en el otro y este tiene malos instintos, si, podríamos decir, se trata de una persona mala.

R. -No hay ningún peligro. Estamos diciendo que no hay que penetrar nunca para hurgar, sino manteniendo una clara conciencia de uno mismo. Y esto ya nos defiende de todo. En segundo lugar, hay que penetrar sólo cuando el otro quiere darnos algo. Lo que hemos de hacer no es una violación; hemos de respetar profundamente la intimidad del otro, aunque sepamos que, si quisiéramos, podríamos forzar. Si estuviéramos suficientemente trabajados podríamos forzar las reservas que una persona mantiene en su interior; pero nunca, nunca hay que violar esa voluntad de la otra persona. Y esto es fundamental. Por tanto, aquí no se trata de buscar medios para meterse dentro de los demás, se trata de desarrollar nuestra conciencia para ser capaces de admitir al otro, para poder entender lo que está queriendo comunicar, lo que está queriendo decir. Se trata de responder a su demanda, no de imponer nuestra presencia.

-Y esa otra frase del Evangelio que nos dice: «No hay mayor amor que el que da la vida por su amigo, por su hermano», ¿es la misma explicación que la ya dicha anteriormente?

R. -Yo diría que esta frase expresa simplemente un aspecto anecdótico del amor. La ley no consiste en dar la vida por el otro; la ley en todo caso es devolver la vida al otro. Dar la vida por los otros es, diríamos, el sentido pragmático, el sentido externo, aparente. Pero ya hemos hablado del sacrificio. Dijimos que el amor no es sacrificar nada, sino restituir las cosas a su sitio. Esto es lo necesario, el restituir las cosas, el descubrir que yo no tengo nada mío, que solamente tiene sentido decir Es, el yo Es, el otro Es. Y en este Es está todo, en este Es se manifiesta todo, en este Es se produce todo. Pero cuando se produce todo dentro de este Es no hay nada que se haga difícil, no hay nada que sea pérdida ni ganancia. Cuando se vive este Es no hay nada que perder, siempre se Es, sólo se puede Ser.

Ahora bien; en su visión externa, episódica, sí se pueden hacer todas las cosas. Pero todas las cosas cambian cuando se hacen en el ser que Es; cuando se ve lo que se mueve desconectado de lo que Es, las cosas cambian de sentido y adquieren uno que en realidad no tienen.

-¿Este dar la vida física por algo no supone el sacrificio del yo-idea?

R. -No, no supone el sacrificio del yo-idea, porque el yo-idea está en el nivel mental, y el nivel mental subsiste por completo, aunque se sacrifique el cuerpo físico.

-Si una persona, después de muchos años de esfuerzos, ha conseguido unas cosas que nunca había poseído, ¿tiene que darlas?

R. -Si esa persona tiene inquietudes descubrirá que esto que ha conseguido con su esfuerzo nunca ha sido «su» esfuerzo; ha sido un esfuerzo que se ha expresado a través de él, ha sido él que ha recibido esa capacidad de esfuerzo y esa voluntad de esfuerzo. Todo, absolutamente todo, le ha sido dado, incluso el deseo de utilizar la inteligencia y la perseverancia para mantenerse.

-Pero, en este caso, ¿qué es lo que tiene que restituir?

R. -Tiene que restituir la idea de que él ha hecho algo, de que ese algo es de él y no de otro, tiene que restituir esa propiedad de exclusiva, esa identificación con lo que uno hace, con lo que uno piensa, con lo que uno siente. Esta idea de propiedad, de exclusividad, esto es lo que tiene que restituir. No necesariamente tiene que dar dinero, que dar cosas. Aunque diera todo el dinero, podría quedar exactamente igual en su idea de superioridad, de propietario. Soy yo quien doy. No consiste en el hecho material de dar o de no dar, consiste en esta comprensión profunda de que a través de mí se está expresando algo mucho mayor que mi yo personal, y que a través de lo otro se está expresando algo mucho mayor que el pequeño ser personal del otro; tiene que darse cuenta de que todas las cualidades que hay en mí, que hay en el otro, son simplemente cualidades que se expresan en forma de uno o de otro; pero que nunca es este yo, que este yo es una atribución, la consecuencia de un funcionamiento externo, cerrado, pequeño, de nuestra mente infantil; tiene que darse cuenta de que este yo es natural, es correcto en nuestra etapa de evolución, pero que aquel que siente ansias de llegar a una realización, a una libertad, ha de trascender, debe crecer y pasar a una etapa de conciencia integral, a una conciencia mayor.

-Pero cuando la conciencia es universal y uno está situado en todo el espacio, entonces el espacio deja de existir.

R. -El espacio no deja de existir; simplemente deja de existir como algo extraño, como algo externo, como algo aparte de nosotros. Ahora estamos teniendo la noción de yo y de espacio. Cuando se realiza esta experiencia uno se da cuenta de que el espacio es el yo, que todo espacio no existe más que como vivencia de realidad, que no es yo en el sentido de sujeto, sino que es lo que Es. Ahora bien; esto se puede vivir en muchos niveles, se puede vivir a un nivel muy elemental, muy inmediato, pero se vive ya esa trascendencia, es una trascendencia a un nivel pequeño. Y cuanto más yo sea capaz de vivirme a mí mismo de arriba a abajo y de abrirme a lo otro de arriba a abajo, más esa experiencia de integración se hará realmente universal, integral. Yo puedo vivir esta experiencia a un nivel vital. Por ejemplo, en la experiencia sexual se puede trascender la noción del yo y del tú en una conciencia de realidad vital única, más allá de sujeto y de objeto. Lo mismo que ocurre en este nivel puramente biológico sexual tiene lugar en todos los niveles. Cada nivel tiene su calidad propia; el nivel superior tiene una calidad superior, pero en la misma intensidad y con la misma universalidad de la experiencia. Esta es la realización. No el esconderse en un agujero en donde uno puede vivir un estado. No se trata de girarnos de espaldas al mundo y a las cosas, no es seleccionando lo que percibimos como real y encerrándonos en un pequeño rincón de nuestra conciencia. Ahí podríamos profundizar, podríamos vivir la intensidad de algo, pero la Realización es cuando toda la realidad se integra y se vive desde el Centro.

Y el mecanismo a través de la vía exterior es este que explicamos. Lo que venimos hablando es la clave de la Realización a través del mundo exterior. Y, como siempre, esto es algo que está para todos. Porque el mejor modo para llegar a conseguir que la humanidad viva un día esto es que yo lo viva, que la Realidad se exprese más plenamente en mí. Porque entonces yo estaré en condiciones de ayudar, de estimular, de aumentar el voltaje general de esa conciencia particular que llamamos humanidad. Cada persona que realiza esta conciencia representa un aumento de intensidad en el voltaje general de la humanidad. La mejor forma de ayudar a los demás es que yo llegue a vivir la realidad humana, la Realidad de Ser. Esto es lo único que es capaz de ayudar a los demás a Ser.

-Así, ¿podemos decir que nuestra vida es una ilusión?

R.-Nuestra vida no es una ilusión. Nuestra vida es una espléndida realidad. Lo que es una ilusión es la idea que nos formamos de la vida. Es lo que nos dice el Zen: «Al principio uno cree que las montañas son las montañas y que el mar es el mar. A medida que uno trabaja, descubre que las montañas no son las montañas y que el mar no es el mar». La ilusión procede de lo que interpretamos, la ilusión es lo que fabricamos. Si en lugar de fabricar nosotros teorías sobre mil cosas, aprendiéramos a mirar, a descubrir, a dejar que la vida se expresara en nosotros, acompañándola inteligentemente, pero sin querer anticiparnos a ella, sin querer estructurar las cosas, sin querer edificar conceptos y valoraciones, descubriríamos que la vida es pleno sentido. En cambio, cuando yo quiero construir un sentido a partir de unos datos parciales de mi vivir, la vida carece de sentido.

Es decir, que la realidad no la hemos de hacer, la hemos de descubrir; y solamente la descubrimos cuando la dejamos que se exprese en nosotros y estamos despiertos cuando se expresa. Al expresarse, esa realidad se transforma en evidencia, en sentido. En cambio, cuando yo quiera actuar sobre mi vida, ese actuar se transforma en deformación. Aquí está el secreto de la simplicidad, el pleno sentido de la humildad: aprender a vivir las cosas por ellas mismas, tal como son, sin pretender otras cosas, sin pretender que sean distintas, sin pretender que yo sea otra cosa de lo que soy, para ser del todo, y ser cada situación del todo. Se trata de renunciar a mi trono idea, de bajar a mi asfalto humano, sencillo, natural.

Entonces, cuando se consigue esta simplicidad, es cuando, nuevamente, «las montañas son las montañas, y el mar es el mar».