Descubrir mi mundo interior

Introducción a la Comunicación interior:

Muchos hablan acerca de lo sano que es desarrollar un ego fuerte, un buen concepto de uno mismo, un carácter fuerte, etc.

Pero cualquier imagen de ese tipo que tengamos acerca de nosotros mismos es una fantasía, es una idea. En la medida que estoy preocupado con esta idea fija de mí mismo, pierdo contacto con el flujo de mi vivencia real. En el mejor de los casos, una imagen fuerte de sí mismo nos llevará a ser un autómata social útil, rígido y predecible, una persona que se identifica con una idea de sí mismo en vez de hacerlo con la realidad de sus sentimientos actuales, experiencias y acciones.

Mi vida se divide pues entre imagen y realidad, entre lo que pienso que soy y lo que realmente soy.
Y también me fragmento en otro sentido: tan pronto como intento lograr una meta, me vuelvo presa de los temores al fracaso.
Si quiero impresionarte con lo buena persona que soy, comienzo a temer que me sientas un miserable.
Mientras más tema tu mala opinión, más trataré de convencerte de lo buen tipo que soy.
Las esperanzas y los miedos se alimentan mutuamente, y cualquiera de estas dos fantasías en oposición me alejan más de la realidad de mi experiencia del momento.

Es posible restablecer la comunicación entre esos fragmentos míos y gradualmente, ir reconociendo y renunciando a mis imágenes, a fin de retomar contacto con mi verdadera vivencia y mis respuestas reales.

Cuando estoy en un contacto sólido con la realidad que fluye, viviendo con los acontecimientos tal como realmente son, no tengo necesidad de un “autoconcepto” o de un “ego-fuerte”, para decirme cómo soy o qué debiera hacer.

Esta es la doctrina Zen de “no-mente” o “mente vacía”. Si mi mente está vacía de imágenes, ideas, intenciones, prejuicios y demandas, entonces —y sólo entonces— puedo estar en contacto con mi real experiencia del mundo, equilibrada y centrada sobre el presente de mi percibir y responder. Un completo darme cuenta de mi experiencia requiere una completa aceptación de esa experiencia tal como ella es.

Toda exigencia —propia o ajena— para ser distinto de lo que soy, reduce mi contacto con lo que realmente vivencio. Esto da comienzo a la falsificación de mi vida, actuando de un modo distinto al que siento y representando roles. Puedo intentar ser más simpático o más antipático de lo que siento para impresionar a otros, puede que la “sociedad” me exija actuar más dura o más tiernamente de lo que siento, más o menos sexual, etc.